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Plan de desarrollo

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El presidente Macri citó a Arturo Frondizi en su discurso inaugural. Si bien es imposible no acordar con la frase aludida, hubo quienes vieron el indicio de un rumbo económico. Pocos días antes de ser electo dijo que un “desarrollista” sería ministro de Economía, y para el ministro del Interior, nieto de uno de los creadores del desarrollismo argentino, “Macri es desarrollista”.
Frondizi y Rogelio Frigerio esbozaron hace seis décadas las ideas centrales del proyecto desarrollista, cuyo corazón es una estrategia o plan. En 1956, en un mensaje radial, Frondizi afirmó que a la industria argentina le aguardaba un “extraordinario porvenir”, a condición de que “su revolución responda a un plan de gran envergadura, de profundo sentido nacional”, y agregaba: “Debemos saber dónde y cómo hacerlo. No basta alzar fábricas y talleres, ni que el crecimiento industrial sea producto del azar”.
En los años 50 y 60 del siglo XX, en Argentina, Brasil –allí se lo llamó Plan de Metas– y otros países se tendió hacia un modelo económico basado en la industria pesada, la que complementaría a la liviana forjada durante las guerras mundiales y la crisis del 30. El ahorro de divisas y la mayor productividad del sector primario generarían los dólares imprescindibles para consolidar la llamada “integración industrial vertical”.
La estrategia consiste en definir metas en base a prioridades, no necesariamente iguales a las de los 60, y fijar  medios para conseguirlas.
En materia económica, el nuevo gobierno tiene todavía por definir objetivos, sus prioridades y los medios. El desarrollo no será “producto del azar”. Salir del cepo, bajar de retenciones y retornar al crédito internacional era indispensable, pero insuficiente. En clave frondicista: tendría que precisar ahora el qué, el dónde y el cómo hacerlo.  
El ministro de Finanzas anunció metas de déficit fiscal e inflación. Que sea ello un medio o un fin marca una gran diferencia.  
Aunque dos meses es un tiempo escaso, sería sano explicitar el perfil productivo que piensa la alianza gobernante. ¿Se apoyará sólo en el sector primario? Competitivo, generador de divisas, pero históricamente dependiente de variables externas, como el precio de las commodities y la tasa de interés internacional, y deficitario en la creación de empleo.
Ante el Congreso, el presidente prometió renovar la infraestructura: ¿vías, rutas o puertos? ¿Para transportar qué productos y desde y hacia dónde?
El nuevo endeudamiento debería financiar el desarrollo y no sostener gastos corrientes o improductivos.
¿Habrá paritarias libres o control de precios y salarios vía “pacto social”?
En política industrial: ¿existen prioridades estratégicas como lo fueron la siderurgia y la petroquímica, madres de industrias, en  los 50 y 60? Si las hay, ¿cuáles son? ¿Habrá apertura importadora para contener la inflación a costa de la industria y el trabajo argentino?
¿Se le darán a la industria automotriz condiciones de competitividad para exportar y agregar más autopartes nacionales a la vez? ¿Cuál será la política energética? ¿Continuarán la importación y el subsidio a las petroleras? ¿Se alentarán energías renovables? ¿Qué rol jugará la minería en un plan de desarrollo? ¿Se agregará valor en el país? ¿Se mantendrán los grandes beneficios tributarios para las empresas? ¿Será Tierra del Fuego un verdadero polo con empleos de calidad que aporte tecnología nacional para el resto del país?
¿Qué políticas se aplicarán para facilitar el acceso al crédito hipotecario a veinte o treinta años a tasas razonables, o la vivienda propia seguirá siendo una quimera?
Las respuestas que la administración Macri comience a dar a algunos de estos interrogantes nos dirán, con más rigor, si propone una suerte de desarrollismo o si será un capítulo más del histórico péndulo populismo-liberalismo.

*Director del Centro de Estudios para el Desarrollo. Miembro del Club Político Argentino.



Oscar Garay