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País Noel

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Felices fiestas”,  “Merry Christmas”, “Feliz Navidad y próspero...”,  “Happy new year”. Llegan tarjetas, ofertas, tres pollos por dos, lechón barato, precios de regalo que trae Papá Noel. El algodón en las vidrieras simula nieve y los discursos del poder reclaman “buena onda”.

¿Qué hacer con la melancolía cuando te venden, te imponen, la obligación de ser “feliz” en fechas determinadas? Claro está, hablo de los que sienten en estas ocasiones algún tipo de eso que te deja sombrío, sin explicación, sin forma y sin fondo. Bienaventurados los otros, los naturalmente felices por las cenas familiares, los reencuentros y el intercambio de regalos.

El problema de los que no pueden disimular la melancolía en la sonrisa levemente forzada es, quizá, el hecho de que no sean éstos los días indicados para pensar demasiado sino para sentir. Pero, a la vez, ¿qué hacer con lo que se siente, con lo que está ahí? Un recuerdo, un deseo, algo, alguien, ese poso, ese resto que se asienta en el pecho y, aun leve, pesa.

Los ojos se vuelven hacia adentro y nos miramos, nos revisamos, con cierto asombro. ¿Qué ha pasado, qué hemos hecho? Sin motivo, sin sentido, sin saber desde dónde ni por qué nos llegan preguntas para las que no tenemos demasiadas respuestas. Será el brindis, será el alcohol, los hijos, los amigos, pero ahí estamos, pensando, qué soñamos, qué queríamos, qué  logramos, qué olvidamos, quiénes somos en definitiva y qué deseos siguen ahí, esperando por nosotros.

Tal vez, y sólo tal vez, a modo de intento, podría arriesgarse que en una de esas resulta que miramos siempre hacia el lugar equivocado. Que no es el yo sino el nosotros el problema. Que el origen melanco no está adentro sino afuera, en el barrio, la ciudad, el país. En lo que se ve. Primero porque pertenecemos a él, somos parte, no hay forma de separarnos de la realidad. Nos constituye.

Estamos hechos a imagen y semejanza del tiempo que nos toca.  Somos, en conjunto, ese “país Noel” al que llegaron nuestros abuelos, en el que se desloman y laburan nuestros viejos, eternamente prometido, que nunca pasa, que no llega, no trae, no se lleva, y resulta ser un gordo inflado, disfrazado, una mentira, un cuento que se desmorona en las villas, en Cromañón, en Once, en cada muerto en vida.

Una desilusión constante que se carga al gordo “país Noel” sobre la espalda y se lo traspasa de generación en generación como una mochila cuando ya no se da más. Mientras alrededor cantan “jingelbeles”, villancicos y resuenan campanitas agitadas por tipos siniestros que son los únicos que de verdad festejan sin que nada, ninguno de sus crímenes, les remuerda la conciencia.

Arrancá desde que tenés memoria y hace tu propia “playlist” de hits. Desde los 70, si querés. Isabel, López Rega, la Triple A, los montos, Videla. Bailá con los éxitos de los 80. Seineldín, Rico, las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Y cerrá la noche recordando a las bandas de los 90, Menem, Manzano, los Kirchner, los Yoma, Cavalieri, Spadone,  Duhalde, los Juárez, los Insfrán, y las actuales, los Kirchner, los Recalde, los Fernández, los señores feudales.

El festival sigue con La Cámpora. Se suceden las bandas en el concierto de fracasos más largo del mundo. Los años se hacen noche y seguimos rebotando unos contra otros en un fenomenal pogo que nos deja heridos, golpeados, brutalmente aplastados bajo la miseria y el maltrato de unos contra otros. ¿Cómo durar sin un toque, sin pasta, sin algo que ayude? ¿Se entiende por qué hay cada vez más clientes para los narcos? Y más adictos al poder.

Por mi parte, me ayudo con algunas canciones. Estos días caminaba murmurando la letra de un viejo tema de Silvio Rodríguez: “Si me dijeras/ pide un deseo... preferiría un rabo de nube/ un torbellino en el suelo/ y una gran ira que sube/ un barredor de tristezas/ un aguacero en venganza/ que se llevara...”

Si me preguntaras, te deseo esa ira. Ese rabo de nube. Un aguacero de justicia. Un barredor de melancolías.

*Periodista.



Carlos Ares