COLUMNISTAS MANEJO SIN LEY NI NORMAS

Peligro en la calle

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Los automovilistas, los que manejan, van adquiriendo, en las transitadas calles de las ciudades, dos oponentes: los taxistas y los colectiveros.
Cada uno que va al volante piensa que lo que hace mal un taxista o colectivero lo hacen mal todos los taxistas y colectiveros.
Generalizamos, haciendo culpable a todo el gremio, por la conducta imprudente de alguien aislado. También ocurre que, alguna vez, nos toca ser pasajeros en ese colectivo o ese taxi.
Y es ahí donde el conductor pasa a ser mirado con una lupa distinta.
Si estamos apurados por llegar a una reunión, rogamos para que el chofer cometa todas las imprudencias contra las que despotricamos desde el volante privado.

Si zigzaguean, si pasan semáforos en amarillo casi naranja, si se saltean una parada, serán bien vistos por nuestra prisa circunstancial.
En esos momentos le exigimos y ponderamos a nuestro conductor que viole algunas normas. Y acá, en este momento del texto, pasamos a la metáfora nacional. En las situaciones que los argentinos nos sentimos apremiados (casi todo el tiempo), depositamos la confianza en los líderes más que en las leyes y las instituciones.
Confiar en una institución significa asociarse, ser parte. Son instituciones básicas, entre otras: la familia con sus variantes, la escuela, los sindicatos, las empresas, los partidos políticos. De estas instituciones, sobre todo de las últimas tres, nos cuesta ser socios, partícipes.
Hay algo de miedo a la responsabilidad del socio. Cuando elegimos líderes que confunden el Estado y el gobierno, que se hacen dueños de lo que es de todos, estamos eligiendo la comodidad de la obediencia por encima de la responsabilidad de ser parte.

Preferimos ser pasajeros de un piloto que nos lleva por la banquina o a contramano sin importar si esto, a la corta o a la larga, perjudica a otros y también a nosotros.
Y vamos oscilando entre las conducciones que vienen y generan, sin distribuir, para pasar a los que arriban y distribuyen, sin generar. Mientras tanto, nosotros nos vamos haciendo progresistas o conservadores de acuerdo a ventajas personales circunstanciales.
La democracia, a través del voto, presupone, por supuesto, la elección de personas que conduzcan. Pero la democracia no es sólo un instante, es una continuidad. Entre elección y elección, hay una tarea que es la de trabajar en organizaciones intermedias, juntarnos, asociarnos, correr riesgos de perder tiempo, de no llegar, pero si no nos ligamos, abandonamos la posibilidad del control social necesario al poder, la mirada crítica, y a la vez constructiva, sobre los que dirigen.

Por estos días, hay una conducta social esquizofrénica, argentinos con dos personalidades y posturas. Estamos todos esperando definiciones políticas de los que manejan, sabiendo, de antemano, que unos las vamos a atacar y otros las vamos a defender, sin atender a la decisión en sí misma.
Esta espera agazapada y programada, de algún modo, nos va atrofiando, progresivamente, como sociedad. Nuestras capacidades se irán limitando y el eventual líder y los que lo sucedan se irán metiendo, cada vez más, en nuestra voluntad, en nuestra toma de decisiones, y nosotros nos iremos volviendo cada vez menos creativos, menos espontáneos e innovadores, dando paso al sometimiento y la frustración. Obedecer y no confiar.
La tarea es la asociación, ser socios de una entidad cercana a nuestros intereses para aportar a la construcción de un proyecto. Intentemos, por esta vez, bajarnos del auto particular y subirnos a un colectivo que vaya siendo manejado con nuestra destreza común: el colectivo social.

*Secretario adjunto de la Asociación del Personal de los Organismos de Control Público.



Federico Recagno