COLUMNISTAS DEFENSOR DE LOS LECTORES

Para aprender de los errores

Primera errata: el lector Hernán Sotullo describió con precisión (ver página anterior) el error en el que incurrió Jaime Duran Barba al señalar en su texto del domingo 18 (“Todo tiempo pasado fue peor”) que el presidente argentino Manuel Quintana fue asesinado durante su mandato cuando en verdad murió enfermo.

ARLT. Un lector aclara y el escritor sigue enseñando.
ARLT. Un lector aclara y el escritor sigue enseñando. Foto:cedoc

Primera errata: el lector Hernán Sotullo describió con precisión (ver página anterior) el error en el que incurrió Jaime Duran Barba al señalar en su texto del domingo 18 (“Todo tiempo pasado fue peor”) que el presidente argentino Manuel Quintana fue asesinado durante su mandato cuando en verdad murió enfermo. Es interesante cómo complementa su carta con datos precisos acerca del motivo del deceso de Quintana y por qué y cómo había salvado su vida en un frustrado atentado anarquista. Duran Barba también se dio cuenta de su equivocación y envió el siguiente descargo: “En mi columna del último fin de semana cometí un error cuando mencioné al presidente argentino Manuel Quintana entre los mandatarios que fueron asesinados a principios del siglo pasado. Escribí el artículo a bordo de un avión; en el mismo vuelo estaba estudiando una encuesta acerca de la crisis del sistema político mexicano que tenía validez en el estado de Quintana Roo y probablemente por allí vino la confusión. No tengo en mi mente las biografías de todos los presidentes de América Latina, no conocía la biografía de Quintana, suelo escribir sobre personajes a los que he estudiado, como son los otros mencionados en el artículo. De todas maneras, quisiera pedir disculpas por este error”.

Este ombudsman quiere formular una aclaración conceptual a la afirmación del lector Sotullo según la cual fueron dos los presidentes asesinados en la historia argentina,  tiempo después de su gestión. Es correcto cuando caracteriza como tal a Justo José de Urquiza: fue el primer presidente. No lo es al equipararlo con Pedro Eugenio Aramburu, militar que accedió al máximo cargo administrativo y político del país en 1955 pero no por imperio de la Constitución, sino de un golpe cívico-militar que derrocó al presidente legítimo Juan Domingo Perón. Obviando la primera acepción de la Real Academia Española para la palabra “dictadura” (que es más terminante y dura) cabe emplear –para Aramburu como para otros jefes de gobierno surgidos de golpes– la segunda acepción: “En la antigüedad romana, magistratura extraordinaria ejercida temporalmente con poderes excepcionales”.


Segunda errata. Alfredo Renzis parece mantener la sana costumbre de dirigir correspondencia a la manera tradicional (aunque, hoy, lo tradicional va siendo –cada vez más– el empleo de medios digitales para comunicarse). En carta papel (ver página anterior), Renzis aclara lo que no fue error pero sí omisión en el calendario ilustrado por Pablo Temes (debo decir –a tout signeur, tout l’honneur–que coincido con los lectores en la excelencia de esa entrega gratuita, un regalo de alta calidad), al no aclarar de qué diario trataba la mención de la labor en medios cotidianos del formidable Roberto Arlt. Es correcto lo que indica el lector: el escritor pasó primero por Crítica y más tarde por El Mundo, dos diarios que hicieron historia en el periodismo gráfico argentino. Pero su primer acercamiento al oficio fue antes, en 1925, cuando se inició como columnista en el semanario Don Goyo, que dirigiera Conrado Nalé Roxlo. Fueron 13 meses, y los pesos que ganaba le facilitaron finalizar su primera novela, El juguete rabioso, publicada en noviembre de 1926. El director de Crítica, Natalio Botana, veía en los impetuosos, provocadores, estupendos escritores de esa generación una mano de obra capaz de transformar la ascética escritura periodística de la época e incorporó a varios de ellos, Arlt incluido. Ya instalado en El Mundo, dos años después, el autor dedicó una de sus “Aguafuertes porteñas” a rescatar sus tiempos de Crítica: “Trabajaba yo de cronista policial de un diario de la tarde. Era uno de los cuatro encargados de la nota carnicera y truculenta. Crimen, fractura, robo, violación, venganza, incendio, estafa, y hurto que se cometía, y allí estaba yo. Incluso estaba obligado a hacer un drama de un simple e inocuo choque de colectivos. ¡A lo que obliga a uno la necesidad del puchero!”.

En su Aguafuerte “Para ser periodista”, Arlt resumió: “El buen periodista es un elemento escaso en nuestro país, porque para ser un buen periodista es necesario ser buen escritor”. Párrafos más arriba, había sido cruel, mordaz, certero y hasta brutal. Vale la pena recordar aquel texto, porque está vigente también para estos tiempos en los que la profesión muestra demasiados vicios, muchos de ellos incurables. Escribía el autor de Los siete locos: “… me refiero a las condiciones que se necesitan para improvisarse un mal periodista como los que abundan, por desgracia, en nuestro país. 1ª condición: ser un perfecto desvergonzado. 2ª condición: saber apenas leer y escribir. 3ª condición: una audacia a toda prueba y una incompetencia asombrosa. Eso le permite ocuparse de cualquier asunto, aunque no lo conozca ni por las tapas”.

No conozco en PERFIL a nadie así.

Pero en otros medios, cualquier semejanza…