COLUMNISTAS RIO 2016 II


Olímpicamente sexista

Brasil es el país del futuro… y siempre lo será.

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Brasil es el país del futuro… y siempre lo será”. Esta especie de maleficio que ha marcado su historia parecía romperse definitivamente aquel octubre de 2009, cuando Río fue consagrada sede de los Juegos Olímpicos. Lula Da Silva, el artífice de la ingeniería institucional que pondría al país en el podio de la “ciudadanía de primera clase” y en la preciada vidriera internacional, no estaría para ese entonces en la Presidencia. Pero sí su sucesora, Dilma Rousseff, su partido, el PT, y un proyecto de país en el que convergían la inclusión y el crecimiento.    
Hoy, siete años más tarde, los ojos electrónicos que multiplican por doquier hazañas y récords de los deportistas mejor dotados del planeta, reflejan con cuentagotas una realidad en la que los fuegos artificiales sirven para acallar silbidos y protestas. En un clima marcado por una crisis profunda de legitimidad política, económica y social, los Juegos dividen a la población entre aquellos que piensan en la inutilidad de una inversión millonaria, que poco resuelve los problemas estructurales de una ciudad de postales glamorosas y cotidianidad áspera, y los que apuestan a no desperdiciar una oportunidad excepcional. En estos 15 días Brasil está intentando cambiar una imagen dañada, en un ficticio mundo de igualdad, fraternidad, excepcionalidad física y hasta la tan soñada igualdad de género que se impone durante los Juegos.
Londres 2012 marcó un antes y un después en la lucha contra el sexismo y los estereotipos. Las mujeres se convirtieron en símbolo de esos Juegos, no sólo por su masiva participación, sino porque además el Comité Olímpico presionó y consiguió que todos los países, incluidos Arabia Saudita, Qatar y Brunei, rompieran su veto e incluyeran deportistas mujeres dentro de sus delegaciones. En este contexto, Río aparece como un avance en la consolidación de políticas de género que toman al deporte como una herramienta que ayuda a la igualdad y al empoderamiento de mujeres y niñas.
De los 10.500 atletas que compiten en Río, 4.700 son mujeres. Los artilugios políticos de un establishment que no pudo llegar al poder por las urnas impidió que ese 45% del total sean recibidas por la primera presidenta brasileña mujer que había logrado perforar el famoso techo de cristal, en un país en el que el machismo es mayor de lo que parece. Hoy, la “madre” de los Juegos, tal como se autodefinió Dilma, espera desde el Palacio de Alvorada ser destituida en un controvertido juicio político.
Estas paradojas de la historia también señalan que a pesar de ser la primera competencia realizada en Sudamérica, la participación de las mujeres de la región es inferior al promedio mundial: sólo un 38% y, en el caso de Argentina, un 35%. De las 1.460 deportistas latinoamericanas, sólo 74 son compatriotas.
Si bien la igualdad de género sigue siendo un desafío, la cobertura periodística la retrasa. Según la Universidad de Cambridge, tras analizar 160 millones de palabras en medios y redes sociales, las mujeres siguen recibiendo calificativos denigrantes y machistas, además de que se les dedica menos tiempo que a los hombres. Según el Observatorio de Género de las Olimpíadas 2016, los medios argentinos ostentan el triste privilegio de encabezar las coberturas más sexistas y estereotipadas de América Latina: “Las muñecas suecas”, “La guerrera más sexy”, “Las 10 caras más bonitas”, entre otros títulos, se suman a las fotos y transmisiones de TV que dan cuenta principalmente de los físicos esculturales de las atletas. Sobre las mujeres, se destaca más la edad, ropa, estado civil, vida personal, aspecto, en el que se resalta la belleza y se castiga la fealdad, que su performance deportiva. Mientras tanto, los adjetivos más usuales para referirse a los hombres son: rápido, fantástico, fuerte y grande, describiéndolos como “genios", "batalladores” o "gladiadores". Por su parte, las atletas femeninas deben conformarse con modestos términos como “compiten”, “luchan” o “participan”.
Por fortuna, a veces la fuerza de la realidad se impone. Hoy, el orgullo nacional se sostiene en una medalla dorada de 1,50 m, 30 años y 48 kilos. La Peque Pareto: campeona, médica, humilde, luchadora, invencible. Tal vez lejos de lo que somos, pero cerca de lo que quisiéramos ser.

*Politóloga. **Sociólogo. */**Especialistas en contenidos, medios y comunicación.

Bernarda Llorente y Claudio Villarruel