COLUMNISTAS LIBRETAS

Otra oscuridad

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Creo (digo creo para dármelas de discreta, pero la verdad es que estoy segura) que varios sábados atrás ya hablé de esto, pero bueno, si vamos a andar fijándonos en detalles no hacemos nada, así que metámosle para adelante nomás. A la noche me refiero, a eso, a la oscuridad en la que pasan tantas cosas, desde las películas de terror hasta los sueños de amor, que también pueden ser de terror pero que en general son de eternidad, firmeza, felicidad y varios etcéteras de parecido tenor o sentido. Las noches se acortan, querida señora, y eso es maravilloso porque quiere decir que los días se alargan. No entiendo cómo puede sobrevivir la gente en ciertas regiones de este planeta, allá en Escandinavia, por ejemplo. Fíjese en Wallander, que a fuerza de estar atento al viento racheado y a la nieve y a la lluvia y a las sombras ni comer bien puede, y cuando come un poco, un poquito de más, le da gastritis. Todo lo contrario de su colega Montalbano, que se zampa tres platos de salmonetes fritos regados con medio litro de un espeso vino tinto y unos dulces de rechupete que le dejó Adelina en la mesa de la cocina, y nada de gastritis: sólo un poco de modorra sentado en la piedra plana junto al mar.

Dígame la verdad, estimado señor: si estos dos tipos se van a la cama cada uno con su respectiva novia, ¿cuál de los dos lo pasa mejor, eh? Y, claro, el meridional. El otro nones: sumergido como está en el drama, los jugos amargos que le suben por el gañote, la sombra y el frío, todo se le hace cuesta arriba, y de la orilla del mar ni hablemos. Le confieso algo: cuando a una le da por escribir novelas (y, sí, hay gente con ese tipo de vicio) la noche puede venir en atuendo de Escandinavia o de Sicilia. Depende de cómo vaya saliendo la primera versión (de la que mi distinguida colega Liliana Heker dice que “es un mal necesario”).

Por eso hay que tener siempre a mano y sobre todo en la mesa de luz una libretita discreta casi insignificante, en la que invocar los salmonetes fritos, el sol devorador, la arena rubia y la piedra plana junto al mar.
Y el vino tinto.



Angélica Gorodischer