COLUMNISTAS

Piolines enredados

Las constantes desmentidas oficiales a informaciones de los medios gráficos, a lo largo de la semana.  

Me gusta dar crédito intelectual a quien lo merece, o en todo caso que se acredite su propiedad intelectual. Voy a usar como guía un valioso guion que aporta en el homepage del sitio Clarín mi colega Marcelo Cantón, porque hace un minucioso recuento de las últimas desmentidas del Gobierno, que es muy didáctico. Esto es lo que ha hecho él, pero lo que voy a decir yo corre por mi cuenta respecto de la semana en la que el Gobierno anduvo corriendo de un lado al otro desmintiéndose, auto desmintiéndose, aclarando y re aclarando su situación permanentemente.

Arranquemos por el caso de Julio Alak, el ministro de Justicia, que perpetró la primera desmentida, una de las más llamativas porque terminaba confirmando que la Inspección General de Justicia, un organismo importante en un país serio, que en este caso depende del ministro, había extraviado y reconstruido digitalmente, o sea en una computadora, documentos oficiales de la célebre Ciccone Calcográfica, empresa disuelta y copada por The Old Fund, la herramienta de Amado Boudou. La idea del extravío que intentó postular Alak es realmente insultante, en el sentido más explícito de la palabra. Pretender que la gente crea que en 2014, en un Gobierno que se vanagloria de regalar computadoras y de avanzar con la tarjeta SUBE, de informatizar todo, se le ha perdido un documento tan valioso. En verdad, se trataba una vez más de cubrirlo a Amado Boudou, que viene siendo protegido por este Gobierno hace ya dos años. ¿Qué dijo ante este episodio Alak? Se rió a carcajadas de la sociedad argentina: “En los tres poderes del Estado se suelen sustraer archivos”.

Esto se complementa con otra desmentida,  en este caso de Ricardo Echegaray, director general de la Administración Federal de Ingresos Públicos, que en respuesta a una nota aparecida en un diario reconoció que el empresario kirchnerista Lázaro Báez es investigado por manejarse con boletas truchas para reducir su pago de impuestos. Pero, ¿qué dio luego Echegaray, para encubrirlo a Lázaro Báez, como Alak había encubierto la pérdida supuesta de la documentación de Ciccone? Presentó los nombres de otras 750 empresas a las que se investiga por cuestiones muy parecidas. El uso de boletas truchas, que es algo que no debería ocurrir, forma parte de un hábito argentino en gran medida –en gran medida, no totalmente- provocado por la altísima presión fiscal que hoy ahoga no solo a las grandes y medianas sino a las pequeñas y microempresas. En esa lista no se privó de nada, y ya que estaba, aprovechó para pegarle a los monstruos a los que persigue el Gobierno, incluyendo, desde luego, al Grupo Clarín –creo que incluso aparecía mencionada Radio Mitre – bancos, empresas productoras de alimentos, supermercados, y como digo, Clarín.

Todo para cubrirlo a Báez, del que Echegaray había dicho que no era socio de la presidente de la Nación. Y sigue la lista esta de situaciones realmente disparatadas y hasta caricaturescas: Julián Álvarez, un cuadro de La Cámpora, impulsado al estratégico sitial de viceministro de Justicia –muchos dicen que es el verdadero ministro de Justicia- también recibió órdenes de la máxima conducción nacional, de intentar darle una respuesta creíble a una portada de Clarín, que planteaba algo muy evidente, Cristina Kirchner avanza para convertir en ley su proyecto de reforma del Código de Procedimiento Penal. ¿Y qué pasaría si ese Código de Procedimiento Penal es reformado en este momento? Es poco menos que inevitable que se termine por decretar la caducidad de muchas causas de corrupción administrativa que le vienen picando como balazos en los pies al Gobierno. Y esto va de la mano con otra medida, otra operación casi paralela: nombrar fiscales cercanos al riñón ideológico del Gobierno para que la Justicia que los argentinos heredemos el 10 de diciembre de 2015 tenga dientes sin filo, no tenga poderes, o tenga muchos menos poderes de los que hoy tiene.

Este viceministro Álvarez nunca mostró el borrador del proyecto de reforma del código manipulado por el Gobierno, y que llegó a medios periodísticos. Los plazos para finiquitar la instrucción de las denuncias terminan siendo muy acotados. Así que el planteo de Álvarez se fue deshaciendo en el aire.

Otro que tuvo trabajo extra fue Julio de Vido, que junto a Carlos Tomada son los ministros más longevos de este gobierno: ambos están en su cargo desde el 25 de mayo de 2003. De Vido se despachó no con una, no con dos, sino con tres desmentidas. “El Gobierno sí cumplirá con la licitación de las frecuencias de celulares y exigirá que se pague en dólares, no en pesos”. Esto respondía a una nota periodística en donde se informaba, que dos de las tres ofertas eran en pesos, pese a que por escrito la demanda era muy explícita: tenían que ser en divisas extranjeras.

El arquitecto De Vido luego sacó otro comunicado, para decir que “la usina de Río Turbio sí tiene garantizado el carbón que necesitará”. Era también un intento de replicar a medios periodísticos por otra nota en que sostenía que la mina de carbón de Río Turbio no está produciendo suficiente combustible para alimentar a la mega generadora que la Casa Rosada está construyendo en esa ciudad santacruceña. Y como no hay dos sin tres, vino un tercer comunicado del ministro De Vido. “Es absurdo y solo con mala intención se puede hablar de demoras”. Ahora atacaba a otro medio, a La Nación, cuando publicó precisamente un estudio de la Auditoría General de la Nación, cuyo director general es Leandro Despouy sobre problemas de obras viales anunciadas y no terminadas.

¿Qué es lo que enseña este largo itinerario de desmentidas?

Un Gobierno que vive perseverando en la beligerancia con los medios de comunicación absolutamente convencido de que la realidad y la vida misma se libra en los diarios, y, en menor medida, en la televisión y en la radio.

Un gobierno y una presidente que lee los diarios con codicia, con una sensación de batalla final y apocalíptica, convencido de que ahí es donde se resuelve el destino de los países.

Un gobierno que, precisamente, por tener estas compulsiones tan arcaicas y retrógradas, termina enredado por sus propias palabras. Cuando uno hablaba de fútbol, y de aquellos botines antiguos en los que los cordones se desataban fácilmente, se decía que ese jugador se había “enredado con sus propios piolines”. Este Gobierno sigue enredado con sus propios piolines, enervado y permanentemente provocado en su interior por la batalla apocalíptica contra los medios de comunicación a los que hay que desmentir 24 horas sobre 24.

(*) Emitido en Radio Mitre, el martes 21 de octubre de 2014. 



Pepe Eliaschev