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Pobre mi madre querida

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El día en que un juez norteamericano nos desasnó de que estamos condenados a pagar como alumnos desobedientes una deuda que hace años fue juzgada como ilegal, ilegítima y fraudulenta, aun más, que estamos condenados a seguir pagando cada vez más y más –y nadie relee a Masoch y a su continuador Kafka, que convierte a la víctima en parte del látigo que lo azota–, ese mismo día me enteré, además, de que había un video, quizá trucho, que pretendía probar que Yacyretá tenía las estructuras viejas y oxidadas y quebradas, y que está a punto de reventar y que cuando ocurra los buitres que asuelan la Argentina podrán venir a cobrarse lo que les falta si consiguen rescatar un peso de las bóvedas del Banco Central, escondidas, para entonces, bajo olas de tres metros de altura. Ese mismo día viví sumergido bajo las imágenes de ese terror futuro y posible, imaginando estrategias de sobrevivencia, rescates y agonías, recordando las escenas de la inundación en La Plata. Todo puede pasar, incluso que el planeta colapse por el vacío que se produce por la extracción de líquidos que aprovechamos para quemar en la atmósfera impulsados por la necesidad de correr hacia ninguna parte. De esa no nos salvaría ni nuestro papa Perón-Francisco, porque lo ocurrido sería consecuencia del plan divino. Quien sabe. Vivimos en un mundo frágil que flota a merced de los vientos cósmicos en un universo que se integra con otros universos conectados o no con el nuestro. ¿Dónde irán a parar mis libros cuando yo no esté? En todo caso, en medio de esa pasión melancólica por la catástrofe, tuve un recuerdo.

Como parte de un proceso de ascenso social que nos sacaría alguna vez de las calles de tierra del barrio de San Andrés, partido de San Martín, provincia de Buenos Aires, mi madre, además del curso de inglés obligatorio para aspirantes a la clase media, incursionó en un arte precioso y sofisticado y exótico: el ikebana. Ella y un par de amigas asistían a las clases que impartía con kimono y todo una integrante selecta de la colectividad nipona, la profesora Tazuko Nimura. La recuerdo arreglándose con todo esmero, recuerdo las cataratas de spray esparciéndose en cascada por su pelo para fijarlo en esa forma cóncava y rígida, estilo Jackie Onassis viuda, y cuyo último grito de moda sobreviviente lo sostuvo alevosamente Isabelita Perón. A eso sumaba anteojos a la moda, oscuros, con perlitas falsas  en el marco. Y luego partía, a adentrarse en los secretos de ese ornamental salto oriental.

De su práctica aprendí que no hay arte sin tormento: para saciar su pasión por lo decorativo, los familiares cortábamos plumerillos del costado de las rutas, juntábamos hojas caídas de los árboles. Pero mi madre, a cambio de nuestra profusión cambalachera, seleccionaba muy rigurosamente la vegetación apta para ingresar a las dignidades del ikebana. En general, se inclinaba por ramas finas y largas, cuyas curvas naturales ella transformaba introduciendo, en el decurso ascendente de la materia fresca y verde, alambres finísimos. Atravesada por ese endoesqueleto, cada rama, en sus manos, adquiría por fin la forma definitiva, y luego era a su vez clavada en una base, llamada pinchaflor, especie de paño de metal, rectangular o circular, provisto de pinches o puntas de clavos. El conjunto de ramas tiesas en su ilusión de movilidad alegórica quedaba expuesto en un jarrón que decoraba el centro de mesa. Aquella obra duraba días o semanas, y era reemplazada en su momento por otra. Pobres como éramos, en casa vivíamos en un paisaje de elegancia quieta y terrorífica, cuyas condiciones se aceleraban cada fin de año, cuando la profesora Nimura lanzaba la convocatoria al concurso anual de ikebana. Entonces mi madre proliferaba febril en ramas y alambres, meditaba sobre movimientos y torsiones, y el día señalado, mejor vestida y con más spray que nunca, partía con su obra de ramas muertas al concurso. Sus obras eran increíbles, extraordinarias, eran la dolorosa belleza de nuestros días. Sin embargo, la inclemencia de este mundo que se inunda y explota a cada rato no le proporcionaba nunca más que una primera o segunda mención. Increíblemente, los mayores lauros se los llevaba siempre la guacha de Esther Fernández. 



Daniel Guebel