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Pasajero de la noche

Ese día mi hija Anita me preguntó: “¿Papá, vos qué fuiste en una vida anterior?”.

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Ese día mi hija Anita me preguntó: “¿Papá, vos qué fuiste en una vida anterior?”. Le respondí, sin dudar: “En otra vida fui un perro que cuidaba de un niño mudo”. La respuesta le encantó. Me di cuenta por el destello en los ojos cuando la escuchó. “¿Y tu mamá?”, repreguntó. Le respondí: “Fue una anaconda entrerriana”. Esto también le gustó. Le encantan las anacondas, la fascinan, es decir, le dan temor y belleza. Por la noche soñé con Quique Fogwill. El argumento onírico que preparó el inconsciente era bien sencillo:

Fogwill volvía de la muerte para traerme mensajes, pero lo hacía como un zombie, no estaba vivo, estaba muerto vivo, como un muñeco vudú. A pesar de que hablaba con mis amigos, es decir, me dejaba consejos no a mí, sino a mis seres queridos, para que me fueran transmitidos, yo lo veía cuando lo hacía porque el narrador del sueño era omnisciente. Me dio impresión ver a Quique resucitado. Tal vez porque la resurrección siempre me pareció algo antinatural y cansador.

Cuando me desperté pensé largamente en el sueño. ¿Por qué Quique volvía para aconsejarme sobre algo? ¿Y sobre qué? Despierto, ya no sabía lo que me había dicho, se había borrado. Recordé su hermoso cuento Los pasajeros del tren de la noche, que está en el libro Música japonesa. En ese relato anómalo dentro de la obra de Fogwill –parece realismo mágico– unos soldados que murieron en la guerra vuelven a su pueblo en un tren nocturno. Y retornan a su vida normal, aunque todos saben que son resucitados. Empiezan a llegar el jueves 5 de diciembre. Mi sueño se produjo en lo que va de la noche del miércoles al jueves. ¿Se cruzó la ficción con la vida “real”? Para mí la ficción siempre es más poderosa que la vida chirle que llevamos. Aunque ciertos escritores asocian la ficción a la mentira, a cierta falsificación de la vida, y el lenguaje popular lo reafirma (“eso parece un cuento”) yo estoy convencido de que no es así. Fogwill, también.