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Para reír y llorar: así es la tragicomedia de José López y el kirchnerismo

Por Gabriel Ziblat (*) | Uno se alegra cuando los corruptos caen. Pero la euforia inicial desaparece cuando tomamos conciencia de lo que significa: nos robaron a todos.


Foto:Twitter
La primera reacción fue sonreír. Uno se alegra cuando los corruptos caen. ¿Cómo no celebrar? La euforia por ver comprobado en las imágenes lo que muchos denunciamos durante años.

Pero la euforia inicial desaparece cuando uno toma conciencia de lo que significa: funcionarios públicos que se llenaban la boca hablando de modelos, relatos, progresismo, transformaciones, desarrollo, etcétera, defraudaron no sólo a sus propios votantes sino a toda la ciudadanía. Porque nos robaron a todos.

¿Pero cómo no reír cuando les llega la Justicia? No era un funcionario cualquiera. José López era el número dos del ministro más importante del kirchnerismo. Y ningún advenedizo: lo acompañó a Julio De Vido desde 1991, cuando Néstor asumió la Gobernación de Santa Cruz. 

Pero cómo no recordar con tristeza como durante años muchos se hicieron los boludos y miraron para otro lado, a pesar de que las denuncias y sospechas eran cada vez más sólidas. Sólo bastaba ver el manejo presupuestario discrecional para saber que algo no cerraba. Y hablar con las fuentes involucradas. El show debe continuar.

Pero cómo no sonreír cuando se lo ve al corrupto mirar a cámara, esposado, con chaleco y casco, y distinguir en su cara cierto desconcierto de alguien que se supo impune. E imagino que una pizca de vergüenza, también.

Pero cómo no querer llorar al tomar conciencia de que esta fue la corrupción que mató, en la tragedia de Once, en los accidentes viales por rutas en mal estado, o en inundaciones evitables con inversión. Para hacer política hace falta plata, te intentan convencer desde la misma política cuando alguien se queda con un vuelto. Pero cuando son 9 millones de dólares todos se escandalizan.

Cómo no reír al ver lo grotesco de la detención de López. ¡Tenía un fusil en su poder! 

Pero a la vez cómo no querer llorar al tomar conciencia de que sus decisiones en un cargo público pudieron haber sido igual de grotescas.

Río también al escuchar las justificaciones desesperadas de los Recalde, Ottavis, Sabbatella, Cerrutti y demás kirchneristas condenando una corrupción que todos conocían pero de la que ahora intentan despegarse. Pero sólo por lo burdo. La teatralidad de los hechos no permitía ningún tipo de justificación. 

Me entristece saber que aunque se siguiera denunciando y se comprobara que hubo sobreprecios y tratos preferenciales en Vialidad (por usar sólo un ejemplo), esa reacción de los kirchneristas sólo fue posible porque lo agarraron con las manos en la masa (o las masas). Caso contrario, hubiesen repetido lo mismo de siempre: “Es una persecución política” o, en el mejor de los casos, “Hay que dejar que la Justicia actúe”. Y defenderían hasta donde les dé la nafta.

Celebro al ver que después de una década de corrupción, muchas cosas salgan a la luz sin dejar lugar a dudas. Hacía falta que el derrumbe fuera bien burdo para que algunos lleguen a “su límite”, como Brancatelli. Celebro que se vean reconocidos muchos dirigentes (como Lilita Carrió, aunque hay otros también, en su partido y en otros) que fueron acusados de denunciantes seriales.

Pero no dejo de preguntarme qué hubiera pasado si tanto la Justicia como la política hubiesen actuado en tiempo real, reaccionando frente a lo que era algo vox populi en los pasillos del poder. Quizá la década hubiese sido ganada realmente. 

También me dan risa las Declaraciones Juradas, que ya de por sí fueron mostrando un enriquecimiento impresionante de gran parte de los funcionarios. A pesar de que también es sabido que de fidedignas tienen muy poco. Sólo una muestra: el efectivo que tenía López en su poder al ser detenido es mayor al patrimonio que declara tener Cristina. 9 millones de dólares por $14 da 126 millones de pesos, y ella dice contar con 77 millones de pesos (5,5 millones de dólares).

Pero también me pregunto qué carajo hizo (y hace) la Justicia con esas declaraciones juradas.

La historia es tragicómica. La Justicia, aunque sea lenta, permite reír. Muchos de ellos, por lo menos, ya tienen ganada una condena social sin precedentes, incluso superior a la que recibieron los menemistas. Pero no deja de dar lástima saber que si no fuese por un descuido, y por lo grotesco, esas risas seguirían esperando su momento. Hoy prefiero sonreír, aunque tomar conciencia de que la impunidad que tuvieron nuestros “funcionarios” de ganas de llorar.

(*) Publicado en el blog personal del autor: La Política no muerde | En Twitter: @Gabiziblat



Gabriel Ziblat