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Patoterismo y amistad

Un poco tarde me enteré de la polémica entre Marcelo Zabaloy, traductor de Finnegans Wake, y Matías Serra Bradford, enojado porque Zabaloy introdujo referencias a Macri, a Magnetto y a otras figuras locales en su versión de Joyce.

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Un poco tarde me enteré de la polémica entre Marcelo Zabaloy, traductor de Finnegans Wake, y Matías Serra Bradford, enojado porque Zabaloy introdujo referencias a Macri, a Magnetto y a otras figuras locales en su versión de Joyce. Más que de una traducción, esos pasajes parecen formar parte de una intervención, como si Zabaloy practicase un acto guerrillero destinado a reivindicar lo nacional y popular en el contexto de las letras universales.
En contraste con esa intención tan provinciana acaba de aparecer Las tiendas de color canela, de Bruno Schulz, traducido por Enrique Mittelstaedt para la editorial Dobra Robota, que en polaco quiere decir algo así como “trabajo duro”. Schulz (1892-1942) tuvo una vida trágica y una obra escasa. Dibujante y escritor, vivió aislado en la pequeña ciudad de Drohobycz (hoy Ucrania) pero se hizo notar por su talento y su originalidad para convertir ese pequeño mundo en un cosmos perverso y alucinado, antes de morir asesinado por un oficial nazi. El mesías, su obra literaria más ambiciosa, se perdió. Quedaron de él sus impresionantes dibujos, dos libros de relatos y el recuerdo de su extraña amistad con otros dos escritores clave de la vanguardia polaca, Gombrowicz y Witkiewicz, de quien Dobra Robota promete una inminente publicación.
No es la primera traducción al castellano de Schulz. Por ejemplo, Siruela publicó Obra completa, que incluye Las tiendas... y Sanatorio bajo la clepsidra. Empieza así: “En julio, mi padre solía irse al balneario y me dejaba con mi madre y mi hermano mayor a la voluntad de los días veraniegos abrasadoramente blancos y psicodélicos”. Sólo de ese pequeño fragmento (¡psicodélicos!) se deduce la necesidad de una traducción argentina. Veamos el profundo alivio que produce la prosa de Mittelstaedt: “En julio, mi padre solía ir a las termas y me dejaba con mi madre y mi hermano mayor a merced de los calurosos, blancos y aturdidores días de verano”. El cuidado y la búsqueda de armonía se anticipan en el prólogo, donde se habla de las posibles afinidades, incluso amistades, entre la lengua polaca y la española. El método permite apreciar el poder de la escritura de Schulz, el alcance de su fantasía y de su tranquila subversión del mundo de los sentidos hacia el horror, la ternura o la pornografía, la poderosa nivelación de lo natural con lo artificial, de lo humano con lo animal, de lo concreto con lo abstracto, de lo judío con lo austrohúngaro.
La propuesta de Dobra Robota, su acercamiento en términos cordiales a la literatura polaca, funciona además como una continuidad simbólica de la legendaria traducción de Ferdydurke y como un acto de reparación por el destrato que la Argentina le dio en su momento a Gombrowicz, más allá de su marginal y pequeño grupo de discípulos fieles. Es que no sólo los populistas criollos son provincianos, también lo son los cosmopolitas. Basta recordar que Borges, en su modo patotero, lo trataba de “conde pederasta y escritorzuelo”. Eso ocurría en 1956, cuando Gombrowicz no había sido reconocido en Francia. Después, hacia el final de su vida, lo calificaba de sobrevalorado e ilegible. Es probable que Borges no haya leído a Gombrowicz, y casi seguro que no leyó a Schulz. Pero a nosotros, la traducción de Mittelstaedt nos abre una gran oportunidad.