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Otros purgatorios

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El avión estaba en el fondo del océano. A los familiares de las víctimas que no estaban en la conferencia el anuncio les llegó por SMS. Un navajazo en la mano. La dimensión de la noticia de Malaysia Airlines era ya demasiado grande para acabar así, sin la espectacularidad que merecen las mil hipótesis de ficciones paralelas.
Hacen bien los chinos en no creerles a las autoridades malayas, o malasias. Y es que hay un fuerte antecedente y se llama Lost. El avión de esta ficción armada para el mundo entero (la televisión) cae en las mismas aguas que el vuelo MH370 y encuentra en esa isla improbable que burla al tiempo y a la física un regordete purgatorio. También en Lost las explicaciones iban cobrando formas demenciales. El vuelo de Malaysia recién comienza. Es demasiado parecido para creer en investigaciones y satélites. Que se quedó sin combustible. Que llevaba peligrosísima carga de baterías de litio, que como todo el mundo sabe, descuajan al tiempo y hacen curvas las líneas rectas. Que se desvío de su curso. Que había dos pasajeros iraníes con pasaportes robados. Que el piloto se quería suicidar y que no encontró mejor manera. Es como Lost: para que haya relato tiene que haber tantas zonas oscuras como luminosas y sostener simultáneamente hipótesis opuestas.

Lo cierto es que no sabemos nada de Malasia. Sabemos –eso sí– que hay mucha confusión con el gentilicio. Hemos dicho “malayo” toda la vida y estaba un poco mal: malayo es el idioma. Y también la etnia. Pero la nacionalidad es “malasio”. Para colmo, el mapa de Malasia es esquivo y tiene una parte continental y otra insular. Para los continentales, el diccionario sugiere “malaisio”, y para los que viven en la isla dividida a medias con Indonesia y con Brunei, “malasio”. Claro que en inglés todo se reduce a “Malaysian”. ¿A qué se debe la deferencia del castellano, que separa delicadamente a una etnia de una nacionalidad y a los insulares de los continentales? ¿Es políticamente correcto hablar de etnias? Es decir, ¿quiénes son malayos pero no malasios? ¿Los indonesios, los filipinos, los laosianos, los tailandeses, los de Brunei (a quienes ni sé cómo llamar)? ¿Los vietnamitas realmente se dirán a sí mismos “malayos”?
No es grave no saber. Pero siento el mismo repelús inocuo de cuando los españoles nos llaman bonaerenses a los porteños, desentendiéndose de los efectos de la Avenida General Paz o las bifurcaciones del castellano rioplatense, que sólo parece funcionar aquí y a veces.



Rafael Spregelburd