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Patti Smith

Es una suposición bien extendida que los bailarines saben caer sin problema sobre la dolorosa punta de los dedos, que los actores pueden decir sus líneas farragosas sin titubear, que los cantantes saben cuál es la nota que sigue, que el hombre bala pasará por el agujero estrechísimo de llamas.

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Es una suposición bien extendida que los bailarines saben caer sin problema sobre la dolorosa punta de los dedos, que los actores pueden decir sus líneas farragosas sin titubear, que los cantantes saben cuál es la nota que sigue, que el hombre bala pasará por el agujero estrechísimo de llamas. Esta suposición está tan asimilada que eclipsa desproporcionadamente la otra verdad, la primerísima: que todo esto supone un esfuerzo sobrehumano, una afinación brusquísima del alma y –en muchos casos– un pacto frágil y rompible con alguna fuerza oculta.

Patti Smith se quebró cantando A Hard Rain is a-Gonna Fall de Bob Dylan cuando lo representaba en la ceremonia de los Nobel. Lo normal (quebrarse de emoción ante una letra que quizás habíamos dejado de escuchar con atención, una letra que ha escrito tu amigo, tu compinche, tu hermano) es presentado así como algo extraordinario, como un diamante extravagante en una ceremonia apuntalada por la solemnidad, la realeza, el smoking.

No dudo de que este breve video, esta tendencia pasajera en un sistema de redes sociales que seguramente estará viejo en diez años más, será atesorado de ahora en más como la mejor versión sobre la Tierra de esta canción tan melancólica. Lo cual me lleva a tener que redefinir “mejor”.

“Mejor” puede querer decir simplemente “más conmovedora”: la conmoción es empática y la emoción de Patti Smith, grande entre los grandes, es automáticamente contagiosa. Es el peor lugar para confundir la letra. Es el sitio más sublime para quebrar la voz. Es el altar de la visibilidad, es la puerta de oro para entrar a la historia, el penal que define el campeonato. Por eso el supuesto “fracaso” le reasigna a la misión la verdadera dimensión que el almidón de las camisas blanquísimas pretendía sustraer de nuestra vista. La canción con la que Patti celebra esta distinción lo que realmente busca es rubricar en la categoría de mito aquello que hasta ahora convivía con lo humano. La letra de una canción puede pasar inadvertida entre millones de otras letras, el ritornello de una idea cantada puede diluirse para siempre en miles de estribillos pegadizos. Pero el Nobel, como otros premios planetarios, sigue causando un efecto de despegue, en todo sentido. Despega lo normal de lo extraordinario. Pero despega también una nave espacial que orbitará la Tierra para siempre. El propio discurso que Dylan, en ausencia, envía a la ceremonia en boca de la embajadora estadounidense, aun siendo exquisito, modesto y harto elocuente no logra ni acercarse al momento en que Patti perdió la voz y las palabras para siempre.

Pero “mejor” puede querer decir también, simplemente, “más orgánico”. ¿Nadie en esa lejana ceremonia en Estocolmo reparó antes en aquello que canta la canción? Un padre pregunta a su hijo, a su niño, dónde ha estado, qué ha visto, qué ha oído, a quiénes ha conocido, y luego simplemente qué va a hacer. El niño de ojos azules, absortos, no trae buenas noticias. El mundo que este hijo anuncia a Dylan, a Patti, a todos los presentes, es abrumador. Lo es no sólo porque así son las cosas, sino –y fundamentalmente– porque así son las imágenes del poeta. ¿Cómo suponer que Patti pueda no quebrarse? Si hay vida en el planeta es porque Patti debe romperse en mil pedazos.

La solemnidad es siempre objeto de sorna y de paradójica veneración. Por un lado, la impostura que supone para armar su verosímil inquebrantable sólo genera risa y ganas de facetar el delicado cristal a cascotazos. Cuanto más engolado es el evento, más rápidamente busca la Razón sus zonas grises, sus patapúfetes, sus yerros y sus vestuarios arlequinescos. Pero a su vez es la propia férrea impostación de lo solemne, de lo ordenado, de lo inmutable, lo que hace más visible el rastro baboso de nuestro deambular por este mundo, como un caracol que deja brillante y asqueroso el mármol de Carrara dispuesto en forma de palacios.

¿Y qué vas a hacer ahora, hijo mío de azules ojos? ¿Y qué vas a hacer ahora, mi joven querido?

Voy a volver a salir antes de que empiece a caer esa lluvia. Voy a entrar en las profundidades del bosque más negro y más profundo, donde muchas son las personas y tienen las manos completamente vacías.