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Pautas ejecutivas para un Estado desarrollista

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El manejo que se ha venido haciendo del Estado guarda relación con el deterioro de nuestra vida en sociedad. De ahí que el voto por el cambio exige también una concepción diferente en cuanto a lo que el Estado debe hacer, y a cómo hacerlo.

Exceptuando el abortado intento de Frondizi, los diferentes gobiernos vienen ignorando las posibilidades que ofrece el Estado para liderar un desarrollo económico capaz de crear los empleos y los ingresos que garanticen buenas condiciones de vida para las mayorías ciudadanas. Esa posibilidad fue ignorada cuando se privilegió la amistad en la designación de los responsables de áreas importantes de gobierno; o cuando se utilizó al Estado para mantener cautivos a millones de ciudadanos pobres, producto de sus políticas retardatarias. La provincia de Formosa, con su subdesarrollo crónico, sus alarmantes niveles de pobreza, manejo clientelar de los recursos públicos y una dominación política de tipo feudal no es más que la versión más lograda de esta concepción sobre el manejo del Estado.
Superar el deterioro actual requiere cambios que despiertan resistencias en actores políticos y sociales beneficiados por aquella concepción del Estado (“capitalistas amigos” incluidos). Entre las críticas que han aparecido se destaca una que pretende asimilar, con malicia, el abandono del populismo con un modelo neoliberal. Y como “prueba” de su diagnóstico apuntan al pasado empresarial del nuevo presidente y de algunos miembros de su gabinete. Como si haber desempeñado ese rol los inhibiera definitivamente para desempeñar otros diferentes. Adorno y Horkheimer en Contribuciones de Francfort a la sociología cuestionan el uso de la categoría de “individuo” en el análisis de los comportamientos sociales, en tanto la misma remite a una idea de algo único e “indivisible”, cuando sabemos que el hombre desempeña diferentes roles y que en cada uno de ellos pone en práctica conductas y actitudes que guardan independencia respecto de los otros roles. Por eso los autores prefieren hablar de “personas”, “término romano para la máscara del teatro antiguo”.

Las personas pueden “actuar” en diferentes períodos de su vida, y aun en el curso del mismo día, con “máscaras” correspondientes a diferentes roles sociales, sin que los unos contaminen necesariamente las pautas de comportamiento de los otros. Estas reflexiones conceptuales se ven abonadas por los hechos cuando, a poco de asumir, el nuevo presidente, de pasado empresarial, instruye para que un conflicto entre bienes públicos e intereses privados sea resuelto en favor de los primeros y en perjuicio del grupo empresarial, como pudo observarse en la estrategia de negociación del Banco Central referida a la venta de dólares a futuro.
En la medida que el nuevo gobierno se propone liderar y supervisar un programa de desarrollo económico en todo el país (y en las provincias del norte en particular, plan Belgrano mediante), con el concurso de la empresa privada, única capaz de crear riqueza y empleos genuinos (como lo reconociera incluso el actual primer ministro socialista francés), necesita modificar aquella concepción del Estado. Este debe ser capaz de elaborar estrategias de desarrollo con objetivos claros,  tener capacidad de controlar la eficiencia en su ejecución, así como de evaluar sus resultados. Para todo eso se necesita que los funcionarios públicos a cargo de esas tareas sean profesionales que entiendan de ese tipo de actividades y que estén en condiciones de orientar, apoyar y supervisar el conjunto de desafíos que este proceso de desarrollo implica. Profesionales que sepan de estrategias productivas y de crear las condiciones necesarias para incentivar las inversiones de riesgo; sin descuidar por ello las políticas que garanticen una distribución equitativa de las ganancias, los derechos laborales, el cuidado del medio ambiente y la atención de lo social en sus múltiples dimensiones.    

 

*Sociólogo.



Omar Argüello