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Perdón, señora, desde arriba, desde el avión, el helicóptero, ¿se ve lo que pasa abajo? Usted no es de salir a comer algo cerca de la oficina –como hacen a veces el negro Obama o el Pepe Mujica–, por eso la pregunta. Supongo que no lee los medios “enemigos”, pero tampoco creo que se trague enteros los que su gobierno paga. ¿Le cuentan? ¿Quién? ¿Parrilli? ¿Zannini? ¿Aníbal? Los alcahuetes le dirán siempre lo que quiere oír. ¿Entonces?

Abajo, señora, la situación está muy jodida, al borde de la ira, y parece que ahí, arriba, nadie se entera. Usted me dirá, no te equivoques, yo sé todo, por eso “estoy un poquito nerviosa”, casi lloro. Pasa, señora, que con llorar solamente no hacemos nada. Hasta el Papa llora, por mail. ¿Se lo leyeron? Dice que lloró por los desalojados de Lugano. El asunto es hacer algo para que las cosas cambien de verdad.

Tal vez con un ejemplo alcance para que se entienda lo que le quiero decir. ¿Se acuerda de la película El exilio de Gardel, dirigida por Pino Solanas? A propósito, a modo de anécdota, podría contarle sobre las deudas que le dejó Pino a quien fue el productor, Envar “Cacho” El Kadri, –JP, FAP– exiliado en los 70, amenazado por la Triple A, organización paramilitar también peronista. Pero, pobre Pino, dejemos que los peronistas se hagan cargo de su historia y salden sus cuentas.

Vamos a lo que importa. La película se cerraba con la entonces muy joven actriz Gabriela Toscano, cantando un tanguito esperanzador que decía: “Un país que me ayude a vivir/ y ante todo que respete/ aunque lleves un chupete.../ Un país donde pueda elegir/ que valga tu opinión/ aunque seas un ratón.../ Un país donde pueda ser yo/ sin sentirse cucaracha/ ni bajarte la bombacha/ Qué país será ese país/donde puedas trabajar/ sin tener que mendigar...

Hace casi treinta años ya, señora. Usted podría decirme, con sus ochenta millones en la cuenta, sus hoteles y sus casas –acumuladas apretando gente y cobrando de la plata de todos–, que ese país le cumplió todos los sueños. Pero, señora, aunque “Yo” es su pronombre personal favorito en cada discurso, y nos cuente su vida y lo que sufre por nosotros y demás, se trata de la responsabilidad que le cabe a usted en la construcción de un país donde “todos” los pibes puedan definir su propio “yo” sin sentirse cucarachas sostenidas a plan social o subsidio. Entre usted y Néstor son 12 años ya, ahí, arriba, sin contar todos los cargos anteriores.

Un país, señora, “que ayude a vivir”. No a morir. ¿Lleva la cuenta, señora? ¿Hace falta que se los recuerde? Muertos en Cromañón, por viajar en tren, por obras que no se hicieron para contener las inundaciones, por la “sensación de inseguridad”, por desnutrición, por el narcotráfico, entre barras del fútbol, entre barras de los sindicatos, por violencia de género, por un celular, por una bicicleta, por el “gatillo fácil”, en “defensa propia”. ¿Tiene idea de la edad promedio de la mayoría? Menos de treinta. ¿Le parece casual?

Póngase por un momento en el lugar de los familiares y amigos de las víctimas. ¿Qué queda de ellos si logran superar el dolor, la bronca, la terrible sensación de que nunca pagarán todos los culpables, de que no habrá justicia? ¿De qué país posible se les puede hablar? En ese caldo espeso, hirviente, violento, revuelven el odio los tipos como Berni, con sus mensajes xenófobos. Otra vez sopa, de represión. ¿Le suena Berni, el teniente coronel? Es el “secretario de Seguridad” de su gobierno.

Haga algo, señora, el riesgo de un brote de ira es inminente. Incuba en el subconsciente de una sociedad que se siente desamparada. Son cuarenta años ya de ver morir las ilusiones de una generación tras otra. Desarme la lengua. Admita que necesitan ayuda para terminar. Pida colaboración a los líderes sociales y técnicos que les parezcan más sensatos. Usted tiene olfato, señora, lleva veinte años comiendo del poder. ¿No huele el humito de la olla popular ahora? ¿No ve arremolinarse el aire y alzarse los tornados de la furia?

*Periodista.



Carlos Ares