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Cogoteando a Dido

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Si se canta el Lamento de Dido tengo que estar ahí. Es una premisa un poco tácita que no puedo explicar de ninguna manera. La única ópera de Henry Purcell, Dido y Eneas, un poco antes de que la ópera se inventara, se me antoja como el mejor ejemplo de composición “embudo”, un desarrollo espiralado de emociones varias (incluido el embole) que confluyen inevitablemente en el Lamento de Dido, tal vez la mejor combinación de sonidos que la humanidad haya podido concebir. El tiempo todo se detiene allí. Me hiela la sangre pensar –siguiendo un mito popular– que después de esta creación la música británica se detuvo en un largo silencio de redonda que duró más de doscientos años. Dido y Eneas data de 1682, cuando la música aún ni era clásica, y hasta la llegada de Benjamin Britten, que nació en 1913, Inglaterra no volvió a dar ningún nombre significativo.
La versión que ofreció el Colón es la ya también mítica reposición de Sasha Waltz, estrenada en 2005. Sasha borra los límites, hibridiza, y sépase que es éste un verbo que sólo se les permite en Europa a los coreógrafos. Transforma la ópera en ballet: los cuerpos duran lo mismo que la música. A la distancia en la que estoy no veo dónde está el coro hasta que me doy cuenta de que los mismos que bailan están cantando. En esta ilusión, los bailarines cantan, los coreutas bailan, los solistas se desvisten, todos los cuerpos se muestran por igual, sin preferencias, sin rubros, como humanos. Claro que el Colón, con su estructura de obra vieja y macabra, con su maldad de terciopelo, en vez de unir, de integrar, divide en clases y en accesos: la entrada cuesta más de $ 3.500 y las únicas que consigo más baratas, de $ 635, me dejan ver sólo la mitad derecha del escenario. La proporción de entradas populares es asimétrica a la división de clases en el neoliberalismo. El bravo Eneas es –a la distancia– igual a Mike Amigorena, y la mitad de lo que pasa en la cueva de las brujas lo deduzco por insinuación, por fuerza del deseo y de la duda. Es un desastre que la ópera sea tan cara en la Argentina. Sólo reconfirma aquí su mala fama de arte para la elite, para el que pueda pagarlo.
Pero sólo quería exponer lo de la obra embudo, donde los ingenuos recitativos, los claroscuros contrapuntos, las argucias de las tiorbas, la persistencia temática del tozudo orgullo, la sencillez del argumento (perdidas ya las referencias coyunturales a la Inglaterra de Purcell y de su libretista, Nahum Tate), todo se me antoja un tren que avanza en una única dirección: el aria final, que Sasha presenta –luego de toda la artillería y la pecera humana– de una manera despojada y fantasmal, con aires minimales de cine de terror japonés, le otorga a toda la ópera un halo filosófico. Si la filosofía es una preparación para la muerte, la música de Dido y Eneas es una preparación para el final. Para el final de muchas cosas.

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