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Obra en curso

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Blanca Lema
Blanca Lema Foto:Cedoc
Discreta, lateral, en los intersticios, con sólo dos novelas publicadas y algunos libros de poesía, Blanca Lema viene construyendo una obra. Me animaría a decir una de las obras más interesantes de la narrativa argentina reciente. Lateral, sí, en los intersticios también, pero al mismo tiempo, por eso mismo, por su posición topográfica, es una obra segura, consecuente, que evita los lugares comunes como a la peste y las concesiones al sentido común ambiente de igual modo. Primero fue Taper Ware (Paradiso, 2009), narración que, en un solo movimiento, entremezcla una lengua poética con toques de fantasy, y una crítica feroz, pero al mismo tiempo sutil, increíblemente sutil, al capitalismo contemporáneo. Taper Ware no es nunca una novela con tesis, mucho menos una alegoría, ni tampoco una incursión sociológica disfrazada de novela. No, nada de eso. Es simplemente –como si fuera simple– la historia de Pablo, un semiólogo que trabaja en una consultora –de la que nunca se termina de entender su razón de ser– que investiga la basura. Pronto nos percatamos de que el proyecto de Lema reside en imbricar lengua y basura, la basura de la lengua entre desechos de sentido, de ilusiones perdidas, de un idioma que aparece como carcomido, en ruinas. La novela, por supuesto, es mucho más que eso, pero el mérito final reside en la radicalidad del no saber. Leyéndola entramos en un mundo de extrañeza, de incertezas, de dudas que llevan a otras dudas. Cuando la leí por primera vez pensé en Repo Man, la película de Alex Cox, como único punto de referencia para armar un mapa. Con la segunda lectura, comprobé que Taper Ware no se asemeja a nada.

Recientemente Lema acaba de publicar Contradanza (Paradiso, 2016), su segunda novela. Salpicada de gotas de surrealismo inteligente, bajo el aura de la danza butoh, su escritura se volvió más etérea, tal vez falsamente naive, un poco como el mundo de los adolescentes que pueblan el texto, o como la protagonista que, después de vivir dos años encerrada, sale a ayudar a un hombre que cree que cayó en un hueco en la calle. Hay un optimismo conmovedor en el modo en que Lema describe la adolescencia, no como pérdida, falta o conflicto, sino como apertura hacia el otro, como descubrimiento, como una experiencia estética. Optimismo que, bajo el modo de la paradoja, se hace oscuro: la adolescencia como presagio de una nueva guerra, del desastre por llegar. Detrás de su aparente simpleza, Contradanza es un formidable manual de apuestas literarias arriesgadas, de pensamiento crítico sobre el estado del mundo.

Hasta que, de pronto, el mundo ingenuo desaparece e irrumpe la violencia, el punto de máxima tensión: “Señorita, y usted… ¿Por qué se quedó en su casa dos años? [...] A los veinte años, me detuvieron, me torturaron, simulé mi muerte, lo creyeron. Me arrojaron como una muerta más sobre una pila de cadáveres, en un pozo, en la playa, en el río. La pila de muertos eran como cubitos de hielo pesados arriba mío. Luego vino un perro, luego un linyera que empezó a sacar los muertos que estaban vestidos y les robaba. Luego me sacó a mí. El perro se dio cuenta que no estaba muerta. Aquí estoy”.
Releyendo ese párrafo, y otros en la misma dirección, toma nuevo sentido el epígrafe de Rimbaud que encabeza la novela. “Que nunca se sepa si ha sido batalla… o danza”.


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