COLUMNISTAS HISTORIAS BICENTENARIAS

Periodistas que fundaron la Nación

PERFIL COMPLETO

El campo de la prensa y el de la literatura no eran autónomos en el siglo XIX: ningún periodista o escritor vivía de su trabajo o era ajeno a la política. Buena parte de los grandes políticos del siglo inicial argentino, incluidos varios presidentes, fueron fundadores de prensa o directamente periodistas, de Sarmiento a Mitre pasando por personajes tan diversos como Moreno, Alberdi, Echeverría, Mármol, Alsina, Vélez Sarsfield, Mansilla, Zeballos o Pellegrini.
Hay que ponerse en aquel contexto histórico: los periodistas del siglo XIX eran hombres de acción, polemistas y militantes. Participaban en la lucha pública, hacían las leyes y las guerras, fundaban la literatura, construían poder y consenso desde la prensa y, si era necesario, tomaban las armas cerrando sus publicaciones. En un diario no trabajaban periodistas profesionales o “independientes”, sino que solían ser grandes personalidades de la época; en general, “notables” (juristas, letrados, políticos), que además ejercían el periodismo.
El escritor de un diario se comprometía con las ideas y posiciones de la facción o grupo político que le daba apoyo. El periodismo era una herramienta, no un fin, y menos una profesión. Sarmiento y Mitre son, sin dudas, los máximos exponentes de este diálogo entre periodismo, historia, literatura y política. Pero hay otros casos interesantes no tan conocidos.
Miguel Navarro Viola, autor de un famoso Anuario de la Prensa (1878-83), cita los nombres de Vélez Sarsfield, Sarmiento, Goyena, Varela, Gutiérrez y Estrada, y define que los periodistas “debían por fuerza ser literatos, con una sólida base de instrucción y fondo filosófico, pensadores muchas veces, o verdaderos estilistas, cinceladores de la frase”.


Como regla general, aquellos periodistas no firmaban sus artículos. En 1840 José Mármol, poeta, novelista e integrante de la generación del ’37, va al exilio en Montevideo. Allí publica un periódico llamado La Semana, donde aparece como folletín la novela Amalia (escrita contra el rosismo), que inicia la práctica de firmar los artículos con nombre y apellido.
Otro ejemplo emblemático es el de José Hernández, redactor del diario Nacional Argentino, que respondía al gobierno de la Confederación, y luego fundador del diario Río de la Plata. El autor del Martín Fierro intenta construir una carrera política desde la prensa, como tantos otros en la época.
Eugenio Cambaceres renuncia en 1876 a su banca en la Cámara de Diputados y abandona su carrera política para dedicarse a la literatura. La novela argentina le debe mucho a esa renuncia: Cambaceres es el autor de algunas páginas fundacionales, como las de Sin rumbo y En la sangre, textos naturalistas con profundos mensajes sobre la sociedad del momento.
Cuando Miguel Cané vuelve a tomar examen al colegio que retrata en Juvenilia ya es doctor, funcionario del Estado y periodista consagrado. Confiesa entonces: “Vivía agobiado por el trabajo, a más de mi cátedra, dirigía el Correo, pasaba un par de horas diarias en el Consejo de Educación y, sobre todo, redactaba El Nacional, tarea ingrata, matadora si las hay”.


El diario Sud América, testimonio del surgimiento y la caída del gobierno de Miguel Juárez Celman, fue dirigido por Carlos Pellegrini, luego presidente de la Nación, quien antes había sido secretario de redacción del diario La Prensa, fundado por José C. Paz también con el objetivo de escalar en la vida pública. Paz fantaseó con ser candidato a presidente a partir del peso que adquirió en las últimas décadas del siglo su diario.
El periodismo del siglo XIX tenía como misión difundir ideas y captar voluntades, cuando los partidos eran estructuras endebles alrededor de grandes figuras políticas. Un diario, un partido y cierta fuerza militar eran elementos básicos para aspirar al poder en el siglo fundacional argentino, cuando prensa y política iban de la mano.

*Periodista e historiador.



Diego Valenzuela