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O Maraca é nosso

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“Uh! Ah! O Maraca é nosso” (“El Maracaná es nuestro”). El grito se escucha siempre que juega el club más popular del mundo: Flamengo (se estima que cuenta con 40 millones de simpatizantes, como toda la población argentina). “Somos uma naçao/ O Maraca é nosso/ Vai começar a festa”, cantan los flamenguistas para marcar supremacía sobre los otros clubes de Río de Janeiro y apropiarse, sin papeles, del estadio Jornalista Mario Filho (nombre oficial que recuerda a un símbolo del periodismo deportivo, como Dante Panzeri en la Argentina, que defendió su construcción).
La necesidad de remarcar la “propiedad” del Maracaná (su nombre popular está inspirado en el sonido de un ave de la zona) tiene lógica: tres de los cuatro clubes grandes de la ciudad son locales allí. Botafogo lo era en el Estadio Olímpico João Havelange –inaugurado en 2007 para los Juegos Panamericanos– hasta que fue clausurado seis años después por fallas en el techo. El único anfitrión que recibe en casa propia es Vasco da Gama.
Inaugurado en 1950 para la Copa del Mundo, días después fue escenario de la mayor tristeza de la historia de Brasil: la derrota con Uruguay por 2 a 1 en la final del torneo. Ese 16 de julio, que podría ser recordado como el día en que más gente se reunió para un partido –199.854 espectadores, superando la capacidad permitida de 155 mil–, hoy tiene nombre y es sinónimo de humillación futbolera: “Maracanazo”.
“O Maraca é nosso” se cargó de otro sentido después de la reforma encarada para el Mundial que acaba de comenzar. Cerrado en 2010, fue entregado dos años y nueve meses después con una capacidad reducida a 74.689 espectadores e instalaciones con “padrón FIFA” pero un costo dos veces superior a lo presupuestado (630 millones de dólares contra los 350 previstos). Apenas 8.500 dólares por asiento.
El grito fue emblema de protesta al anunciarse que la administración pasaría de manos del Estado a las de un consorcio privado.
Los clubes adoptaron ideas contrapropuestas para enfrentar alquileres más elevados. Flamengo encareció las entradas: en la final de la reciente Copa do Brasil (como la Copa Argentina, pero de mayor tradición) costaban entre 100 y 360 dólares. “Elitización” reclamaron los “dueños del Maraca”, pero corrieron a comprarlos hasta agotarlos. Fluminense los abarató: en el último clásico contra Flamengo, la más barata fue de 15 dólares. Tuvo menos suerte: logró reunir sólo 26 mil personas. Impensable para cualquier cruce entre los cinco grandes de la Argentina.
Hoy, el templo del fútbol se vestirá de celeste y blanco. Y los argentinos le darán otro sentido al grito de “O Maraca é nosso”. Y soñarán con repetirlo en un mes, en la final.

Pablo de la Fuente