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Para que caretearla: las estrellas han sido pitos y banderas

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Sesenta y cuatro años han sido suficientes. Ya llegó el momento de lavar la afrenta. Y por mucho que hiera la memoria de Barbosa, Ademir, Friaça o Bigode, ilustres en su estrepitoso fracaso del 50, Brasil necesita demostrarse capaz de ganar el Mundial que está lejos de haber sabido organizar.

A propósito, ninguno de mis amigos que sabe de qué la va esta tierra, séptima potencia económica del planeta, duda de que la ineficiencia, las torpezas y las negligencias con las que te cruzás a la vuelta de cualquier esquina en las doce sedes del torneo tienen mucho menos que ver con la auténtica capacidad de su gente que con la desidia que provoca la insolente glotonería de la FIFA.

Se avisó hace rato que, pese a las manifestaciones que comenzaron seriamente hace un año y que hasta ayer seguían sacudiendo la modorra de al menos una decena de ciudades, el Mundial se iba a realizar sin mayores alteraciones. Lo que de ninguna manera quería decir que se esperase una organización aceptable. Aeropuertos en los que podés llegar a soportar hasta cuatro horas para pasar por Migraciones, estadios que se usaron sin la habilitación de los bomberos –el de Natal, de México-Camerún–, viajes interminables para llegar al Maracaná desde cualquier punto de Río de Janeiro y hasta un centro de prensa en el que tres jovencitos entusiastas se las rebuscan para servirles un café a miles de hombres de medios por día son sólo unas poquitas delicias de nuestra vida en tierra carioca. Pero el Mundial se juega tal como lo señala el calendario. Lo demás, poco importa en este universo de colores, pasión, euforia, tristeza, cracks y trampas. Con la Brazuca rodando, ni siquiera queda lugar para el desafortunado director de cámaras de la inclasificable ceremonia inaugural, quien fue despedido después de ponchar tarde la cámara que debía mostrar ese momento único e irrepetible, el del muchacho cuadripléjico que dio el puntapié inicial asistido por una estructura denominada exoesqueleto.

En línea con este constante estado de distracción que provoca un mundial de fútbol, los brasileños sobrevivieron al estreno convencidos de que el vergonzoso penal cobrado por Nishimura fue un episodio menor en una victoria que se les negó hasta quince minutos antes del final. Y creen que el gol mal anulado a los croatas con el resultado 2 a 1 y hasta la expulsión que pudo haber merecido Neymar en el primer tiempo es lo menos que se merece esta bendita tierra que parió a Toquinho, Vasconcelos y Tiradentes. Y a Claudia Leitte, claro.

Aun así, el comienzo del torneo me dejó la sensación de que vale la pena el esfuerzo. No porque haya habido grandes espectáculos –Holanda-España terminó siéndolo pero en modo soliloquio– sino, fundamentalmente, porque en los partidos que se llevan jugados han pasado cosas.

Goles, alguna idea, un puñado de nombres y un sinfín de fallos grotescos. Para quien por elección y obligación suele pasar muchas horas frente al televisor mirando partidos domésticos, sería muy ingrato pedirle tanto más a este torneo. La calidad de las imágenes que llegan por la tele, el estado de los campos de juego, la camiseta de Holanda y las muchachas de las tribunas ya valen la pérdida de tiempo.

Sólo repasar las estadísticas del partido inaugural –24 tiros al arco entre ambos equipos– habla de una apetencia que a veces ni siquiera se expresa en una fecha entera de nuestros campeonatos.

Más que eso. Neymar y Oscar, Iniesta y David Luiz, Modric y Van Persie empezaron avisándoles a Messi y a Cristiano que éste puede ser un torneo con figuras respetables. Y Robben directamente les advirtió que en el podio del torneo empiezan a quedar sólo dos lugares disponibles.

Finalmente, Holanda y España revirtieron un primer tiempo en el que casi nunca se salió del minué –claro dominio de los de Del Bosque aunque con muy poquita profundidad y cambio de ritmo–, para regalar un segundo tiempo inolvidable. Inolvidable para los holandeses, que golearon al campeón reinante. Inolvidable para los españoles, que prolongaron en su seleccionado la crisis de Barcelona. Inolvidable para Casillas, que tuvo una tarde de elocuencia en medio de una carrera meritoria aunque sobrevalorada. Y para todos nosotros, que difícilmente volvamos a ver una humillación semejante a un seleccionado que hizo historia.

De todos modos, para qué caretearla. Las estrellas del estreno han sido los pitos y las banderas. Dicho y visto hasta el hartazgo el atraco a los croatas, por suerte los mexicanos encontraron cuando no lo merecían tanto una ventaja que el colombiano Roldán y sus asistentes les habían negado por dos veces. Y que los holandeses redujeron a la nada la ventaja inicial española producto de un penal que, en realidad, fue un pisotón de Costa a su marcador. Tanto la redujeron que sumaron un tercer gol que debió haber sido anulado por falta de Van Persie a Casillas.

Usted sabrá sumar al inventario algo que pudiese suceder al respecto entre chilenos y australianos. Pero con lo sucedido en los tres partidos jugados hasta el cierre de esta columna basta para sentenciar que este Mundial ya perdió a tres de sus árbitros. Nishimura, Roldán y Rizzoli cometieron, entre ellos y sus asistentes, al menos seis errores de valor gol. Por mucho menos que eso, la FIFA debería mandarlos a casa.
Aunque viniendo de la tierra de Bernasconi, Liporace y Oyarbide, debería pensarlo mucho antes de hacerme el distraído hablando de jueces.

 *Desde Río de Janeiro.



Gonzalo Bonadeo