COLUMNISTAS SOPAS


Orígenes del hambre

Hace un par de días, mientras viajaba en colectivo, me tocó escuchar el siguiente diálogo:
—Nos gobernaban unos chorros, unos chorros nos gobernaban…
—Ta bien, supongamos que Néstor era el pirata Morgan. ¿Y éstos qué? Estos son la banca Morgan, directamente. La herencia superadora del pirata original. Los primeros, piratas, los continuadores, banqueros, etc.

Larga resonancia tienen las palabras. Uno escucha, de pronto, “originaria” y piensa “orígenes”, y si no se le ocurre meditar sobre  Orígenes, el famoso Padre de la Iglesia que en un ataque de ascetismo se castró para rechazar la tentación carnal, piensa en el nacimiento de algo, o de todas las cosas. Siguiendo la conversación, primero me pregunté cuál era el origen del macrismo. Lo primero que recordé fue que había sido un invento del kirchnerismo, un rival fácil de derrotar. Luego, me acordé de algo del propio Orígenes. El decía que el mundo fue construido desde la eternidad, y eso se correspondía con la inmutabilidad y bondad de Dios, que por su propia naturaleza tiende a manifestarse y donar continuamente. Una especie de exuberancia seminal que por arte de compensaciones sólo podía concebir alguien que se privó voluntariamente de ese beneficio. Pero lo cierto es que nadie piensa a Dios como bondadoso e inmutable, sino más bien como caprichoso y censor, un padre terrible que por un par de pavadas que hacemos en esta tierra nos castiga con la eternidad del infierno. En ese punto, al macrismo le va divinamente en la pelea mediática por la posesión de la imagen de la divinidad impoluta, mal que le pesen algunos detalles acerca del Panamá Papers. Hoy por hoy, más allá de sus oportunas victimizaciones, el mundo K carga con la figura acusatoria de ser la legión del mal: piratas que sabían cómo robar pero no cómo guardar la plata y tuvieron que inventar a sus propios financistas y empresarios.

Pero volviendo al colectivo y al diálogo, de originario a Orígenes, salté al origen mismo: a la palabra “origen”, que de pronto me sonó, resonó en otra: “origami”. Es decir, el arte japonés de doblar el papel, dándole formas diversas, como esculturas. Y en ese plegado, doblado y alisado que da formas diversas al plano originario, se me presentó de golpe el escenario tan literal como literario de mi fascinación de siempre por lo oriental, y me pregunté por los motivos, pero la respuesta estaba en la pregunta, porque aquello ya se estaba abriendo en mi mente como un tintorero despliega sobre el mostrador las prendas que luego va a limpiar. El tintorero las apoya con cuidado sobre el mostrador, las va abriendo, buscando la mancha, y al hacerlo parece que, además de la prenda, estuviera descubriendo la historia de un cuerpo vivo, que hay que cuidar para que nazca de nuevo. Y éste es el escenario: cuando yo era un niño, al parecer, tenía problemas para alimentarme. No quería comer, o comía poco, caprichosamente. Mi madre probó todo: combinaciones inesperadas, el tenedor haciendo avioncito, etc. Pero los resultados, nulos. El recurso forzoso, entonces, fue llevarme al médico y el médico sentenció la aplicación de un remedio espartano: dejarme sin comer un día, al siguiente darme sólo una cucharadita de miel, al tercer día se sumaría una segunda cucharadita, y así, en esa progresión somera, o yo me desesperaría y al séptimo día aceptaría lo que me sirvieran o moriría de inanición.

Al tercer día de implementación de la fórmula, yo lloraba de hambre y rechazaba la cucharita. En eso cayó a casa mi abuela María y me acercó un plato lleno de sopa. Debía de ser vitina, o avena, era densa y largaba un perfume tentador. Y mi abuela trajo una cuchara y cuando la hundió en la sopa yo vi, en el fondo, una especie de dibujo, o un resplandor. Y me dio curiosidad y abrí la boca y mi abuela me sirvió una cucharada y empezó a contarme un cuento, que se iba duplicando en mi mente, con la expectativa de aquello que estaba apareciendo cucharada a cucharada en el fondo. Y comí, ávido por escuchar el cuento y deseoso de ver lo que había. Y cuando terminé la sopa vi que el plato era de porcelana china y había dos o tres figuritas de chinos conversando rígidos, con sus túnicas de colores, sobre un fondo de árboles floridos y una pagoda flotando en el aire de porcelana. Y eso calmó mi hambre y marcó para siempre mi amor por Oriente y el cuento oriental.

Lo que me pregunto ahora es qué cuento va a contar el Gobierno para el hambre que viene.



dguebel