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Notas para un diario

Nada nos interesa tanto como aquello que nos ha sido negado.

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Nada nos interesa tanto como aquello que nos ha sido negado. Durante años me desveló el deseo de escribir un diario de sueños. Me acostaba menos con la esperanza de encontrar el descanso que de tener sueños consistentes como recorridos de laberintos, y a la vez hechos de hilos distintos, hilos de los cuales ir tirando durante el recuerdo de la mañana hasta encontrar, no la lógica de una historia, sino una suerte de colecciones de absurdos, una variedad de riquezas para acariciar sin descanso. La fantasía más elemental me llevaba a soñar despierto con la posibilidad de que en el momento mismo de escribirlos, esos hilos –cuya trama iba abriendo mediante el acto de escribirlos– rodarían infinitamente, permitiéndome seguirlos hasta cansarme y volver a dormir, y soñar, y escribir de nuevo.

Pero me acostaba y dormía y puede que soñara o no, pero al despertar sólo podía dejar constancia de una huida: “Nada”, tenía que escribir un día. Y al siguiente: “hoy tampoco nada”. No es que hubiera dejado de soñar, pero la misma expectativa de un resultado había obliterado al parecer la posibilidad de que éste se produjera. ¿Qué velo espeso había cubierto mi recuerdo que a cambio de la captura y transcripción de lo soñado sólo me quedaba ese pequeño fracaso repetido? “Nada”. Hoy se habla de proyecciones y hologramas como antes se hablaba de espiritismo, modos de comunicarse con un más allá menos evanescente e impreciso que aquel que se abre en las noches. En algún momento creí que era precisamente la obstinación por escribirlos la que me impedía registrarlos, como si el mundo del soñar fuera regido por potestades celosas que preservan sus dominios. ¡Pero yo soñaba y siempre había soñado y recordaba sueños ricos, llenos de colores y emociones y acontecimientos, fragmentos de una realidad que me había resultado fascinante y deleitosa de reunir cuando estaba despierto! De manera que, así como en los viejos libros se cuenta que los héroes urden trampas para estafar a los dioses y pasar de un mundo al otro y conseguir su propósito (entrar y salir del reino de los muertos para rescatar a la amada, por ejemplo), lo que yo debía hacer era sentarme a escribir sin la voluntad explícita de que esos sueños aparecieran, sino inventándolos a medida que escribía, para que en el curso mismo de la escritura apareciera lo olvidado. Pero tampoco pude. La conclusión más obvia (y provisoria, como todo) a la que arribé fue que en algún momento el arte esquivo de los sueños se había condensado y desplazado a un rincón inaccesible mis intentos de recuperación, pero a cambio de ocultarse para siempre lo que había hecho era regresar bajo la forma de otro arte tan esquivo y de carácter tan onírico como la forma antigua: ahora, soñar equivalía a escribir novelas.