COLUMNISTAS


Nuevo poder

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La historia de un país que estalló consuena a humorada de Jorge Luis Borges en pluma de Gervasio Montenegro. Y las fechas que limitan el título (1806- 1820) poseen una extraña virtud: en tanto efemérides escolares inevitables (primera invasión inglesa y crisis general del año 20), al estar organizadas como bordes, desconciertan.

¿Qué período dibuja ese lapso? O, en todo caso, ¿por qué entender como porción independiente un tiempo que sólo mucho más tarde –en 1852 con Caseros, o en el 53 con la Constitución de Santa Fe, o con la definitiva incorporación de la provincia de Buenos Aires, en 1860, a la flamante república federal– alcanzará tendencialmente rango nacional? Con una observación: ¿el rango nacional puede estar determinado por el tozudo “debate” en sordina sobre las “formas” de organización institucional? O, muy por el contrario, ¿su puesta entre paréntesis no debe entenderse como síntoma de la insuficiencia de intereses materiales comunes, esto es, nacionales? Y, si no tiene adecuado rango nacional, ¿qué sentido tiene esta periodización? ¿Por qué arrancamos en 1806 y no en cualquier otra fecha tan arbitraria como la anterior? Esta batería de preguntas merece una respuesta minuciosa.

Las invasiones inglesas revolucionaron el modelo español de centralidad militar existente en el Virreinato del Río de la Plata. Al derrotar William Carr Beresford a las tropas de Carlos IV sin mayores dificultades (en la primera invasión, éstas ni siquiera fueron capaces de sostener una batalla en regla), los ingleses no sólo ilustraron a los habitantes de Buenos Aires sobre su propia valía militar, sino que también les ahorraron –es un modo de contar– el decisivo trabajo político de tener que legitimar, en el terreno de la polémica política pública, la destrucción de los descompuestos cuerpos profesionales españoles.

Destrucción que no podía no ser el paso previo a un régimen de autogobierno, ya que resulta impensable que el Cabildo porteño pudiera destituir al virrey en Cabildo Abierto –y éste es el caso del marqués de Sobremonte– sin disponer de fuerza armada adicta; sin olvidar, además, que los británicos pusieron fin así –mediante su calculada irrupción– al sistema político anterior, inaugurando otro que, desde un abordaje muy superficial, resultó idéntico pero notablemente efímero. El autogobierno se conquista, entonces, mediante la “reconquista” (palabra que supone una vuelta atrás, primer malentendido que remite a la perspectiva de época) en lucha abierta con el opresor... inglés. “Fue ésta una verdadera revolución –sostiene Funes en cita de Mitre– y la primera en que ensayó su fuerza el pueblo de Buenos Aires, preparándose para otra no lejana de un género más sublime”.

Como la sustitución de tropas reales por milicias urbanas no requirió de ninguna batalla ideológica ni de ningún enfrentamiento político, sino que fue el resultado incidental de las invasiones inglesas, se constituye en punto de partida, sin diferenciación política, de un poder autónomo basado en ese flamante dispositivo militar, la revolución de Funes y Mitre. Y esa autonomía se expresó como sigue: ampliación de la participación criolla en el Cabildo (de un representante se pasó a cinco, sobre un total de diez) y decisivo peso de esta resignificada institución en el nombramiento del nuevo virrey tras la destitución de Sobremonte; es que mediante la presión del mismo Cabildo, a través de sus protagonistas, con adecuado respaldo miliciano, Liniers es “ascendido” al tope de la lista burocrática del nuevo poder: la reconquista había concluido.

El autogobierno se constituye, en consecuencia, como inevitable “alianza” entre la debilitada Corona española y el Cabildo de Buenos Aires, respaldado por las milicias armadas. Y ese nuevo poder político se construyó de hecho y, en cierto modo, de derecho, para todo el virreinato, sin la menor intervención del interior. Entonces, el primer borde, 1806, está más que justificado. No sólo porque el Cabildo conquista un lugar que nunca tuvo, sino también porque la relación con la Península se modifica drásticamente: Buenos Aires deja definitivamente de estar sometida a la gramática colonial.

Desde una perspectiva histórica tradicional, “nuevo poder” supone, después de 1789, “escenario nacional” (o, al menos, su programa in nuce) y “revolución democrática”; como tal perspectiva resulta imposible de rastrear en 1806, el discurso sobre el origen de la patria formulado con tanto éxito por Bartolomé Mitre tuvo que trasladarse, para escribir nuestra saga revolucionaria, hasta 1810. Situada la revolución allí, más como necesidad de la estructura de ese relato que como análisis del problema, capturó, conformó, organizó una perspectiva canónica que no admite vuelta atrás. Y si el revisionismo histórico se propuso –y en algunos casos logró– matizar o reconsiderar los signos de la valoración colectiva, nunca rozó el núcleo duro del programa oficial; de modo que 1806 sólo admitió –sólo admite– estudios monográficos que no rehicieran el abordaje de lo que muchísimo más tarde, y por muy otras vías, terminara siendo historia argentina.

Es que la ausencia de mercado unificado y dispositivo político de carácter nacional impulsó y todavía impulsa instrumentos compensatorios, producciones histórico-literarias que oscilan sin remedio entre la metafísica trascendental y el esencialismo fantástico. Metafísicos son, por citar un caso, los que sostienen que las Fuerzas Armadas “preexisten a la nación”, dando a entender que el fundamento último de la sociedad argentina reposa en su perpetuamente mediocre cuadro de oficiales. Se podría tomar la tesis con aire risueño si no escondiera un fundamentalismo antipático, no sólo porque en ciertas condiciones terminó resultando sanguinolento, sino también (sobre todo) porque supone, contiene, implica una extraordinaria endeblez conceptual. Al tiempo que los esencialistas fantásticos sostienen, con notable arrojo literario por su parte, que fabricar cañones contiene, supone, implica la metalurgia nacional. Y la metalurgia, se sabe, equivale al núcleo de la modernidad burguesa.

 

*Ensayista y doctor en Ciencias Sociales. Fragmento del libro El país que estalló, editorial Edhasa.



Alejandro Horowicz