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La aparición de un nuevo número de una revista cultural o literaria es siempre una buena noticia. Dicho esto, semejante afirmación no deja de ser complicada y difícil de sostener.

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La aparición de un nuevo número de una revista cultural o literaria es siempre una buena noticia. Dicho esto, semejante afirmación no deja de ser complicada y difícil de sostener. ¿Es lo mismo una revista que otra? ¿No deberíamos valorar cada una en su singularidad, y alegrarnos sólo de la publicación de aquellas que nos interesa? La respuesta es sí. De hecho, algo así me ocurre en el mundo de los libros. Con muchos escritores siento que lo único que tengo en común es que firmamos con nuestro nombre un objeto compuesto por dos cartulinas duras (cada vez menos) que encierran un número limitado de hojas de papel más blando, llenas de palabras. Fuera de eso, no mucho más.

Pues entonces, congratularse por la aparición de nuevos números de revistas literarias, sostener que en sí su existencia, su persistencia, ya es un logro a rescatar, sería algo así como festejar su permanencia en un parque jurásico, una reserva ecológica, una probeta que protege a los animales en extinción. Es cierto. Pero (ah, humana contradicción) no puedo negar que me alegra que todavía haya revistas culturales. Acaba de aparecer el nº 78 del Diario de Poesía, revista que cumplió 20 años hace poco, y debo confesar que ese mero hecho ya me pone de buen humor. Diario de Poesía marca un hito cultural y literario del que, a veces, no tenemos registro. Si me permiten, quisiera contar ahora una breve anécdota ilustrativa. Hace dos años viajé a La Habana a participar en la Feria del Libro, ya que Argentina era el país invitado de honor. También viajó Daniel Samoilovich, director de la revista (y también poeta). Apenas si nos conocíamos, sin embargo estuve bastante con él, participamos juntos en alguna mesa redonda, y he visto cómo lo trataban muchos poetas cubanos: para ellos el Diario era una revista mítica, una publicación que leían con un interés increíble, de la que sabían mucho, muchísimo. Era tanto el entusiasmo, que por momentos Samoilovich parecía Mick Jagger (no me animo a decir que el Diario tenía fans, pero casi). Y lo mismo ocurre en casi toda América Latina.

Debo decir también que yo, que nunca escribí una línea de poesía (toda mi colaboración con el Diario fue publicar una vez una traducción de Raymond Roussel), escuché muchas veces de poetas, a lo largo del tiempo, toda clase de ironías y críticas sobre la revista. En parte pueden ser certeras: en estos 20 años han publicado muchos malos poetas, han entrevistado poetas que no tenían demasiado para decir, se han enamorado de poetas jóvenes que no sólo dejaron de ser jóvenes sino que el tiempo demostró que tampoco eran poetas, han defendido al objetivismo más que lo que el propio objetivismo podía soportar. Pero eso es lo de menos. A esta altura, apenas si son detalles. Porque si el Diario de Poesía hubiera aparecido en México, sería una revista de culto entre nosotros. Y esos poetas quejosos (y yo mismo) recorrerían las librerías de viejo porteñas a la búsqueda de esa gran revista inhallable.

Porque lo cierto es lo siguiente: en estos más de 20 años, descubrí decenas de buenos poetas en el Diario de Poesía, leí cientos y cientos de grandes poemas en sus páginas y, sin ir más lejos, recuerdo casi de memoria más de uno de sus dossiers, por lo general impecablemente producidos, llenos de información y de textos notables. Así, al pasar, podría mencionar los de Asbhery, Virgilio Piñera o Wilcock. Sumado, además, al cuidado de sus traducciones, muchas veces a cargo –entre otros– de Mirta Rosenberg y el propio Samoilovich, a los que se les sumaron últimamente nombres como la excelente poeta española Mercedes Cebrián, y el siempre erudito Matías Serra Bradford. Volviendo al número que acaba de aparecer, incluye un dossier sobre poesía y música. En la página 2 hay un llamado. Dice: “El número 79 aparece en noviembre de 2009”. Somos muchos los que lo esperamos con alegría.



Damián Tabarovsky