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Operación masacre

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El 26 de septiembre de 2014 a las 20, vecinos de Iguala (Guerrero, México) reportan disparos de armas de fuego contra ochenta estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, que se dirigían a una protesta estudiantil en Chilpancingo. Habían tomado sin permiso tres autobuses de la empresa Costa Line, para garantizar el traslado.

En el acto es herido Aldo Gutiérrez Solano (muerte cerebral) y acribillan a balazos otro autobús que nada tenía que ver con la caravana normalista: mueren el chofer, Víctor Manuel Lugo Ortiz, el futbolista de tercera división David Josué García Evangelista (14 años) y Blanca Montiel Sánchez.

Pasada la medianoche, los estudiantes convocan en el lugar del hecho a la prensa para informar sobre lo sucedido y preservar la escena del crimen. Al mismo tiempo, llegan fuerzas del Ejército Nacional y de la Procuraduría General de la República. Desde unas camionetas, hombres armados con armas de guerra abren fuego contra la multitud, con el resultado de otros dos muertos y cinco heridos.

El 28 de septiembre, los heridos son 22, los desaparecidos 67 y se encuentra el cadáver de Julio César Mondragón con el rostro desollado a 500 metros del lugar de los hechos.

El lunes 29, en medio de un escándalo creciente, aparecen 13 de los estudiantes desaparecidos, y de los 43 restantes todavía no se sabe nada. Algunos testigos contaron que fueron entregados a la organización criminal Guerreros Unidos, brazo armado del cartel de los Beltrán Leyva, que incluye entre su número agentes de las fuerzas policiales.

Mientras los órganos de gobierno municipal y estadual se descomponen (fugas y renuncias), son detenidas 47 personas con responsabilidad directa en la matanza. Algunos detenidos confirman haber participado en las ejecuciones y haber rociado con diésel los cadáveres, que fueron calcinados.

Según las investigaciones de la PGR, los principales responsables intelectuales de la matanza son el alcalde de Iguala, José Luis Abarca; María de los Angeles Pineda, su esposa; Felipe Flores Vázquez, su jefe de seguridad; César Nava González, subdirector de la policía de Cocula, y el Gil, cabecilla del grupo Guerreros Unidos.

Ante el clamor de los familiares y el impacto en la opinión pública internacional, se intensifican las búsquedas sistemáticas y comienzan a aparecer fosas comunes clandestinas (el 4 de octubre) con 28 cuerpos. El 14 de octubre, las pruebas de ADN demuestran que esos cuerpos no son de los normalistas, lo que no hace sino subrayar que el terror en Guerrero (cuna de la disidencia política de los 60 y los 70) es anterior a estos hechos.

En la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, se imparten tres carreras: educación primaria, educación primaria bilingüe y educación física. Los egresados aspiran a ser maestros rurales en comunidades marginadas del país. En cuanto uno franquea el portón negro que da la bienvenida a la normal de Ayotzinapa, adornado con un par de tortugas verdes (Ayotzinapa significa “lugar de tortugas”) y vigilado por una media docena de estudiantes se encuentra con lemas pintados en las paredes: “Si avanzo, sígueme. Si no avanzo, empújame. Si te traiciono, mátame. Si me matan, véngame”.

De sus aulas salieron Lucio Cabañas (líder estudiantil y jefe del grupo armado Partido de los Pobres) y Genaro Vázquez Rojas (fundador de la Asociación Cívica Guerrerense y la Central Campesina Independiente y simpatizante del Partido de los Pobres).

El titular de primera plana del Diario de Guerrero del 27 de septiembre de 2014 (que fue levantado del sitio de internet) declara: “Por fin se pone orden”. En el mismo pasquín inmundo, Salomón García Gálvez escribe en estos días: “La justa lucha –hasta ahí– que encabezan los estudiantes de la normal de Ayotzinapa, quienes exigen presentación con vida de sus 43 compañeros –desaparecidos– ya ha degenerado en el vandalismo, disturbios y saqueos a negocios”.

No sé si me hiela más la sangre el “hasta ahí” (¿dónde queda el “ahí” en un contexto de terror narcoestatal?), o el predicado de “degenerado” para una protesta que no es sino la respuesta a un poder corrupto y asesino.



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