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Patria recuperada

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A lo largo de los años sentía que en Boedo se había detenido el tiempo y que frente a las cirugías macristas en la ciudad sería el último barrio en perder identidad
A lo largo de los años sentía que en Boedo se había detenido el tiempo y que frente a las cirugías macristas en la ciudad sería el último barrio en perder identidad Foto:Marta Toledo
Durante mucho tiempo volver a Buenos Aires después de un viaje estuvo imperceptiblemente ligado a regresar a la cosmogonía de una zona que no se parecía a ninguna. Las razones de esa diferencia, al revés de lo que sucede con barrios pintorescos como San Telmo o La Boca, tal vez sean intangibles y tengan que ver con el espíritu del barrio y sus habitantes, un aura que sólo se percibe viviendo en el lugar y no de paso.

A lo largo de los años, en cada regreso, sentía que en Boedo se había detenido el tiempo y que frente a las cirugías macristas en la ciudad sería el último barrio en perder identidad. Volvía cada vez a mi casa, y el barrio era en realidad toda la ciudad o, mejor dicho, el epicentro sentimental de Buenos Aires. Bajando por Colombres desde la autopista 25 de Mayo que se conecta con la Riccheri, reconocía un Boedo aplacado al amanecer y enseguida identificaba una suerte de estado de gracia que lo volvía impenetrable frente a las diferentes oscilaciones político-sociales. En cada calle, un momento de mi juventud. Ese tránsito hasta México y el Pasaje Pérez implicaba una suma felicidad que borraba de inmediato cualquier tipo de nostalgia por el viaje que acababa de terminar.  Como si el barrio en realidad fuera el propio país. Los barrios aledaños, como San Cristóbal, Balvanera, Parque Patricios, Almagro, incluso Pompeya, caían en su campo magnético y ante mis ojos siempre eran de alguna manera vástagos no reconocidos de Boedo.  

Ahora, de vuelta en el barrio, reconozco un tipo de aura que está en la atmósfera y acompaña a los habitantes. En la misma casa de siempre, caigo en la certeza de que estuve dos años exiliado sin darme cuenta. No pisé Boedo, como si la condición para vivir en otra zona de Buenos Aires hubiera sido proscribirlo de mi rutina. Y aunque en esos dos años de exilio haya vivido cerca del club Argentinos Juniors –los equipos a veces definen afinidades barriales y fuerzan afinidades sentimentales con territorios ajenos, como lo fue Agronomía/Paternal en mi caso– y haya podido despuntar por un tiempo el sueño de ser socio del club del cual soy hincha, no hay otro lugar de Buenos Aires más parecido a una patria que Boedo. Quizás la patria sea el territorio casual en el que se exploró y consumió la juventud. De ese lugar, aunque uno se mude o viaje, es imposible irse, y prevalece la sensación de que ahí uno perpetró una transacción divina: aprendió a ser mortal. La patria no es la infancia, sino la juventud: aquel lugar en el que la aventura se volvió anecdotizable y no memorable. Los personajes del barrio son participes necesarios de esa transacción y parecen envejecer más despacio que el resto de los hombres. Reencontrarse con estos testigos involuntarios, como el canillita o el carnicero, repentinamente equivale a encontrarse con amigos que siempre estuvieron esperando a la sombra.

Lo único ligeramente ajeno en esta patria recuperada es el club emblemático, San Lorenzo. Un equipo por el que nunca pude sentir un resabio de simpatía y que despierta en los lugareños pasiones feroces. O quizás más vale pensar que lo único realmente insólito de mi pertenencia al barrio está en mi reticencia a asimilar a un club que después de décadas, expropiaciones, descensos, sacrificios y una copa Libertadores, vuelve con su cancha a avenida La Plata y Las Casas, como Ulises a Itaca.  

Oliverio Coelho


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