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Perón, cambio de juego

Como parte de los ensayos que intentan explicar quiénes somos los argentinos a través de los personajes y episodios que han definido el país desde la colonia hasta hoy, en Historia mínima de Argentina (Turner Libros, distribuido por Océano) el profesor Carlos Altamirano describe la aparición del peronismo como el último gran golpe de timón que, a mediados del siglo pasado, modificó para siempre el panorama político e ideológico argentino.

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El surgimiento del peronismo a mediados de la década de 1940 cambió definitivamente el juego político conocido hasta ese momento, cuando los candidatos a gobernar eran los radicales, que contaban con la mayoría de los votantes, o los conservadores mediante alguna coalición y la práctica del fraude electoral. A partir de 1946, cuando el general Perón llegó a la presidencia por medio del sufragio, ya no sería así. Pero la mutación que el líder de los descamisados y su primer gobierno produjeron no fue únicamente política, sino también cultural y social. Aunque los opositores al peronismo lo descubrirían sólo poco a poco, el país ya no sería el mismo después del decenio justicialista. ¿Qué es esto? fue el título que el escritor Ezequiel Martínez Estrada dio a su ensayo sobre el peronismo, publicado en 1956. Podría decirse que este interrogante comenzó a abrirse paso en los medios antiperonistas tiempo antes, cuando los esquemas de referencia con que se había clasificado al líder surgido de la revolución militar nacionalista del 4 de junio de 1943, a su movimiento y a su gobierno, comenzaron a revelarse como insuficientes o inadecuados.
En efecto, en el comienzo la identidad del peronismo no fue un problema para sus adversarios, que interpretaron los sucesos del país de acuerdo con las claves que proporcionaba la Segunda Guerra Mundial, que estaba llegando a su fin. Ocurría, según esta clave, que el enfrentamiento que se había dirimido en los campos de batalla entre libertad y totalitarismo, democracia y fascismo, proseguía en Argentina, donde un régimen autoritario, implantado en 1943 y espoleado por una fracción de coroneles nacionalistas y anticomunistas, había disuelto a los partidos políticos, implantado la enseñanza religiosa en las escuelas y mantenía al país en la neutralidad frente a la guerra. Para el establishment liberal, que tenía de su lado a los diarios más prestigiosos –La Nación y La Prensa–, como para la dirección del radicalismo y los partidos Socialista y Comunista, el designio de Perón, surgido de esa élite de coroneles, era instalar en Argentina una versión del fascismo. La izquierda, que fue muy activa en la construcción de la dicotomía fascismo/antifascismo como disyuntiva de la vida nacional, vio en cada hecho los signos que confirmaban su diagnóstico. Así con la política a favor de los asalariados que el militar llevaba a cabo desde que había asumido la Secretaría de Trabajo en 1943, en la que se identificaba la demagogia que también había caracterizado en sus comienzos a Mussolini y al nacionalsocialismo, o en ocasión del 17 de octubre de 1945, cuando una vasta movilización popular volcó a favor de Perón la lucha que se verificaba en el seno del régimen militar, un episodio en que se vería la manipulación de un séquito políticamente atrasado.
El grueso de la intelligentsia argentina formó fila con el antiperonismo y en el año 1945, cuando el país se polarizó en dos frentes, la juventud universitaria fue el gran actor en las movilizaciones contra el régimen militar, y el candidato a heredarlo, el general Perón. En nombre de lo que se autodenominaba “Resistencia” se activó la idea de la universidad militante, inscrita en la tradición del reformismo universitario, aunque otra aspiración reformista, la de la unidad obrera-estudiantil, acaso nunca estuvo más lejos de realizarse que entonces. Los trabajadores no se movían en dirección a los partidos de izquierda, sino que eran atraídos por el jefe militar antiliberal y antisocialista que los apoyaba en sus reivindicaciones y los incitaba a luchar por ellas. La política de Perón alarmaba, en cambio, a los patrones.
El 1º de febrero de 1946 apareció en la prensa una declaración que daba apoyo a la Unión Democrática, la coalición antiperonista, y que suscribían casi todos los escritores y escritoras que contaban en la literatura argentina. “En las próximas elecciones –decía el manifiesto– habrá que optar entre una tendencia que proscribe y escarnece la libertad de expresión y de pensamiento y otra que la hace posible. Nada menos que eso es lo que va a decidirse en esta hora terrible de nuestra historia”.
No sólo en los sectores del universo progresista se interpretó lo que estaba en juego con criterios asociados con el conflicto internacional. También para los nacionalistas era importante la posición de neutralidad en que el régimen militar mantuvo al país hasta marzo de 1945, cuando el curso que había tomado la guerra llevó al grupo gobernante a romper las relaciones diplomáticas con el Eje. Muchos políticos e ideólogos del nacionalismo habían participado del experimento autoritario puesto en marcha en 1943 y, por supuesto, vieron con beneplácito la implantación de la enseñanza religiosa en las escuelas, la disolución de los partidos y la persecución de la izquierda. Sin embargo, aunque de esa familia ideológica provino el principal apoyo intelectual que obtuvo Perón –como lo atestiguan el respaldo a su candidatura de nombres como el de Manuel Gálvez, Ernesto Palacio, Leopoldo Marechal, entre otros–, una parte de los nacionalistas se alejó del militar después de la ruptura de la neutralidad argentina y juzgó negativamente la política obrera y el trato con políticos tradicionales que emprendió cuando el régimen militar buscó el camino de las elecciones. “En lugar de la revolución que queríamos nacional, sobrevino la revolución social”, dirá años después Rodolfo Irazusta, disgustado con la orientación del César tan esperado. Sólo el núcleo de forja se adherirá sin retaceos al movimiento que se unificaba en torno de la figura de Perón. En diciembre de 1945 anunciará su disolución, proclamando la identificación de la mayoría de sus miembros con “el pensamiento y la acción popular en marcha”, al que se incorporaban.
En los diez años de gobierno peronista, los intelectuales que se habían alineado en contra de Perón estuvieron excluidos de la universidad y de los cargos públicos (Jorge Luis Borges, que fue destituido de su puesto en la Biblioteca Municipal y designado inspector de mercado, fue el más célebre de los excluidos). Esa intelligentsia se retrajo en la actividad editorial, en foros como el Colegio Libre de Estudios Superiores y en las revistas culturales –Realidad, Expresión, Liberalis, Imago Mundi, además, por supuesto, de Sur–. Paralelamente al país peronista y sus instituciones, se articuló así una Argentina intelectual cuyos integrantes se comunicaban en espacios como los nombrados, en la redacción del suplemento cultural de La Nación y en la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Ese mundo prolongó entre 1946 y 1955 la idea de “Resistencia”, esforzándose por evitar el trato con la Argentina peronista, cuyo curso se volvía cada vez más autoritario.
Es verdad que el peronismo contó también con el apoyo de escritores e ideólogos, la mayoría de los cuales, aunque no todos, procedían del nacionalismo católico. Los intelectuales del peronismo buscarán crear en esos años instituciones propias, como la Asociación de Escritores Argentinos (ADEA). Pero ésta y otras iniciativas, que a veces contaron con el estímulo de Perón, no lograron modificar el dato de que las figuras de mayor prestigio intelectual estaban en el otro polo, el de los antiperonistas. (…)
En 1955, una coalición de liberales, socialistas y nacionalistas católicos se unió a una fracción de las fuerzas armadas para derrocar a Perón. La mayoría de la “clase cultural” celebró la caída del líder, que se produjo en septiembre de ese año tras varios días de combate, como resultado del levantamiento militar-civil que se dio el nombre de Revolución Libertadora. Los estudiantes de la Universidad de Buenos Aires, que habían sido una activa base de agitación contra el gobierno peronista, ocuparon las dependencias de esa casa de estudios y presionaron para ser escuchados en la designación de las nuevas autoridades universitarias. La presión dio resultado: fue designado rector un destacado intelectual identificado con el socialismo liberal, el historiador José Luis Romero, cuya gestión fue decisiva para que la reestructuración de la enseñanza superior no sólo adoptara los principios del reformismo universitario, sino que hiciera de la investigación una tarea indisociable de la vida académica. La universidad argentina del decenio 1956-1966 quedará en la memoria como la universidad reformista por excelencia. La editorial Eudeba fue uno de sus símbolos públicos.
En las filas de los triunfadores, el consenso de los primeros días no duró mucho. Estaba en debate el rumbo político, económico e institucional de la Argentina posperonista, un debate sobre el porvenir que no podía eludir, entre otras cosas, la cuestión de cómo asimilar al nuevo cuadro de la vida nacional a esas masas sindicalmente organizadas que habían ingresado en la escena de la mano de Perón.

*Lic. en Letras, investigador, profesor emérito.



Carlos Altamirano