COLUMNISTAS EMPRESA CULTURAL

Nuestra comunicación envilecida

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Hace pocos días iba en mi vieja bicicleta a visitar a un amigo en el barrio de Palermo. Venía sacudiéndome sobre los adoquines, cuando en una milésima de segundo caí. Mi cara, mis hombros y mis anteojos impactaron contra el suelo: la horquilla de la bicicleta se había quebrado.

Inmediatamente se acercó Melisa, una chica que con su cara de preocupación me hizo pensar que mi rostro estaba mucho peor de lo que yo mismo sentía, preguntándome si podía decir mi nombre. A la escena se arrimaron rápidamente otras personas, me acompañaron hacia la vereda, me trajeron agua y hielo. Absolutos desconocidos me hicieron sentir cuidado mientras mi cara sangraba.

Luego de unos instantes, Melisa me dijo que debía llamar a alguien para que viniera por mí y me comunicó que no podía dejar la bicicleta atada con mis dos candados hasta el día siguiente porque, sencillamente, me la iban a robar (parecía una evidencia empírica sin fisura alguna en sus labios). Entonces, con mucha buena voluntad fue a buscar una posible solución y regresó con una inquietud que es la que motiva estas líneas. Poniéndose en cuclillas y mirándome a los ojos, me preguntó: “¿Sos muy anti-K?”.

Mi cara atónita –ya no por el golpe sino por la violencia del anacrónico interrogante en medio de mi sangre– hubiera merecido ser filmada. En esas milésimas de segundo que separaron su pregunta de mi respuesta, me atravesó un cúmulo de inquietudes. Ese desgraciado momento ¿no valía acaso un paréntesis frente a todo tipo de cuestionamiento ideológico que estuviera por fuera de mi estado físico?

Melisa ofrecía una solución muy buena: dejar la bicicleta en un local del partido Nuevo Encuentro, pero ¿cuál era el razonamiento anidado detrás de esa pregunta? ¿Acaso una idea de pertenencia tribal (léase premoderna) que impediría la aceptación de todo tipo de solidaridad aun en situaciones tan desfavorables? ¿Mi bicicleta destartalada se iría a corromper aun más en manos ajenas? ¿Terminaría debiéndole un favor al supuesto “enemigo”?

Llegado el caso de que yo estuviera en ese recorte sobre el cual se me preguntaba –el “muy antikirchnerismo”–, ¿debía poner en duda la alteridad generosa y los lazos que se me proponían sólo porque adscribían a otros modos de gobernar una sociedad? ¿Acaso la teoría política podía llegar a llevarme, aun en semejante estado de impotencia, a la negación y a la clausura de un espacio de comunicación y lenguaje con otros que me tendían la mano sin pedir nada a cambio?

De todas estas preguntas mi inquietud central fue: ¿qué nos pasó como sociedad para considerar que en los modos de pensar lo político radica el centro medular de lo que nos puede fraccionar y, sobre todo, cómo podemos seguir pensándonos –el que esté libre de pecado que tire la primera piedra– desde esas divisiones?

Si tenemos en cuenta que es muy difícil que un solo individuo haya logrado fragmentar un todo, entonces ¿quiénes hemos contribuido a generar ese modo segmentado de comunicación, quiénes hemos colaborado para profundizar esa visceralidad invalidante que recubre nuestro diálogo día a día? Algo nos tiene que haber pasado –y ese algo es siempre más interno y pretérito que mediático, es un proceso que nos permitimos e incubamos dentro de nosotros más que un síntoma de lo exterior– para que nos definamos y produzcamos una identidad que segmenta e impide la ligazón incluso con quien nos ofrece una ayuda gratuita.

No ignoro que mi respuesta se adentra en lo remoto de la cultura y de la historia de nuestro país. Los argentinos sostenemos y alimentamos, casi perversamente, una constante disponibilidad a no reconocernos entre nosotros, impidiendo el procesamiento de nuestras diferencias. Vienen a la memoria “Argen” y “Tina”, a los que se podrían sumar distintos modos marketineros –de procedencia y color político diversos– que operan para agrandar la dicotomía y evitar las coincidencias.

No podemos buscar posibles soluciones a nuestras segregaciones cotidianas en las publicidades mundialistas plagadas de abrazos ficticios entrelazados con banderas albicelestes. Claro que no. Precisamos otras decisiones; quizás se trate de apostar –y quien apuesta cede algo y no siempre gana– a los lazos de solidaridad y fraternidad que nos atraviesan a diario sin recurrir a la obstrucción ideológica ni al posterior ninguneo del pensamiento ajeno que lleva a la suma cero.

En este asunto es posible que las jóvenes generaciones tengamos una responsabilidad mayor. Por un lado, porque el futuro es sobre todo nuestro. Por el otro, porque ya hemos sido testigos de las grandes incomunicaciones de nuestros padres y no debemos repetir esa historia, caso contrario recaeremos una y otra vez en el “pluralismo negativo” en el que, como señalaba Oscar Terán, se pronuncian simultáneamente muchas voces, desoyéndose entre sí e imposibilitando un diálogo sincero, fundamento de toda construcción democrática moderna.

Para lograr semejante empresa cultural necesitamos algo muy concreto: edificar ámbitos y modos de comunicación de vida cotidiana que vayan por fuera de esos códigos binarios que hemos heredado y reproducido, que nos impiden la cohesión de sentidos diversos y que nos hacen pensar que –incluso estando heridos y desvalidos– nos encontramos tan, pero tan polarizados con los otros que ya no es posible confiar nuestra mísera bicicleta a quien no piensa como nosotros.

*Filósofo y doctor en Ciencias Sociales.



Nicolás José Isola