COLUMNISTAS ASUNTOS INTERNOS

Oliver Jeffers pierde el control

PERFIL COMPLETO

Arno Schmidt solía desnaturalizar sus novelas haciendo que en las primeras páginas apareciera siempre un elemento fantástico (en La república de los sabios, por ejemplo, es una centaura). Luego lo fantástico desaparece por completo, pero uno ya ha quedado inoculado, y un velo de extrañeza lo tiñe todo en espera de un elemento desestabilizador que nunca vuelve a aparecer. Oliver Jeffers hace las cosas al revés: todo parece andar por los carriles del realismo, y de pronto lo desestabilizador aparece y se queda ahí.

Se supone que Oliver Jeffers es un autor de libros para niños, pero eso no es cierto. Yo, de hecho, maté hace tiempo a mi niño interior y tengo todos (o casi todos) sus libros, que edita el Fondo de Cultura Económica. No tengo el más mínimo respeto por los libros infantiles, de hecho no soy de los que atiborran las mentes puras de sus hijos comprándoles porquerías para que adquieran el hábito de la lectura: mis hijas saben jugar al póker desde la tierna edad de 4 años, porque como todo padre espero que cuando sean grandes me mantengan, pero si leen o no me tiene sin cuidado.

A la más chica, la de 6 años, los libros de Oliver Jeffers le gustan, pero a mí me gustan más. Tolera un par de lecturas al hilo, pero no más: prefiere el póker. Yo, en cambio, puedo leerlos infinidad de veces. El misterioso caso del oso, El increíble niño comelibros, Este alce es mío, Arriba y abajo, y sobre todo Atrapados, breves obras maestras. El humor y la imprevisión conviven, cada página volteada trae consigo una sorpresa. Atrapados es el súmmum. Un chico remonta un barrilete y éste queda atrapado en un árbol. Para bajarlo recurre a tirarle cosas, pero todo lo que arroja queda atrapado en el árbol junto con el barrilete. La gracia consiste en las cosas a las que echa mano para bajar el barrilete. Al principio, como haría cualquiera de nosotros, lanza una zapatilla, pero luego lanza un pato, una silla, la bicicleta de un amigo, una puerta… y la cosa recién empieza.

Hay muchos escritores que siempre son mejores cuando pierden el control. Emilio Salgari, el Ed Wood de la literatura, es uno de esos. Jeffers no se parece en nada a Salgari, pero su talento también se magnifica cuando pierde el control. Las maravillas del 2000 es un libro así. Previsible, tonto, parece escrito por un estudiante que quiere caerle bien a su maestro. Escrita a comienzos del siglo XX, los personajes deambulan por el mundo en el siglo XXI y Salgari describe lo que ven y oyen. Hasta que caen en una prisión flotante en el medio del Atlántico repleta de anarquistas, y el revuelo y el ruido comienzan. Entonces esa mala novela se vuelve maravillosa.

Los libros de Jeffers se parecen a una montaña rusa: uno avanza imaginando lo que vendrá, pero lo que efectivamente viene siempre resulta inesperado. Uno termina un tanto mareado de reír, y con nosotros baja gente que pasó por la misma experiencia y llora a mares… Es extraño, yo me río y mi hija me mira aterrada. Quiere que termine de una vez para ponernos a jugar al póker.



Guillermo Piro