COLUMNISTAS EL ECONOMISTA DE LA SEMANA

Otra confirmación del rumbo

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La renuncia de Juan Carlos Fábrega a la presidencia del Banco Central no resulta sorprendente. Los cortocircuitos entre el ahora ex presidente del BCRA y el ministro de Economía, Axel Kicillof, eran  más que conocidos y habían llevado a marchas y contramarchas en el manejo de la política económica en los pasados meses.
Gran parte de las disidencias se asociaban al rol de las tasas de interés: el primero abogaba por una suba para equilibrar los mercados monetario y cambiario pero el segundo rechazaba esta medida por considerar que agravaría la recesión. Obviamente, tras la dimisión de Fábrega, queda claro quién ganó esta contienda.
Mientras tanto, la designación de Alejandro Vanoli en reemplazo de Fábrega puede interpretarse como la decisión “menos mala”. Su titularidad al frente de la CNV lo posiciona como un técnico que conoce el sistema financiero. Sin embargo, esto podría ser en algún punto poco relevante. Es que, más allá de las diferencias que llevaron a la salida de Fábrega, el Banco Central no ha mostrado un manejo autónomo de la política monetaria y cambiaria desde su asunción. Como prueba, basta el hecho de que este año la tasa de inflación se ha sostenido bien por encima del 30% interanual, mientras que el financiamiento del déficit fiscal con emisión monetaria más que se duplicó en relación con 2013.
De todos modos, para entender cuál será el futuro de la política monetaria, y las implicancias en la evolución de la economía, es importante monitorear los primeros pasos que camine Vanoli en las próximas semanas. En particular, hay tres aspectos clave a los que habrá que estar atentos.
Primero, será fundamental observar qué hará con las tasas de interés y la absorción de pesos. Hay que tener en cuenta que en las próximas cuatro semanas vencen $ 33.300 millones de Lebac y Nobac, lo que deja poco margen para reducir la tasa de interés sin que esto se traduzca en una aceleración de la expansión monetaria.
Las primeras señales sobre la evolución del costo del dinero tendrán un impacto significativo y rápido en expectativas desancladas, con el efecto resultante sobre la brecha cambiaria y la inflación. En este sentido, según ha trascendido estos días, el BCRA podría cambiar su estrategia de absorción de pesos, restando participación a la emisión de letras y notas, y optar en cambio por una suba de los encajes bancarios.
En segundo lugar, resulta un interrogante qué se hará de ahora en más con el tipo de cambio oficial. Desde la óptica de la competitividad y la escasez de divisas, sería lógico acelerar la depreciación del peso, dado que las monedas de la región se están depreciando y la soja está en los niveles mínimos de cuatro años.
El principal reflejo de esto es la fuerte ampliación de la brecha entre el dólar oficial, el marginal y el dólar Bolsa, pero también el hecho de que el Gobierno se ve en la necesidad de reprimir cada vez más las importaciones para evitar que caigan más las reservas.
Sin embargo, en sentido contrario, devaluar sin un plan que involucre una corrección fiscal puede ser una solución de muy corto plazo, cuyo efecto real podría diluirse todavía más rápido que la depreciación de enero en el escenario actual.
En tercer y último término, el otro aspecto clave a monitorear será cómo actúe el flamante titular del BCRA sobre los mercados financieros. A priori, su designación parece apuntar a una mayor regulación, con foco en las operaciones legales, para hacerse de divisas (contado con liquidación y dólar Bolsa o MEP). Obviamente, si éste es el caso, las presiones sobre el mercado cambiario crecerán, reflejándose en una mayor brecha con el blue.
Pero más allá de lo que suceda en las próximas semanas, el cambio de autoridades del BCRA se puede leer como otra ratificación del rumbo elegido por el Gobierno, basado en atacar los efectos y no las causas de los desbalances, vía un mayor nivel de intervención en la economía.

Sin corrección. Lo anterior implica que se va diluyendo la posibilidad de que se materialice un escenario más positivo en 2015. En particular, no parece probable que se lleve a cabo una corrección sobre las tarifas y, por ende, sobre las cuentas fiscales, especialmente teniendo en cuenta la naturaleza electoral de 2015. De todos modos, por ahora es prudente pensar que, aunque obligadas por la coyuntura más que por convicción, las autoridades sellarán un acuerdo con los holdouts que permita salir del default en la primera parte del año próximo, evitando que una creciente restricción de divisas agudice aún más la recesión.
Bajo estos supuestos, la economía del año próximo sería muy similar a la de 2014, dominada por los desbalances macroeconómicos que ocasiona la política económica, aunque algo menos ajustada en materia externa. Esto se traduciría en un nivel de actividad que mantendría su signo negativo pero sin profundizarse, tasas de inflación similares a las de 2014 y un rojo fiscal que continuaría su sendero de deterioro de la mano de los crecientes subsidios energéticos.
Sin embargo, a la luz de los eventos recientes, no puede descartarse un contexto todavía menos favorable para 2015, escenario que continúa ganando probabilidad. Si el Gobierno no avanzara sobre ninguno de los dos frentes (holdouts y tarifas), la economía se encontraría el próximo año ahogada por la falta de dólares y el exceso de pesos, y las presiones sobre las reservas, el tipo de cambio, las tasas, la brecha cambiaria y la inflación seguirían en ascenso. Esto se traduciría en una actividad con signo todavía más negativo que el de 2014.
En resumen, el escenario para el año que se aproxima se irá configurando a partir de las señales que dé el Gobierno en los próximos meses sobre cómo conducirá la economía en lo que resta de su gestión. Así, habrá que estar atentos para leer entre líneas los movimientos que den las autoridades en el corto plazo

*Ex secretario de Industria de la Nación.



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