COLUMNISTAS DEUDAS


Nostalgias del pasado mal

De Cris extraño su palidez maquillada, entornada por esas ondas de rojo coloreadas que, entre apliques y capilaridad propia, no cesaba de acomodarse entre uno y otro paqueteo al micrófono de turno; extraño su gestualidad autocomplacida, sus arrebatos de presunta indignación contenida en beneficio del bienestar de todos, sus modales mezcla de dominatrix y maestra jardinera, su voluntad de asemejarse a la Evita del primer ciclo (antes de que Evita, atravesada por la enfermedad, se volcara al frenesí de la entrega y el ascetismo); extraño, en fin, la evidencia del modo particular en que alzaba a los hombres de su entorno (salvo tal vez a su último jefe de la ex SIDE y a su frustrado candidato a vicepresidente) para que funcionaran en la palestra de la política como machos cabríos, millonarios o semi, pero en el fondo plebe que recién sacó las patas de la fuente y viene a propalar su insolencia y su desafío. En ese sentido, de esa primera fila a nadie extraño tanto como a Aníbal Fernández, cuya grosería y gestualidad de matón imperturbable venía filigranada por la exactitud de su inteligencia y la contundencia de su información (o su simulacro), y no dejo de lamentar el cese del conmovedor esfuerzo de Kici por poner –cuando ya se le había escapado la tortuga– el pecho a las balas. Incluso, cuando pienso en Moreno, el álter ego aún menos finoli de Fernández, con su estilo estólido y arrabalero y su voluntariosa manera de demostrar que con ellos no se jode, que él no iba a hablar con el corazón para que le contestaran con el bolsillo… cuando pienso en Moreno se me pianta un lagrimón.

A la corta o a la larga, todo equipo se transforma en una corte de los milagros y la política se vuelve una película de Buñuel. ¿Pero qué decir de lo que hay ahora? Macri se muestra como un difusor cansado de las falacias más elementales y un inventor involuntario de malos chistes. De la primera especie da cuenta su original argumentación de que un despido mal retribuido se convertirá por arte de magia de la inversión que no ha llegado en un idílico “trabajo de calidad”. Si existiera tal plataforma de lanzamiento al futuro, no haría falta despedir a nadie porque todo el mundo abandonaría gustoso lo malo actual a cambio de lo bueno nuevo, salvo casos de masoquismo. En cuanto a la segunda, lo del decreto de la felicidad (la imposición por ley de un estado de ánimo positivo) no merece mayor glosa, salvo tal vez la de Antonia diciendo “¡¿Pero qué decís, papá?!”. Respecto de su equipo de CEOs gubernativos, dejemos de lado por el momento a los cajetillas y muñecos de torta que con cinismo imperturbable prometen, como era de esperarse, que lo peor de hoy (luz, gas, teléfono, los despidos, los desguaces, la recesión, la tristeza en las calles) no existe (como no existía la inflación) o es: a) el purgante necesario para un idílico mañana; b) un nuevo acumulado de la eterna deuda externa.



dguebel