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Ojo de buey

En 1963 Juan Gelman publicó uno de sus mejores libros, Cólera buey. El título “Cólera buey” siempre me gustó mucho.

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En 1963 Juan Gelman publicó uno de sus mejores libros, Cólera buey. El título “Cólera buey” siempre me gustó mucho. En algún momento de su vida Gelman fue a vivir a la ciudad de México donde decirle buey a un joven, en el argot de la calle, es muy común. Es como nuestro chabón o flaco. Pero si bien existe un rock chabón o una poesía chabona, siempre como adjetivo despectivo, no sé si existe en el DF una literatura buey. Hace unos días la editorial Lomo acaba de publicar un libro de otro gran poeta argentino, Daniel Durand. Se llama Cabeza de buey. No sé si hubo una publicación previa de este libro en una edición más artesanal porque cuando lo leí tuve la sensación de déjà vu. Probablemente haya sido sólo una falla en la matrix. Durand ha publicado ya varios libros, anoten: El estado y él se amaron, Ruta de inversión, El cielo de Boedo, Las nalgas entre sí fabrican ojos sociales. No los cito por un afán wikipédico sino porque cada uno de estos libros me parece extraordinario y es lindo recomendar cosas que hagan bien al espíritu sin domesticarlo ni adormecerlo. Daniel Durand es un poeta fuerte porque él determina que ciertas cosas son poesía, cosas que antes de ser observadas por él estaban bajo la visión estereotipada del mundo. Cabeza de buey, en sus últimos poemas, parece tener algo de cierto inventario vital. El poeta se está despidiendo del libro –o a través del libro– y escribe en Nueces mojadas en los pastizales: “Ahora voy a reconocer, voy a solicitar disculpas/ a las chicas con las que/ intercambié fluidos/ sólo para que les agraden mis textos. Escribí para amontonar poder/ en mi apellido: Durand./ Ahora no lo quiero/ no quiero ese poder montado/ en mi apellido, no voy a corcovear,/ no quiero apellido, no quisiera/ querer. Ahora voy a solicitar disculpas/ a todos los que vinieron a mi casa/ para ser convencidos de la verdad/ que ostentaba, no tengo verdad,/ tenía mentiras que acumulaban poder”.  Hace poco me contaron que había un escritor argentino, joven, que buscaba el anonimato a lo Thomas Pynchon y por eso usaba otro nombre y no se fotografiaba y cuando leía cambiaba su voz con un efecto especial. Me dio gracia que alguien se tomara tan en serio: ningún escritor argentino necesita toda esa estrategia porque no le importa a nadie. Piensen en el genial Durand viviendo en Filipinas. ¿Cómo habrá llegado hasta ahí?