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Pavos

Cuando por fin fue de mañana y nos levantamos, encontramos el fuego encendido y la pava encima. No veíamos a los guías por ningún lado.

Pavos.
Pavos. Foto:toledo

Hay un cuento de Carver que se llama Plumas: una pareja va a cenar a la casa de otra pareja que tiene un bebé muy feo y un pavo como mascota. Y hay un ensayo precioso de Flannery O’Connor que se llama El rey de las aves. Ella habla de pavos reales y Carver de pavos de granja, de esos que se emborrachan con pan y vino unos días antes de sacrificarlos para que la carne llegue adobadita al horno.

En los esteros casi no pude pegar el ojo en toda la noche. Mis compañeros citadinos dormían a pata suelta y yo los adivinaba llena de envidia desde abajo de mi mosquitero. Son lindos los mosquiteros de tul pero no sé por qué siempre me hacen pensar en niños muertos. Estaba también el asunto de las gatas peludas que me perturbaba. Por suerte, el rancho de juncos era fresco y por las ventanas abiertas podía ir viendo cómo el cielo empalidecía, se llenaba de olores y de bufidos de animales que andaban cerca, rumiando pasto o escarbando por ahí.

Cuando por fin fue de mañana y nos levantamos, encontramos el fuego encendido y la pava encima. No veíamos a los guías por ningún lado hasta que algo nos chistó desde la copa amplia del timbó. Ahí estaban trepados a una rama como dos pájaros flacos y zancudos, con un largavista en la mano.

Tomamos unos mates con ellos y de allí nos encaminamos a lo de Teresa, la lugareña que nos iba a hacer el desayuno. Confieso que esta suerte de turismo ¿social? me incomoda.

Para llegar a lo de Teresa hay que desandar un buen trecho de campo en tramos anegados por los esteros. Nos descalzamos y vamos un poco entre el barro. Da gusto sentirlo tan suave entre los dedos de los pies. Pasamos por un montecito donde hay muchos árboles caídos. Hubo una tormenta fuerte, nos explican, y los árboles ya son viejos. Supongo que, como el suelo es arenoso, también son más propicios a ser arrancados de cuajo por cualquier vientito. En algunos árboles hay unas arañas muy raras, de las pocas que viven en colonias, nos cuentan. Arman unos nidos enormes y a esta hora (parece que son más bien nocturnas) están todas dormidas, hechas unos bollitos negros, entreveradas con el hijo blanco de la tela. Es una tela muy fuerte que tejen de árbol a árbol y entre las ramas, que es donde construyen el dormidero. Nos dice uno de los guías que, cuando quieren mudarse, tejen unas telas y las van impulsando por el aire a la manera de alfombras voladoras. El lo vio una vez.

También encontramos montones de caraguatás, con su centro de un rojo furioso. Al otro día, en Santa Ana, mientras almorzamos, el poeta Fabián Yausaz nos va a leer unos versos que dicen: el caraguatá se hizo señorita…

Cuando llegamos a la casa de Teresa, antes que los perros nos recibe el pavo. Un bicho enorme que nos atropella con todo el plumerío inflado y una cresta roja como el centro del caraguatá, que da miedo. Un ruido gutural, como de cañería atorada, sale de su pico que, además de la cresta amedrentadora que tiene abajo, tiene también una especie de colgajo que lo cubre. Desde uno de los ranchos sale Teresa, con un chicote y una bebé en brazos. Blande el chicote por los aires y el pavo se aleja, poco, pero lo suficiente como para que podamos pasar. Teresa es una mujer joven y bastante dada. Después va a contarnos que el pavo se puso más malo desde que un chancho se comió a la pava.

Mientras comemos el chipá cuerito crujiente, el bicho nos mide de cerca. Además del rojo furibundo de esa cresta, que ahora está inflamada, tiene una parte de la cara blanca y, alrededor de los ojos, un celeste turquesa. De alguna manera es un animal hermoso.



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