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Para talibanes, alcanza con Cristina

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Luego de casi ocho años en la presidencia (y doce en el poder), la imagen de Cristina Fernández de Kichner tiene un nivel de aprobación aceptable, al menos comparándola con sus congéneres vecinas Dilma Rousseff y Michelle Bachelet. No obstante ello, el mayor problema de la presidente radica en que no pudo ni puede trasvasar ese apoyo a sus más fieles delfines, sino que debe conformarse con dejar la posta en manos de dirigentes con perfil más dialoguista y moderado.

La reciente elección en la Ciudad de Buenos Aires es un ejemplo contundente. La presidente eligió para la contienda (“vas a ser vos”, le dijo Máximo) al titular de Aerolíneas Argentinas y miembro de La Cámpora Mariano Recalde para consolidar el segundo lugar obtenido en las elecciones que en 2011 le permitieron a Daniel Filmus ir al ballotage contra Mauricio Macri. No solamente no lo logró sino que resultó cuarto con el 12 por ciento de los votos, a pesar de haber contado en la interna con rivales que le permitían “lucirse”.

Si repasamos a los precandidatos presidenciales del Frente para la Victoria vemos que tanto Urribarri y Rossi, como algunos que ya desistieron de la postulación como Julián Domínguez y Aníbal Fernández, pueden dar cuenta de compromiso con “el modelo” y jactarse de ser kirchneristas de “paladar negro”, pero son también candidatos con baja intención de voto.
Florencio Randazzo, por su parte, recibió durante algunos meses un fuerte apoyo presidencial con la esperanza de acercarlo –sin éxito- a la pelea interna con el gobernador Daniel Scioli y hoy el ministro de Interior y Transporte fue abandonado hasta por kirchneristas con pedigree -como Diana Conti y Carlos Kunkel- y por jóvenes y poderosos dirigentes de La Cámpora, como el jefe de gabinete Eduardo “Wado” De Pedro.
Las primeras contiendas PASO en las provincias también arrojaron resultados en el sentido señalado.

El triunfo de un moderado Juan Manuel Urtubey en Salta, la contundente derrota del diputado ultra K Guillermo Carmona en las internas del FPV de Mendoza y el resultado decoroso en Santa Fe de un dirigente mucho más cercano a Daniel Scioli que a la presidente como Omar Perotti dan cuenta de esto.

Otra muestra podemos encontrarla en la propia formación del Frente Renovador. Muchos de los intendentes fundadores del espacio liderado por Sergio Massa abandonaron el FPV ante la presión de la presidente para que se entreguen mansamente a los dictámenes de los dirigentes de La Cámpora, quienes querían imponer su “ley” desde las garras del poder sin votos. Se les ofrecía a esos curtidos barones del conurbano ceder espacios en las listas a cambio de conservar la simpatía presidencial (medida en recursos y obras de infraestructura), lo cual resultó demasiado abyecto, incluso para tan devotos dirigentes.
Es indudable que parte de la sociedad sólo tolera la radicalización y los exabruptos de Cristina. Prima un cierto acostumbramiento a su acción de gobierno y a sus declaraciones altisonantes, pero similares argumentos son virtualmente rechazados en otros dirigentes.

El dirigente “piquetero” Luis D´Elia también puede dar fe de ello. Siendo un dirigente con alta imagen negativa por su acercamiento con Irán y Venezuela, por sus acciones y declaraciones, muchos de sus postulados, sin embargo, representan el sentir presidencial.
Habiendo prácticamente oficializado el resignado apoyo a un candidato al que nunca se le escuchó hablar bien del chavismo, ni ponderar a Vladimir Putin, ni declararse anti-imperialista, ni criticar a los “medios hegemónicos”, ni maltratar empresarios, ni injuriar a los ruralistas, es evidente que Cristina Kirchner ya pudo comprobar que su “crispación” no es tolerada en otros.

Sería bueno entonces que especialistas en psicología política se dediquen a estudiar por qué muchos argentinos sólo le perdonan a Cristina Kirchner “ser como es”; tal vez así podamos evitar futuras sorpresas.

*Politólogo. Miembro del Club Político Argentino.



Alexander Güvenel