COLUMNISTAS FIESTAS

Paseo nocturno

Lindos días llenos de sol y noches cálidas llenas de luna. Qué bien lo pasa una. A las diez de la noche ya tengo todo listo y puedo ir a acostarme o seguir con el libro que estoy leyendo, o ir a visitar a una amiga. Eso, eso me viene bien, eso de visitar a una amiga. Gabriela vive a diez cuadras de casa de modo que le aviso y me voy para allá a tomar un café y chusmear un poco. ¿Saquito (hace frío, ponete el saquito, decían mis tías)? No, para qué, está tan lindo el tiempo. ¿Llevo cartera? No, tampoco, si lo único que necesito son las llaves. Digo hasta luego y me voy. Cierro con la llave Yale, abro la tranquerita de juguete, salgo a la vereda y me voy. Camino ni muy lentamente ni muy ligera, paso tranquilo, miro a mi alrededor aunque mucho para mirar no hay, francamente. Los negocios están cerrados, salvo el bar de doña Lita y el kiosco de enfrente. Buenas noches, me dice un vecino desde su jardincito delantero. Bueeeenas, contesto con una sonrisa, y sigo. Se está bien en la avenida, no hay mucho tráfico, pasa un colectivo de vez en cuando y un taxista aminora la velocidad casi a mi lado: el pobre tachero anda buscando a alguien que lo lleve a la otra punta de la ciudad y le deje unos cuantos pesos en el bolsillo. Lo lamento, mi buen señor, yo me voy caminando que es más agradable y saludable y de paso le doy tiempo a Gabriela para que termine con la cocina y se ponga crema humectante en las manos. Yo siempre le digo que use guantes pero ella dice que le quedan incómodos. Bueno, ya voy llegando. ¡Epa! ¿Qué pasa? ¡Cuánta gente! Hay un accidente, eso debe ser. Ah, no, lo que hay es una fiesta. Como el taxista aminoro la velocidad, no del auto sino del paso y curioseo un poco. Gran fiesta gran, parece un casamiento, sí, ahí hay una novia bonitísima, de blanco y todo el mundo baila y se ríe y han abierto todas las puertas y las ventanas. Pero me voy, no sea que crean que quiero colarme y tomar champagne de arriba. Unas cuadras más y llego a lo de Gabriela. Toco el timbre. ¡Abrí!, me grita desde adentro, ¡está sin llave! Así que empujo la puerta y entro. Gabriela está en la cocina vigilando la cafetera eléctrica que le regaló Andrés. Hola, digo y me apuro, no sea que se enfríe el café.

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