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“Orden y progreso”

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No refunfuñen de entrada ante el título, mitad más o menos de los caros lectores. Una consigna válida para una época y un país puede seguir siendo válida para otra época del mismo país. Sólo que antes es preciso evaluar cómo es esa nueva época y en qué estado se encuentra ese país. El “orden” puede tener otros requisitos; el “progreso”, otro significado; y su orientación, otras necesidades.

El sentido de la consigna de Augusto Comte y su aplicación en la Argentina desde finales del siglo XIX se siguen discutiendo. Pero para lo que se intenta decir aquí, basta verificar que en casi todo el mundo era la marca de la época. El “lado negro” de ese proceso es irrefutable, como el de cualquier momento progresivo de la historia. Pero se instauró un tipo de orden y hubo progreso no sólo económico, sino político e institucional, desde la sanción de las leyes de matrimonio civil y educación laica, gratuita y obligatoria a principios de los 80, hasta la de sufragio universal de 1916.

La República era el marco institucional; “orden y progreso”, la consigna republicana, inscripta incluso en la bandera de Brasil. En versión chilena: “Por la razón o por la fuerza”. El ineluctable y liberal orden y progreso de aquellos tiempos. El transcurrir del siglo XX fue el tiempo del imperialismo liberal, que generó una Primera Guerra Mundial y una gran revolución que se pretendió comunista. Pero el corsé liberal empezó a estrecharse y en 1930 hubo una gran crisis económica; el nazismo, el fascismo y otra guerra mundial.

Luego, la explosión de felicidad capitalista de los “treinta años gloriosos” de crecimiento económico consecutivos a la segunda guerra. Este último tiempo fue el del esplendor republicano liberal y socialdemócrata en Escandinavia, Europa y demás países de desarrollo capitalista pleno.

En la Argentina y en otros países de la región, en cambio, se instaló el populismo “progresista”, el desorden republicano y un “progreso” distinto, aunque en términos sociales y, en algunos casos, real. Una suerte de gatopardismo lúcido que, apoyado en la bonanza económica de la época, rompía el corsé liberal y ganaba apoyo popular aplicando leyes solicitadas desde mucho antes por la izquierda.

El liberalismo y las izquierdas de la Argentina, desorientados, acabaron apoyándose en las fuerzas armadas, propiciando así el desorden republicano que decían combatir. El peronismo, que había surgido de la entraña militar al cabo de un golpe de Estado, tomó luego el mismo derrotero. Las fuerzas armadas, que al fin y al cabo son parte del cuerpo social, se consolidaron árbitros de la política.

En suma, el desorden populista se instauró como política y práctica social. En cuanto al “progreso”, desde 1945 duró cada vez lo que el dinero en caja, porque el populismo no es sólo desorden político e institucional, también económico. Incluso los reales progresos institucionales del peronismo, como la Constitución de 1949, acabaron en relativa letra muerta, en la medida en que se fue instaurando el irrespeto de la ley. Con lo que todo acabó en un desorden reaccionario y violento. Para verificar esto, basta enumerar la situación política y económica final de todos los gobiernos peronistas, desde 1952 hasta hoy.
Por su parte, las dictaduras militares, que en general empezaban “nacionalistas” y terminaban “liberales”, se encontraron todas con el corsé económico liberal, progresivamente agravado por el final de los “treinta años gloriosos” y el comienzo de la crisis mundial. Hasta la crisis de demencia política y militar de 1976-1983.

Así, en los últimos treinta años, desde que se recuperó la alternancia democrática, los partidos y sectores liberales y nacionalistas, con sus respectivos epígonos a izquierda y derecha, se han confundido en la administración y profundización de un desorden absoluto y sin perspectiva alguna de progreso. El repaso es innecesario. Basta asomarse al confuso intento actual de ordine nuovo del peronismo en funciones (http://www.perfil.com/elobservador/La-inquietante-deriva-K-20131228-0015.html), en un marco de seria crisis económica; evidente incompetencia y corrupción política e institucional, y desagregación social.

¿Qué representan entonces, en el marco de la Argentina actual, el “orden” y el “progreso”? ¿Cuál es prioritario? El desorden y el retroceso son evidentes. Y, una vez más, en lugar de avanzar hacia una síntesis positiva a la que cada uno podría aportar lo suyo, liberales, nacionalistas y respectivos epígonos no hacen más que atrincherarse en consignas y promesas. Ninguno da señales de tener siquiera un diagnóstico preciso de situación. Imaginemos el panorama más probable para 2015: una crisis económica y social agravada, o bajo relativo control, pero latente. Y el más deseable: elecciones normales y victoria de una propuesta de “país serio”; sin importar para el caso el color y la tendencia.

Si en este caso el nuevo gobierno quiere hacer algo para encarrilar las cosas, tendrá que poner un cierto orden. ¿Qué hará, por ejemplo, con el Estado? ¿Intentará administrar con ese instrumento elefantiásico, corrupto e incompetente, arriesgando un fracaso seguro? ¿O propiciará una auditoría, para taladrar luego las capas geológicas de “ñoquis”, amigos, amantes, parientes y espías; volviendo a los concursos y al mérito profesional? Las mismas preguntas podrían hacerse respecto de la Justicia, militares y policías; el sindicalismo, la educación y la salud; la corrupción empresarial y social; la delincuencia organizada.

Resulta claro que el requisito indispensable para la aplicación de cualquier modelo económico será la restitución de un mínimo de orden y eficiencia republicanas; la única oferta civilizatoria a la vista. Y suponiendo que eso se logre, ¿cuál será el camino económico del progreso? El “socialismo real” ha muerto de muerte natural. El capitalismo, ahora planetario, enfrenta una crisis estructural. Y aunque liberales y socialdemócratas vienen fracasando ante la crisis capitalista, resulta evidente que en la Argentina, como en todo el mundo, la carta de solución está en la manga del campo progresista. En particular del socialismo, el único en posesión de un aparato teórico alternativo (http://www.perfil.com/ediciones/columnistas/-20121-644-0012.html).

Pero el progresismo sigue sin dar señales de tomar nota, con lo que, sin una propuesta concreta y realizable, el desorden republicano no hará más que acentuarse. Los pujos de la extrema derecha en los países centrales son hoy la cara simétrica del incierto, tumultuoso y cada vez más violento desorden sin proyecto que vive la Argentina. Ocurre que no hay prioridades entre orden y progreso. Son sólo pasos, momentos, de un mismo y único concepto; el resultado de un buen diagnóstico previo y de un mismo y detallado programa entendido, aceptado y defendido por la mayoría de la población.



Carlos Gabetta