COLUMNISTAS COLOMBIA

Plebiscito y círculo rojo

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Los miembros del círculo rojo del mundo fuimos derrotados: perdió el Sí a la paz en Colombia. Los resultados del plebiscito son otra expresión de la crisis de la democracia representativa. No llama tanto la atención el virtual empate entre quienes apoyaron la iniciativa de paz y quienes la rechazaron. Toda guerra es brutal, tanto los guerrilleros como las Fuerzas Armadas cometieron barbaridades y violaron los derechos humanos. Quedaron muchos resentidos. Fueron a las urnas dos grupos de ciudadanos: un quinto de la población que detesta a la guerrilla y quiere que los insurgentes paguen sus crímenes dijo No. Otra quinta parte, que está cansada de la violencia y quiere que la guerra termine, dijo Sí.

Respaldaron al acuerdo de paz casi todos los partidos, los sindicatos, los grupos empresariales, la Iglesia, los intelectuales, Cuba, Estados Unidos, los presidentes de la región. El Papa presionó con su eventual visita. Las encuestas decían que se venía un triunfo abrumador del Sí. ¿Por qué se abstuvo el 63% de los colombianos? ¿No les parecía importante que termine una guerra que duró más de sesenta años? ¿Por qué se abstuvieron masivamente los jóvenes?

Desde que la gente se independizó de los líderes tradicionales, las sumas de viejos membretes restan votos. Cuando los dirigentes de una sociedad llegan a un consenso y piden que se apruebe el acuerdo de paz colombiano, o que Inglaterra permanezca en la Unión Europea, es fácil que la mayoría vote en contra. ¿En contra de qué? De cualquier cosa que les guste a los representantes del orden establecido, que incluye a la vieja izquierda. Cameron sumó en su cabeza los votos de los conservadores con los de la socialdemocracia, Santos los de casi todos los partidos que apoyaban al Sí y creyeron que ganaban. No se dieron cuenta de que el respaldo de muchas personalidades y grupos políticos respetables ahuyenta al voto juvenil. En las últimas elecciones españolas, Podemos habría triunfado si no se hubiese vuelto anticuado acordando con la Izquierda Unida. Actualmente, la Internacional Comunista suena mal en los iPod y, cuando los jóvenes ven las siglas “PC”, no piensan en el Partido Comunista como lo hacíamos todos hace treinta años. Dicen “personal computer”, para colmo en inglés.

Santos no estaba obligado a convocar el plebiscito. Lo hizo para mejorar su imagen y, sobre todo, para golpear a Alvaro Uribe, su antiguo jefe y amigo. Por su parte, el ex presidente movió cielo y tierra con la ilusión de derrotarlo. Dos viejos políticos movilizaron al país para dirimir sus rivalidades personales, y el 63% de los colombianos dijo: “Que se vayan a pelear a otra parte”. La gente está harta de la megalomanía de los líderes que quieren lucirse y competir para demostrar cuál es mejor. Los nuevos electores no se interesan en esas pugnas, quieren presidentes que trabajen para servirles.

Las encuestas fracasaron estrepitosamente, no sólo en estas elecciones colombianas, sino en muchas otras, desde hace años. Las encuestas publicadas se han equivocado por márgenes inexplicables en las últimas elecciones de México, Brasil, Inglaterra y España, en el Brexit, en este plebiscito y en muchos casos más. Cada día es más difícil hacer encuestas. Los ciudadanos actuales son mucho más independientes que los antiguos y juegan con los datos. Por lo tanto, para saber lo que pasa es indispensable contar con profesionales que trabajen con una base importante de investigación cualitativa.

En 1958, cayó la única dictadura militar que tuvo Colombia en su historia, la de Gustavo Rojas Pinilla. Los notables del país se reunieron, nombraron a un presidente provisional y pusieron fin a décadas de enfrentamientos armados entre conservadores y liberales conformando el Frente Nacional. Dictaron las normas que debían regir para que los dos partidos se alternasen en el poder los siguientes 16 años. Cuando convocaron a un plebiscito para ratificar sus decisiones, el Sí ganó con una mayoría abrumadora. En ese entonces, las masas se sentían representadas por los líderes y apoyaban sus propuestas. Fue la época en la que se firmaron el Acuerdo del Frente Nacional en Colombia, el pacto de Punto Fijo venezolano y los Pactos de la Moncloa en España.

El más reciente acuerdo por México no tuvo la misma suerte. Resulta que, ahora, la gente no quiere ser representada. Los amontonamientos de siglas traen problemas. Dilma se hundió cargada de membretes que la apoyaban, y Temer puede correr la misma suerte. En las próximas elecciones presidenciales norteamericanas, sigue latente el peligro de un triunfo electoral de Trump, que tal vez no le proporcione el número de electores que necesita para ser presidente, pero puede sumir al país en una situación conflictiva. Las elites ya no pueden imponer su lógica a la política cuando el dios omnipresente que controla esta sociedad es Google.

*Profesor de la GWU, miembro del Club Politico Argentino.