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Pañuelos negros

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En las imágenes de los videos donde se cuenta la plata que se roban, no se ven mujeres. En mis recuerdos de los criminales de la Triple A y de la dictadura, no aparecen mujeres. En general, no hay mujeres responsables de graves violaciones a los derechos humanos, delitos de lesa humanidad, grandes afanos, o crímenes vinculados al ejercicio de algún poder. Por ahí, cae alguna María Julia Alsogaray, le encuentran la bolsa a una Felisa Miceli, te asusta una Diana Conti, o se descontrola una Hebe de Bonafini, pero en la mayoría de los casos sólo resultan cómplices. El maltrato y la violencia se ensañan particularmente con las mujeres.

El sistema establecido de poder es encubierto y legitimado por credos o confesiones de fe en un supuesto orden divino. Las mujeres no pueden ser papas, cardenales, sacerdotisas, ni alcanzar ninguna jerarquía para ejercer un magisterio espiritual. Las religiones las rebajan a la categoría de brujas, arpías, videntes o monjas aptas para todo servicio. Sólo una lucha continua por la igualdad de derechos les ha permitido ser y estar donde les corresponde.

En las fotos de aquellos años bajo la dictadura que pasó con un abrir y cerrar de ojos por la pantalla iluminada de mi memoria, veo mujeres flacas, regordetas otras, erguidas, encorvadas, sin o con anteojos, zapatos de taco bajo, polleras amplias, oscuras, llevan carteras colgando de los brazos entrelazados, están quietas, pero parecen caminar en círculos alrededor de la pirámide en la Plaza de Mayo. Están tocadas con pañuelos blancos que les envuelven la cabeza y que atan en el cuello. Debajo de los pañuelos asoman rulos de pelo de color ceniza, ocre o marrón oscuro. Todas ellas, lo sean o no, se dicen Madres, se sienten Madres, se saben Madres.

En los primeros planos se ven los ojos húmedos, las bocas abiertas, casi que se escucha lo que gritan. Hay mujeres más jóvenes, niñas, puños en alto, amenazantes, policías impasibles, palomas en vuelo, un sol que calcina, paraguas, una lluvia que inunda hasta los tobillos, bufandas, abrigos, un frío que sobrecoge, una ronda constante, continua, y una gota de sangre que cae y rebota y vuelve a caer. Y en cada foto una gota de sangre detenida a mitad de camino.

Extraño juego de sombras. Al amparo de la luz en la pantalla se revelan imágenes más recientes. Lentamente se van definiendo perfiles de otras mujeres en copias de blanco sobre negro. Asoman muy atrás y muy lejos, como si llegaran desde extramuros o estuvieran atravesando una cordillera de burocracia y desprecio. Son siempre unas pocas al comienzo, luego aparecen más y más. El rumor de voces anuncia y precipita la riada, el alud de piedra y aullidos que se propone arrasar con todo a su paso. Más Madres, otras Madres, multitud de Madres. Tienen a sus hijos tomados por el “paco”, por el alcohol, o sometidos al servicio de proxenetas o de narcos. Se reconocen entre sí sencillamente por el dolor de la muerte, de la pérdida, de la ausencia. Se llaman Madres del Dolor.

Ahora se las ve claramente. Se notan los ojos húmedos, las bocas abiertas, la indignación, casi que se escucha lo que gritan. Hay mujeres más jóvenes, casi niñas, puños en alto, amenazantes, policías impasibles, palomas en vuelo, un sol que abrasa, paraguas, una lluvia que inunda hasta los tobillos, bufandas, abrigos, un frío que sobrecoge, una ronda constante, continua, y una gota de sangre que cae y rebota y vuelve a caer. En cada foto una gota de sangre detenida a mitad de camino.

¿Son ellas? ¿Será posible? No, no. La ropa, la ciudad, son distintas. Son otras las caras de las víctimas en los carteles. “La corrupción mata”, se lee en uno que salta a la vista. En Once, en Cromañón, por desnutrición, por tragedias que pudieron evitarse si no se robaban todo. Son otras, sí. Y otros los nombres de los asesinos. El pañuelo es negro. El dolor infinito. Sólo el reclamo, incesante y atronador, es el mismo:  “juicio y castigo”.

Periodista.



Carlos Ares