COLUMNISTAS ARGENTINA Y EL CONTINENTE BLANCO

Nueva política antártica

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La aceleración de estos tiempos posmodernos es el extremo opuesto a la paz y el silencio inmenso que marcan los días en la Antártida. Pero es en los espacios frenéticos del mundo urbano donde se decide su futuro. Ante los cambios que comienzan a registrarse en las relaciones de poder internacional, la elección en mayo del uruguayo Albert Lluberas como el primer latinoamericano en ocupar la secretaría general del Tratado Antártico, es una oportunidad para que Argentina reformule su estrategia con relación a la Antártida.

Durante varias generaciones el país ha dado un claro gesto de su intención de tener presencia efectiva en el continente blanco, siempre dentro de las normas internacionales y llevando adelante actividades científicas. Desde 1947 a la fecha ha desplegado 14 bases permanentes y 60 refugios la mayoría de los cuales, lamentablemente, no ha sido utilizados en forma permanente y son criticados por el mal estado de conservación y la contaminación ambiental que producen.
En 1939 se diseño un plan nacional con base en la Armada; y en 1947 se concretó el despliegue de naves y aeronaves con la instalación de destacamentos y refugios. Se hacen las primeras cartas náuticas, balizamiento, registros de mareas, entre otras cosas. En los años 50 se suma el Ejército con acciones propias que tuvo su hito más importante con la llegada al Polo Sur en la década del 70 de la expedición comandada por el general Jorge Leal.  En los años 60 el entonces  Capitán de Fragata Hermes Quijada es el primer  argentino en llegar al Polo Sur. Luego se sumó la Fuerza Aérea, con vuelos de reconocimiento comandados por el vicecomodoro Mario Olezza quién también llegó al Polo en 1965;  y la última vez que se llegó fue en enero de 2000, con el grupo encabezado por el teniente coronel Víctor Figueroa.

Pero el esfuerzo que hizo el país fue sin coordinación, creando compartimentos estancos dentro del accionar de cada fuerza en perjuicio de una actividad integrada. Con la creación del instituto Antártico, en 1951, por el coronel Hernán Pujato, se generó un organismo científico-técnico independiente  y centralizador que años más tarde pierde esa independencia al ser subordinado a la Dirección Nacional del Antártico, dependiente del Ministerio de Defensa, para  darle orden y coordinación a las acciones.

Los convulsionados años 60 significaron un retroceso de ese plan al tiempo que otros países comenzaron a darle importancia a sus objetivos antártico. Hasta la promulgación plena del Tratado Antártico, en 1961,  la Argentina, es decir el Ejército y la Armada, concentró su esfuerzo en el despliegue y la ocupación del espacio, logrando objetivos importantes en cada época. Pero esa posición privilegiada se fue diluyendo por las inestabilidades institucionales internas, por posiciones inconsistentes en foros internacionales y por fallas de adaptación e interpretación de los acelerados procesos en todos los ámbitos, a lo que hay que sumar el factor Malvinas, después de 1982.

En líneas generales, desde 1961 hasta 1984 las Fuerzas Armadas desarrollaron sus propias estrategias antárticas bajo la denominación de políticas de Estado pese a que se generaban, con frecuencia, con bajo nivel orgánico de los antárticos. Mientras tanto, muchos países se lanzaron a realizar acciones de prestigio y con poder tecnológico afectando directamente a la Península Antártica y a las islas Shetlands del Sur, incluso superponiéndose a la posición de los tres reclamantes del área como lo son Argentina, Chile y Gran Bretaña. Ya no se trata solo de ocupar y patrullar el territorio antártico, acciones que fueron útiles décadas atrás. Hoy se vuelve necesario reformular una estrategia como país adoptando una única política de estado que despliegue acciones de permanencia y continuidad en foros y grupos de trabajo gubernamentales y no gubernamentales, y con centralización en el Poder Ejecutivo. En síntesis, los principales temas de una nueva política antártica deben incluir los siguientes aspectos:
La política antártica debe ser una política de Estado de largo plazo aprobada por ley y ejecutada por el Poder Ejecutivo, dependiendo de la Jefatura de Gabinete e implementada desde la Cancillería.
La actual ley 18.513 que rige las actividades antártica es inadecuada y esta desactualizada. Es necesario sancionar una nueva ley que elimine los compartimentos estancos y centralice la gestión.

Hay que desplegar una política activa en foros internacionales para evitar, por ejemplo, que Gran Bretaña relaciones a Malvinas con posibles derechos antárticos. Es necesario profundizar la relación con Chile en defensa de los intereses comunes antárticos desde una división latinoamericana. Desarrollar planes científicos que respondan a los intereses nacionales. Redefinir la conducción y la función de las instalaciones terrestres ocupadas en forma permanente, transitoria, o a ser desactivadas. Desarrollar programas de energía alternativa no contaminante. Capacitar al personal en función del cumplimento de los planes científicos a desarrollar y a implementar del Protocolo de Madrid sobre protección del medioambiente. Abrir la participación del proyecto antártico argentino a todos los ciudadanos, adecuadamente capacitados,  para construir consciencia nacional. Integrar en todos los niveles educativos la realidad antártica y la posición argentina. Instalar estratégicamente a Ushuaia como la puerta de entrada a la Antártida.  La Argentina accionó con intensidad en la Antártida desde 1947 con diversos altibajos pero fue perseverante y logró importantes logros. Pese a las posibilidades, a los presupuestos asignados, y a los esfuerzos realizados, los resultados no se vieron reflejados en un adecuado posicionamiento del país en el tema. Y lo es en gran medida por la puja de intereses internos que subordinó los objetivos antárticos a los de política doméstica. Por este se ha perdido protagonismo internacional.  
Los años venideros plantean nuevos desafíos internacionales sobre el futuro antártico. Y la Argentina debería ir analizando y resolviendo entre otras cosas la variación de las presiones externas y si los cambios geopolíticos afectan o no los intereses del país. Se está a tiempo de recuperar protagonismo.
 
*Geólogo, Doctor en Ciencias Naturales, ex director del Instituto Antártico Argentino (1983-2001), autor de Mitos y verdades en el desierto blanco.

Carlos Rinaldi*