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Pintar lo semiabstracto

Lo bueno de la realidad es que se puede explicar de muchas maneras diferentes; también es lo malo.

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Lo bueno de la realidad es que se puede explicar de muchas maneras diferentes; también es lo malo. Los dramaturgos estamos acostumbrados a contar la historia con dos o más puntos de vista justificables. Y es lo mismo que se usa para construir y deconstruir el tejido narrativo sobre el que se monta la política. Asisto con pasmo al cuento de hadas, bidones de nafta, Ministerio de Seguridad, policías jubilados y el asesor de Ritondo que se perdió varios días en el hipódromo porque sufre de ludopatía. La flaca relación entre los términos sólo aumenta el interés.

En otra pintura semiabstracta viralizada en estos días, un indio norteamericano pintado en 1937 sostiene un iPhone en la mano. Se trata de Mr. Pynchon and the settling of Springfield, pintado por el italiano Umberto Romano, y representa hechos “reales” digamos alrededor de 1630. El tema es la llegada de colonos ingleses a Agawam y sus intercambios de productos con las naciones Pocumtuc y Nipmuc. Pues así las cosas, un indio en escandaloso primer plano, como si algo quisiera decirnos sin ambages, sostiene con lógico asombro un iPhone en su mano.

Más allá de que la cosa gris plateada podría ser un espejito de colores pero gris o un misal pero rectangular, lo más extraordinario está en el carácter semiabstracto del pintor. Allí es donde se pone político. Sabemos que los pintores de corte más realista copian la realidad o, si no, la imaginan. Sabemos además que los abstractos soplan formas sin nombre y también reclaman en ello una manera de capturar la realidad (matérica, gestual). Pero los semiabstractos, con esa onda muralista, con algo de puro impacto, de afiche publicitario, de ratio facilis, siempre me fascinan. Son fronterizos, como este cuadro: los músculos son facetados y rectangulares, pero siguen la forma de músculos conocidos; los objetos son reales aunque el pintor italiano jamás los haya visto en Massachusetts, y en un ángulo vuela una bruja en una escoba, precisamente en ese paisaje donde luego las cacerías de brujas serían muy populares y reales. Realismo costumbrista con temática amplia.

Lo del iPhone de 1937 es apenas la llave burlona para abrir una revelación: que hay que creer poco. El esclavo, por ejemplo, arrumbado entre tantos jarrones y productos para el trueque, es blanco como un Donald Trump. Así se ahorraba el pintor futurista en los años 30 algún problema de incorrección política. El futuro es siempre semiabstracto, pero casi nunca abstracto por completo.