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Pequeñas almas

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Un par de días atrás me hicieron una entrevista y todo fue muy amable y placentero. Nos sentamos en el jardín bajo el fresno y charlamos como buenas amigas mientras Héctor, el fotógrafo, hacía clic y clic en su máquina infernal. Lo primero, me dijeron, era que yo contara quién soy y lo que hago. Quién soy es fácil, como usted comprenderá, querida señora; fácil al menos para una entrevista que va a ir en un diario. Lo segundo también parece fácil. Parece, dije. Escribo, punto. Ah, sí, pero hago un montón de otras cosas. Ah, ¿cómo?, pero entonces ¿no soy escritora a tiempo completo? Y, no. Ahí patiné e hice silencio, confieso. Después arranqué de nuevo y dije alguna tontería tipo frase hecha como: soy ama casa, esposa, madre, abuela todavía no bisabuela: no sé lo que están esperando esos chicos, y ahí nomás me arrepentí. ¿Ama de casa? ¿Cómo? Sí, por supuesto que soy, como todas las amas de casa. Ahora usted dirá estimado señor, qué estoy haciendo aquí al contarle estas casi intimidades, ¿eh? Tiene razón, vea, pero es que voy hacia otro lado, algo en lo cual suelo pensar e imaginar. Tenga paciencia, pues,  en ocasiones a una le da por un rodeo antes de encarar hacia el corazón no de las tinieblas, tanto no, pero sí del tema. La cosa es que no me gusta esa expresión “ama de casa”, le aseguro: enseguida se me aparece una gorda (¿por qué gorda? ¿tiene que ser gorda? Sí, claro que sí, sigamos) con ruleros en la cabeza y plumero en la mano, protestando porque se dio cuenta, ¿cómo no se va a dar cuenta? de que alguien pasó por sobre los pisos encerados del living. Macanas, por supuesto. Puede ser que las haya pero de prejuicios no hablaremos.

Pensé en todo lo que hace un ama de casa, tanto en el barrio Las Tunitas como en Fisherton, tenga o no tenga ayuda doméstica (paga, claro). A la flauta. Habrá que fundar un Premio Nobel al trabajo doméstico. No al pago, sino a éste otro, el que inauguramos cuando nos casamos, nos vamos a vivir a nuestra propia casa, nos ponemos el delantal y métale nomás que hay mucho que hacer. Hoy y mañana y pasado y forever and forever again. Alguien lo habrá dicho antes que yo, seguro, pero ya se sabe que la originalidad no existe. Veamos. Contésteme a esta simple pregunta: ¿cuántas cosas, objetos, temas, asuntos, cuestiones, entes, problemas, cuántas cuántos, pasan por nuestras manos y rozan o inciden en  nuestro cerebros, ¿eh? ¿cuántas, cuántos? Innumerables, ya usted se habrá dado cuenta. Y entonces, cuando a una le da por pensar, se le presenta un pensamiento aterrador:  ¿Si cada una de esas cosas, objetos, etcétera, cada una y cada uno tiene un alma, distinta de la nuestra, claro, sí, comprendo, pero un alma o una almita adecuada a su forma, destino, color, peso y demás? Ay, de golpe le entra a una un poco de miedo antes de agarrar la birome que necesita para las palabras cruzadas. ¿Cómo será el alma de una birome? ¿La de las azules son distintas de la que son verdes o negras? ¿Usted qué opina?

¿Y el alma de los cucharones? Usted no, estimado señor, a menos que viva solo y aun así, en fin, no sé si se pondrá doméstico o no, ¿cómo será el alma de los cucharones, querida señora? Esbelta, con una buena delantera redonda e invitadora, plateada y sonriente, nadie me quita eso de la cabeza. Pero hay almitas más impenetrables.  Bueno, veamos, ¿cómo es el alma de los cepillos para la ropa? Y ya que estamos en la indumentaria, ¿cómo será el alma de los calzadores?  Aaah, supongo que eso depende de que sean de metal con el nombre de la zapatería grabado a fuego, o de marfil, antiguos, lisitos y atractivos para los dedos. Pero que tienen alma, como todo lo que las amas de casa manejamos, eso seguro que sí. Sólo nos queda imaginar, cosa que no viene a ser difícil, le aseguro, cómo será el alma pequeña de todo aquello que nos pasa por entre las manos después de haber estado en nuestras cabezas. Es un buen ejercicio, le aseguro. En primer lugar, un ejercicio de solidaridad. En segundo, de imaginación; en tercero, de curiosidad y no sigamos  porque, lo sabemos, esto tiene principio pero no fin. Y en cuarto porque se nos terminan el tiempo y el espacio.