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Pensar en grande

El Gobierno está a tiempo de promover un acuerdo que garantice un crecimiento sano.

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Foto:PABLO TEMES

Esta es la primera vez en mucho tiempo que un gobierno trata de implementar un plan de estabilización: la mayor parte de la ciudadanía desconoce la naturaleza de estos procesos, los costos y potenciales beneficios que impactarán tanto en el humor social como en la dinámica política y electoral. Dada la estructura demográfica argentina y la pavorosa densidad informativa que caracteriza nuestra cotidianidad, casi nadie recuerda los esfuerzos desplegados al comienzo de la administración Menem, primero con el Plan BB y luego con Erman González en el Palacio de Hacienda (antes de que se implementara la ahora de-sacreditada Convertibilidad). Hay una remembranza aún más borrosa de los planes Austral y Primavera (1985 y 1988, respectivamente), y sólo los memoriosos se acuerdan de Alfredo Gómez Morales. Las experiencias previas de planes antiinflacionarios gradualistas remiten a un pasado remoto. Para peor, todas terminaron muy mal.
¿Por qué esta vez nos habría de ir mejor? ¿Por qué creer que este gobierno tiene capacidad para resolver un problema tan complejo como los gigantescos desequilibrios macroeconómicos heredados de la administración K con un método que fracasó en el pasado aún en contextos menos acuciantes?
Es cierto que el mundo civilizado resolvió hace décadas la cuestión inflacionaria: nadie duda de que se trata de un fenómeno monetario. Negar la evidencia empírica y los libros de texto constituyó una inexplicable y costosísima extravagancia de la era K. Argentina se cerró tanto sobre sí misma luego de la Gran Crisis del 2001 que prefirió ignorar no sólo esas obvias lecciones de economía, sino también su propia historia de hiperinflaciones y desbarajustes estructurales. Curioso en un país ahora sorprendido por el fenómeno Trump, ese perfecto heredero del estilo K.
El Gobierno no comunica eficazmente las características y la lógica del programa de estabilización. ¿Por qué es bueno bajar el gasto público, endeudarse en el extranjero, subir la tasa de interés, ganar cada vez menos en términos reales? ¿Cuándo se verán los resultados de los esfuerzos que ahora se reclaman? Muchos debatieron si era necesario que el Gobierno presentara un balance preciso y descarnado del desastre heredado. Tan importante como eso resulta explicar los costos y los potenciales beneficios de las políticas que ahora se están impulsando.
Un interesante sondeo realizado por D’Alessio sugiere que, a pesar de la rápida deskirchnerización que experimenta la política argentina, dentro y fuera del peronismo, la sociedad argentina continúa interpretando la realidad de manera bastante dicotómica. Así, lo que mejor explica las reacciones frente al discurso de Macri frente a la Asamblea Legislativa es el voto en la segunda vuelta en noviembre pasado: el votante de Macri está abrumadoramente de acuerdo con su diagnóstico y sus propuestas, mientras que el de Scioli tiende a estar mayoritariamente en contra. Hay un segmento acotado de votantes del FpV que ahora tiene algún grado de afinidad con la visión de Cambiemos. Pero a pesar de que el kirchnerismo continúa su dinámica autodestructiva, los valores, las ideas e incluso los prejuicios que tan inteligentemente moldeó parecen seguir vigentes en un segmento muy significativo de la sociedad.

Históricos. Se trataba sin duda de elementos preexistentes en nuestro bagaje cultural: el populismo, el nacionalismo y las corrientes de la izquierda antiimperialista tienen hondas raíces en nuestra historia política. El kirchnerismo re- significó profundamente esas expresiones: les dio un nuevo liderazgo, una épica transformadora, escala regional, una estética aggiornada y atractiva (los festejos del Bicentenario, Tecnópolis, Fútbol para Todos). El torbellino K se está desvaneciendo: la pesadilla venezolana, la derrota de Evo y las desventuras de Lula y Dilma profundizan esa súbita retracción. Pero el populismo permanece muy vigente como fenómeno político y cultural, y tiene chance de incrementar su influencia si la frustración y la angustia prevalecen por sobre las interesantes perspectivas de mediano y largo plazo que tiene el país si vuelve por fin a crecer.
Para peor, este programa de estabilización afectará fundamentalmente a los votantes de Cambiemos. Es cierto que los ñoquis de La Cámpora tendrán que ganarse la vida laburando y que la inflación y el desempleo afectan al conjunto de la sociedad. Sin embargo, la quita de subsidios recaerá sobre todo en los sectores medios de los grades centros urbanos, mientras que la apertura de la economía y el eventual retorno de la inversión extranjera creará un entorno muchísimo más abierto y competitivo, un riesgo para muchas pymes acostumbradas al proteccionismo y beneficiadas por la discrecionalidad del intervencionismo estatal. En consecuencia, el Gobierno enfrenta una disyuntiva crítica: quienes lo rechazan no parecen dispuestos a cambiar de opinión; quienes lo apoyan sentirán muy pronto en el bolsillo el impacto del ajuste.

Recalculando. Frente a este panorama, con las elecciones del 2017 a la vuelta de la esquina, el Gobierno debe repensar el andamiaje político para garantizar una implementación exitosa del programa de estabilización. Al margen de los acuerdos parciales hasta ahora negociados, que no aseguran un trámite legislativo sin sobresaltos, el Presidente está aún a tiempo de promover un gran Pacto por la Estabilidad, la Equidad y el Crecimiento en el que los principales actores políticos, económicos y sociales se comprometan con una agenda de acciones públicas y privadas para derrotar la inflación y recuperar el crecimiento en el menor tiempo posible y minimizando el impacto distributivo de corto plazo.
Un acuerdo de estas características ayudaría a reducir los umbrales de incertidumbre y a consolidar la gobernabilidad, despejando los obvios nubarrones que surgen en etapas tan turbulentas. Vale la pena recordarlo, éste es el primer programa de estabilización que implementa un gobierno democrático sin que haya una amenaza efectiva de reversión autoritaria. En todos los casos anteriores existía el riesgo de un golpe militar. Tenemos ahora la oportunidad de cambiar la historia, no sólo de vencer la inflación, comenzando un largo ciclo de crecimiento equitativo y sustentable que genere oportunidades para todos.
Un consenso amplio, transparente y efectivo contribuiría también a enriquecer nuestra cultura política, tan proclive al enfrentamiento, el personalismo y los golpes de timón. Sería una verdadera lástima no intentarlo puesto que, como argumentamos con Marcos Buscaglia en Los beneficios de la libertad (Ateneo, 2016), esta nueva generación que gobierna ahora se socializó políticamente en democracia y tiene una concepción mucho más moderna y cooperativa de
la política.



Sergio Berensztein