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Orgullosos por hacer lo correcto

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Los sorpresivos anuncios del miércoles de los presidentes Barack Obama y Raúl Castro le pusieron dramatismo a esta historia. Casi de inmediato, llegó la revelación de que dieciocho meses de conversaciones secretas, bajo la mediación de Francisco, habían precedido a las declaraciones. Había algunas pistas de que algo se estaba gestando. En diciembre pasado, en el funeral de Nelson Mandela en Sudáfrica, Obama y Castro se dieron la mano en el palco de honor, a la vista de las cámaras. En la respuesta internacional a la epidemia de Ebola en Africa occidental, Cuba y Estados Unidos se convirtieron en socios de facto en el terreno, y los generosos esfuerzos de Cuba en el envío de cientos de médicos generaron elogios de funcionarios estadounidenses, incluyendo a John Kerry y Samantha Power. En la conferencia “Cuba in Transition”, celebrada en la Universidad de Columbia en octubre, Peter Schechter, del Consejo del Atlántico, describió una encuesta que encontró que, por primera vez en medio siglo, la mayoría de los cubanoamericanos –la oposición política interna para poner fin al bloqueo– había cambiado de opinión. El “factor Florida” ya no tendrá de rehén a un postulante a la presidencia.

Era evidente desde hacía años que el embargo de Estados Unidos contra Cuba –promulgado en 1961, en el apogeo de la Guerra Fría, cuando John F. Kennedy era presidente y cuando Fidel Castro tenía unos treinta años– necesitaba ser desguazado. En la corta historia de los Estados Unidos, pocas malas decisiones han durado tanto como ésta. La Guerra Fría terminó hace casi un cuarto de siglo y Fidel Castro es ahora un jubilado endeble de 88. Los Estados Unidos han restaurado las relaciones con otros estados comunistas, incluyendo China y el ex enemigo de guerra Vietnam, y las mantuvo con el Kremlin, pero parecía incapaz de comportarse con madurez con su pequeño vecino cubano. Muy impopular entre los latinoamericanos, la postura hacia Cuba agravó enormemente la imagen generalizada de matón que tienen de los Estados Unidos.

El embargo, o el bloqueo, como los hermanos Castro lo han llamado siempre, ha sufrido muchas mutaciones durante los años. Después de un total aislamiento regional durante la década de 1960, incluida la Bahía de Cochinos y la crisis de los misiles, el embargo declinó durante la presidencia de Jimmy Carter, cuando las “secciones de intereses” diplomáticas fueron reabiertas en La Habana y Washington. En los años de Obama, la flexibilización del embargo cobró velocidad. Ahora van vuelos desde los EE.UU. a aeropuertos cubanos sin mucha fanfarria. Alimentos y medicamentos producidos en Estados Unidos se han puesto a disposición de la Isla. Mientras tanto, en los últimos tres años, Raúl Castro relajó algunas restricciones, permitiendo a los cubanos una mayor libertad para viajar y ser dueños de sus propios negocios.

Cuando visité La Habana el año pasado, parecía como si el deshielo de una cultura estaba en curso. Era evidente que la transición de Raúl sería más una versión cubana de aquello que hemos presenciado en China, Vietnam y otros Estados comunistas: una apertura económica, pero no necesariamente política.

Para los cubanos, este momento es una transformación histórica. Para los americanos, la paz con Cuba nos permite estar orgullosos por, finalmente, hacer lo correcto.

*Autor del libro “Che Guevara: Una vida revolucionaria”. Extraído de The New Yorker.



Jon Lee Anderson