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¿Plan Primavera de Kicillof?

El Gobierno se encamina a un fin de ciclo con parecidos y diferencias al de hace 25 años. Los caminos posibles y el traspié de la visita a EE.UU.

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Foto:Pablo Temes
Rumores hay de todo tipo en estos tiempos. Muchos de ellos no merecen mayor atención: por caso, que Máximo Kirchner sueñe con su madre recontrarreelecta no tiene mayor importancia; que Capitanich se quiera ir del Gobierno cuanto antes para volver a cuidar su quintita en el Chaco ni asombra ni va a alterar cómo marchan las cosas en el Ejecutivo, donde el jefe de Gabinete no corta ni pincha desde hace meses. Pero hay otros rumores que, aunque no mucho más convincentes, son más significativos: hablan de las preocupaciones que rondan la toma de decisiones en el Gobierno, sirven para mapear las opciones que tiene o cree tener a la mano, y tal vez anticipan lo que vendrá.
Uno de los que reúnen estas características es el que indica que el Gobierno se habría convencido de que tiene que hacer algo más contra la inflación y la recesión, porque así como va no llega decentemente a las presidenciales. Y que ese algo más se podría parecer a un congelamiento más o menos general de precios y salarios utilizando la nueva Ley de Abastecimiento. Es decir, una versión policial de los planes de estabilización de la época de Alfonsín. El último de los cuales, el famoso Primavera, guardaría con el que ahora encabezaría Kicillof varias importantes similitudes: estuvo pensado principalmente para controlar la transición hasta la asunción de un nuevo gobierno, se implementó en un período de escasez de divisas e incertidumbre política, y diversos grupos de interés en principio al menos colaboraron con él por el temor galopante ante las alternativas.
Con todo, hay también unas cuantas diferencias entre las dos situaciones. Algunas favorecen al actual gobierno: a comienzos de 1988 la inflación era entre tres y cuatro veces mayor a la actual, el déficit fiscal era el doble y los precios de las commodities así como las tasas de interés internacionales hacía tiempo que venían machacando las cuentas externas y fiscales del país, muy lejos de los actuales problemas que, como mucho, cabe describirse como moderación del largamente disfrutado viento de cola.
Otras diferencias, en cambio, dejan mal parado al actual gobierno. Para empezar, el equipo económico de Alfonsín todavía disfrutaba en 1988 de un considerable prestigio, pese a todas las dificultades acumuladas desde 1985, y contaba con una expertise indiscutible, fortalecida por esos largos años de gestión en la tormenta. Además, pese a que casi todo el tiempo desde 1983 Argentina había estado en default o al borde de caer en él, todavía sus autoridades contaban con buena llegada a los organismos financieros y a los gobiernos de EE.UU. y Europa, como para poder endeudarse a una tasa no demasiado lejana de la de mercado. Ahora Economía es, para todos los actores externos y grupos de interés locales, parte del problema más que de la solución, y si quisiera endeudarse, nuestro gobierno debería pagar varias veces más de lo que exigen los mercados, no digamos ya a un país central, sino a Bolivia o Ecuador.
¿Podría Cristina superar estos obstáculos, o ignorarlos y lanzar igual con alguna chance de éxito un plan de estabilización? En principio, lo que es menos probable no es que lo intente, sino que intente corregir todas las falencias de su gestión para hacerlo con más chance de éxito. Aunque puede que corrija al menos algunas de ellas.
Cambiar el equipo económico para incorporar gente más entrenada en la gestión de políticas complejas y negociaciones financieras internacionales no está, de seguro, entre sus opciones..
En cambio sí es posible que busque todavía algún acuerdo externo, que le permita endeudarse más rápido y a una tasa más baja. Aunque tal vez tampoco considere que ésa sea una condición imprescindible para avanzar: si tiene que pagar una tasa elevada, puede achacársela a la “conspiración buitre”, y ahora la Ley de Pago Soberano de la deuda le permitirá poner dólares por una ventanilla en Nación Fideicomisos y sacarlos por otra para usarlos con otros fines; así que está en condiciones de seguir ondeando las banderas de la rebeldía nac & pop y la polarización, mientras les carga un buen costo extra a las próximas autoridades.
Ahora que, finalmente, al igual que con el Plan Primavera, lo más difícil de resolver para el Gobierno será el cálculo del tiempo. En el caso de Alfonsín, el plan le abrió una ventana de oportunidad que para ser aprovechada debió combinarse con el adelantamiento de las elecciones y los acuerdos sobre la transición tanto dentro de su partido como con la oposición, y como se sabe, ninguna de esas combinaciones funcionó: el adelantamiento de la elección complicó aún más las cosas porque aceleró las incertidumbres; en el momento decisivo el propio candidato oficial, Eduardo Angeloz, jugó en contra conspirando para echar al ministro de Economía; y para completar el calvario a continuación el ya electo sucesor empujó al presidente a irse antes y “escupiendo sangre”, como un alto funcionario de entonces muy gráficamente explicó.
¿Un errado manejo de los tiempos volverá a complicarle la vida al gobierno saliente? Si consideramos sus antecedentes, no hay motivos para ser optimistas: basta reconstruir la secuencia que llevó a Cristina y a Kicillof de comprometerse a pagar miles de millones a Repsol, el Ciadi y el Club de París, a naufragar penosamente en el acuerdo decisivo con los holdouts y Griesa, necesario para endeudarse y sostener la “transición tranquila”. Nada parecido a un ejemplo de previsión de contingencias en momentos de crisis. Encima días atrás la Presidenta ofreció otro botón de muestra: lejos de aprovechar la oportunidad que le brindó la votación en la ONU de la propuesta para regular las reestructuraciones de deuda, que aunque puramente declamativa no dejó de ser un logro diplomático, Cristina recorrió Nueva York dando un espectáculo entre bizarro y decadente de lo que su liderazgo ofrece cada vez que confía en su intuición y verborragia. Mejor hubiera sido que dejara al poco confiable pero al menos reemplazable Timerman hacer el papel de vocero de un gobierno ya lanzado a ocupar el sitial de quejoso y soberbio chiquilín en el concierto global.

Marcos Novaro