COLUMNISTAS BARRA

País Aníbal

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Ella hace un corte de manga, prende el ventilador, echa elogios a los “barras”, irrita los ojos y los oídos como si no supiera que la están enfocando las cámaras en cadena nacional, y encima nombra de jefe de su hinchada a un tipo que todo el tiempo te provoca. ¿Alguna queja? ¡No se escucha! ¡Sos cagón / sos cagón! No hay visitantes, no hay oposición.
La biografía política de ese “barra” explica gran parte de la desgracia y la imposibilidad de millones para disfrutar en paz y dignamente del maravilloso juego de vivir. En 1994, acusado de un delito grave de malversación de fondos, un juez lo consideró “prófugo de la Justicia” y ordenó detenerlo. Entonces, era intendente de Quilmes. Ahora es el jefe de Gabinete de la Nación y se permite, impúdico, denigrar a un juez de la Corte Suprema.
Tiene, como los Kirchner, un patrimonio millonario, aunque no se le conocen otros trabajos aparte de los empleos públicos pagados con dinero de los ciudadanos. Cada día, rodeado de guardaespaldas, sin vergüenza, sin límites, hace restallar el látigo de su lengua y les sacude “estúpidos”, “imbéciles’, “tarados”, “idiotas” a quienes hacen o insinúan alguna observación contraria a sus vínculos o intereses.
Ese tipo, después de ser intendente con Menem, secretario de Gobierno con Duhalde y ministro de Trabajo con Ruckauf en la provincia de Buenos Aires, fue designado –por Duhalde y los Kirchner–, secretario general de la Presidencia de la Nación, ministro de la Producción, ministro del Interior, ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos y jefe de Gabinete en reemplazo de Sergio Massa. También entró al Congreso, oculto en el baúl de las listas sábana, como diputado y senador.
En diciembre de 2014, lo nombraron otra vez secretario general de la Presidencia y, el pasado 26 de febrero de 2015, nuevamente jefe de Gabinete. En las fotos se lo ve con todos los “ismos” del peronismo. Fue un sincero y confeso “menemista”, “ruckaufista”, “duhaldista”, “saadista”, “kirchnerista”, “cristinista”, y será un “sciolista” devoto. De voto siempre ajeno.
Bajo el paraguas del “peronismo”, la permanencia en la imagen junto a los capos es una virtud del “vivo” que “arregla” con todos. La constante en la traición se valora como una de las formas de la lealtad. La sencilla suma de diez años de “menemismo”, más doce de “kirchnerismo” y unos meses que conspiró desde la provincia contra el gobierno de la Alianza, da unos veintidós años de “anibalismo”.
Sin consumir las sospechas por el tráfico de efedrina, sólo por acción o por omisión en los altos cargos comprobados que ocupó, tuvo y tiene responsabilidad política con lo que pasó y pasa. La desocupación, la pobreza, la muerte de los pibes desnutridos, la violencia de género, la que él llamó “sensación” de inseguridad, el crecimiento exponencial del narcotráfico y la corrupción impune. No se sabe que se haya disculpado o pedido perdón por la parte que le toca. Tal vez, según su relato, “la patria” le debe algo más de todo lo que ya se llevó.
En este punto cabe aclarar que no estamos hablando de Aníbal Fernández. Es decir: este tipo, de cuya trayectoria se hace sólo un repaso breve sin entrar en detalles como el del “baúl del auto”, es, sí, Aníbal Fernández, también presidente del club Quilmes y sus “muchachos”. El nombre remite a la persona, pero no se trata de él. Se trata de nosotros.
Ese tipo ahí, hablando cada día, nos rebaja y revela el grado de humillación al que hemos llegado. Ese tipo soez, vulgar, que insulta y maltrata a un juez, a la madre de Nisman, a cualquiera que no cante sus cantitos o aplauda sus “zonceras”, es el jefe de este “país Aníbal” y nosotros, la mayoría de boludos silenciosos, los visitantes ausentes del juego, “la gilada”, sus rehenes.
Unos auténticos cagones que se resignan y callan.

*Periodista.



Carlos Ares