COLUMNISTAS MODIFICACIONES


Otro mundo

Me pregunto adónde habrá ido a parar ese mundo, en qué limbo brillará, qué música lo acunará, qué brisas lo recorrerán y qué voces sonarán en sus esquinas y parques. Yo lo conocí, yo lo viví y tengo de él el más bello de los recuerdos. Lo extraño, vamos; me gustaría que volviera, querría que nunca se hubiera ido. Vanas fantasías  dirá usted, estimado señor,  y tendrá razón: la vida cambia y cambia el escenario de cada vida y cambia el mundo y nada podemos hacer como no sea organizar revoluciones, cosa que no me interesa o resignarme que tampoco me interesa pero es más fácil y está más a mano. Y además tengo las palabras, el gran don de los dioses (y más probablemente de las diosas) y decir todo esto es una de las cosas más importantes que nos han sucedido desde que corríamos por la sabana huyendo o persiguiendo. En ese mundo, aquel, el añorado, yo  tuve permiso de salir sola a la calle cuando cumplí doce años. Ibamos solas a la escuela, a pie o en tranvía diez centavos de ida diez centavos de vuelta aunque a veces un padre llegaba con el auto a buscarnos a la salida. Era fácil, normal y hasta divertido a veces, ir a la otra cuadra a la peluquería de José a cortarnos el pelo con o sin flequillo, o ir a la vuelta a la Librería Inglesa, Santa Fe casi llegando a Sarmiento, a comprar postales o papel de cartas o una goma de borrar lápiz de un lado tinta del otro. La recomendación de la madre era “cuidado al cruzar mirá para los dos lados y no bajes de la vereda si viene un auto”. La recomendación del padre era “si tenés algún problema recurrí al vigilante de la esquina”. Había un policía en cada cruce de calles y todos eran confiables. A partir de esos doce años cruciales llevábamos cartera colgando del hombro y en esa cartera había un par de pesos, un peine y un lápiz de labios Tangee natural.  Y algo importantísimo que hay que consignar, que debe ser repetido y saboreado: no teníamos miedo. No había de qué tener miedo. Pero cuidado, no estoy diciendo que todo era como una sucursal del paraíso, no, de ninguna manera. Las cosas, el todo, era tan fulero y tan estupendo como hoy. Sólo que distinto, diferente y a veces hasta opuesto. Sucedían cosas espantosas y nuestras madres y nuestros padres, los que nos daban recomendaciones antes de que saliéramos, trataban de que no nos enteráramos: eso pertenecía a las secciones policiales de los diarios y nosotras éramos de las secciones sociales y espectáculos y también avisos ilustrados de Gath & Chaves  y de Casa Tow. Nos enterábamos, de todos modos, y comentábamos en los recreos o en las clases de ejercicios físicos que venían a ser de gimnasia. Pero bueno, sabemos que es imposible que aquel mundo vuelva pero… ¿y si modificáramos este en el que vivimos ahora y lo acercáramos a aquel en el que vivíamos entonces?

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