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Paritarias, la otra cara de la debilidad legislativa

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Quien escribe estas líneas tiene una camisa con una marca bordada apenas arriba del corazón, una letra “K”, desproporcionada como logotipo de marca. El pudor, más que el temor a la identificación, hizo que la usara menos de lo que desearía, ya que se transformó en una incomodidad que tanta gente señalara mi pectoral, con sonrisa socarrona, asociando la pilcha con una propaganda política. La K es el isologotipo de Kevingston, una marca que, gracias a un tuit de ayer del dirigente kirchnerista porteño Juan Cabandié, fue denunciada por haber dejado de encargarle ropa al taller Felson. @juancabandie tuiteó el volante de los trabajadores de Felson, que dicen que Kevingston “dejó de comprar trabajo argentino, trae ropa importada de países con trabajo esclavo”. Cabandié sentenció: “Volvió el ajuste. Gestión Macri. Te lo dijimos...”.

Esto no es una nota de moda, pero la cita viene a cuento de los discursos cruzados de los últimos días, en los cuales el Gobierno exacerbó el relato de la herencia recibida como estación necesaria para explicar algunas medidas en curso. Desde el decretazo por la Ley de Medios hasta las cuentas fiscales y la inflación caen en esa lógica. En sentido contrario, el reagrupamiento del kirchnerismo asigna una nueva causalidad a hechos cocidos en el caldo de los últimos años. La desa-parición de las asistencias estatales a empresas como Cresta Roja hace un par de años o las raíces antiguas del respirador de la aerolínea Sol, por no hablar de los medios paraoficialistas del kirchnerismo, eclosionan tras un disimulado parate de actividad de los últimos dos años. La avivada privada –de empresas y particulares– puede explicar muchas de estas crisis empresariales. Pero nada puede comprenderse sin tener en cuenta el estado de la economía brasileña, que, como ayer se explicó en PERFIL, golpea con fuerza en vastos sectores industriales del país y pone el empleo como tema excluyente.

En este contexto, la semana pasada el ministro Alfonso Prat-Gay presentó lo más parecido a un programa económico que se haya conocido en una década en el país. La novedad más relevante fue la explicitación de metas de inflación hasta 2019, convergentes a un 5% ese año, pero con escala de 20 a 25% para este 2016. Fue la señal de largada para las negociaciones salariales que en el futuro deberán cerrarse un escalón por debajo de las expectativas para el año.
Incluso en el oficialismo hubo ceños fruncidos con la presentación de Prat-Gay. Sigue habiendo halcones y palomas en el macrismo. El ministro fue sindicado como gradualista, en abierto desafío a un sector que promueve un shock fiscal más contundente. A quienes sostienen esa posición les llamó la atención el escaso recorte de gasto público contenido en las proyecciones para llegar en 2016 a un déficit primario de 4,8% del Producto, desde el 7,1% que denunció.

La baja provendría de “apenas” 0,8% del PBI de reducción del gasto y de 1,5% a partir de un reordenamiento de los subsidios a los mayores consumos residenciales de energía. Metas tan ajustadas de “achicamiento” serían compensadas con mayor endeudamiento, lo que alteró a ortodoxos y kirchneristas.
El camino del medio que emprendió Prat-Gay está surcado por la política. Si la decisión oficial fue encarar la depuración del Estado “bancándose” la protesta gremial y el renacer kirchnerista, la sostenibilidad política de los futuros consensos parlamentarios obliga a recalcular la ruta.

La recuperación del presupuesto bonaerense gracias al rompimiento del bloque del Frente para la Victoria y a la alianza con los renovadores de Sergio Massa no es a libro cerrado ni para todas las instancias. Por ejemplo, los diputados nacionales renovadores están siendo objeto de un fuego graneado: los gremios que militan en el massismo están presionando a sus diputados para que las futuras paritarias se convengan sólo por un período de cuatro meses, atentos a la evolución de la inflación futura. El moyanismo también mostró los dientes y lanzó una severa advertencia hacia el Gobierno.

El otro frente es el de los precios “no cuidados”. Prat-Gay prometió no ser el Moreno del garrote, pero se mostró contrario a la política del león. Ahora resulta políticamente incorrecta la persecución a las empresas. Pero como se explica en la página 25, habrían aparecido prácticas abusivas desde las empresas.
Y tampoco fue bien recibido el ajuste de tarifas de celulares anunciado por las tres compañías del sector. ¿Pedirá el Gobierno, después de haber prácticamente limpiado el escenario regulatorio para las telefónicas, una marcha atrás de esas actualizaciones? La hora de las paritarias empieza a dominar la política, las alianzas y las estrategias.

*Con la colaboración de Jairo Straccia.



Ariel Cohen