COLUMNISTAS DISCURSO PRESIDENCIAL I

Para los historiadores

CFK parece más preocupada por el bronce que por los problemas de hoy. Lo que dice y lo que no.

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Foto:Dibujo: Diego Temes

Ayer a la madrugada, mientras el Congreso Nacional se vestía de gala para recibir a la presidenta de la Nación en la inauguración del año legislativo, a sólo cincuenta cuadras de allí, el miedo invadía las calles del apacible barrio de Saavedra. Un confuso episodio policial habría desatado la furia de un grupo de vecinos que habita la villa que crece a espaldas de un lujoso shopping. En pocos minutos, las llamas, la locura y la ausencia del Estado convirtieron la zona en una pequeña Sarajevo. Los atacantes arrasaron con todo lo que encontraron en su camino. Hubo cuarenta autos quemados y numerosas viviendas destrozadas. Esa Argentina, la de la fractura social, la marginación, la inseguridad y el atraso, no figuró sin embargo en el discurso presidencial. En tono onírico, la jefa del Estado prefirió nuevamente dedicarse a arengar a su propia tropa exaltando las maravillas de su país de ensueños.

El kirchnerismo es voluntad en estado puro. Si le va bien, es mérito de su sabiduría. Si le va mal, es responsabilidad de sus detractores. Hay una épica para el triunfo y una épica para el fracaso. En ambas gana el relato. Esta curiosa manera de mirar los acontecimientos, ajena a la autorreflexión, ciega y sorda ante las críticas, sólo puede ser consumida por aquellos que, imbuidos de fanatismo, no quieren ver la realidad sino domesticarla. Cuando el país creció a tasas chinas, ¿quién produjo el milagro? El modelo, por supuesto. La sola mención a los vientos favorables que inundaron durante esta década a los países emergentes producía en los soldados de la ortodoxia oficial un profundo malestar. Ahora, cuando las cuentas crujen por donde se las observe y hay olor a final de fiesta, los culpables son los especuladores, el capital concentrado y hasta los consumidores beneficiados por los generosos subsidios que el Gobierno dilapidó entre sectores medios y ricos de la población a cambio de votos y aclamación. De nada sirvieron las advertencias que, tanto los organismos internacionales como diversos expertos del país hicieron en tiempo y forma. Roberto Lavagna, primer ministro de Economía de Néstor Kirchner, dijo en reiteradas oportunidades que los subsidios debían irse limitando paulatinamente cuando la economía pasaba por su mejor momento. ¿Qué hicieron, en cambio, los magos de las finanzas oficiales? Esperar a que la olla estuviera seca. Ahora, el niño bien que conduce el Ministerio de Economía amenaza a los consumidores de servicios públicos con sincerar las tarifas sin anestesia. “No  quiero verlos salir a protestar cuando paguen lo que corresponda”, retó a los usuarios esta semana el ex integrante de la agrupación universitaria Tontos pero No Tanto (TNT), Axel Kicillof, en diálogo con Víctor Hugo Morales. Desde hace varios años, los ex secretarios de Energía de casi todos los gobiernos de la democracia –reunidos en una inusual amalgama multipartidaria que propicia políticas de Estado– vienen alertando sobre la fatal crisis que se estaba incubando por falta de inversiones y la ausencia de políticas acertadas en el sector.

Hicieron propuestas y golpearon las puertas del Palacio. ¿Cómo reaccionó el Gobierno? No hace falta más que recordar los penosos días de diciembre pasado, cuando buena parte del país se quedó sin luz, para comprender que la soberbia no genera buena energía. En 2014, los expertos estiman que el déficit energético podría rondar los 7 mil millones de dólares. Tampoco es necesario leer el New York Times, The Economist o Le Monde –por citar sólo algunos de los medios más importantes del mundo que se ocuparon en estos días de la Argentina– para entender que ese desequilibrio en recursos básicos (luz, gas, combustibles) se deberá afrontar con reservas, emisión monetaria o deuda. Es decir, con más inflación y, por ende, más pobreza.

Pasamos un verano apocalíptico en el cual, a la falta de luz en las principales ciudades del país, se le sumó una huelga policial y una ola de saqueos que dejó trece muertos y una sociedad aterrorizada por ausencia de Estado y de gobierno. Salvo las chicanas cruzadas entre funcionarios nacionales de segunda línea y algunos gobernadores que no comulgan con el modelo, el poder central se declaró ausente de responsabilidad. En un país que ama la necrofilia y los homenajes post mórtem, ni siquiera se declaró duelo nacional por las víctimas de semejante nivel de desprotección. Con el fin de la temporada estival, se cerró también la memoria del incendio. Ya nadie habla de aquellos fuegos. Así se cierran, sin cerrarse, los graves temas que sedimentan la crisis argentina. Hasta que un nuevo chispazo vuelve a ponernos frente a frente con los dramas estructurales que los gobernantes se empeñan en ignorar.

Más que un discurso de apertura de sesiones parlamentarias, la Presidenta pareció indicar ayer cómo le gustaría ser recordada por los libros de Historia. En lugar de invitar a las otras fuerzas políticas a trabajar en común para superar los graves problemas que padece la economía argentina, optó nuevamente por ignorarlos. Nada dijo por ejemplo sobre la inflación, ahora que el termómetro oficial empezó a registrarla y en enero superó la marca del 3,7%. Tampoco mencionó la devaluación del 60% de la moneda producida por su gobierno en el último año y cómo piensa afrontar sus consecuencias. Ni cómo hará para recuperar el atraso en las tarifas de los servicios públicos que, en el caso del Area Metropolitana de Buenos Aires, arrastra un retraso promedio del 720%. Y salvo por el reto que volvió a dedicarles a los maestros, tampoco dio ninguna precisión sobre cómo contendrá la conflictividad social que, sin dudas, se agudizará a partir de marzo, cuando los gremios intenten preservar un salario corroído por la inflación creciente.

Cristina Fernández de Kirchner es una excelente oradora, y ayer volvió a demostrarlo. Hizo un discurso que muchos presidentes envidiarían como cierre de mandato. El problema es que ella debe gobernar la Argentina por 21 meses más.

*Periodista y editor.



Jorge Sigal