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Pobrezas

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Según el diccionario de la Real Academia Española, la pobreza supone carencia, falta de algo. El concepto, vinculado generalmente a la definición de los sectores más postergados, trasciende hoy la esfera económica, constituyendo en sí mismo un signo distintivo que explica el devenir político, institucional y electoral.
En primer lugar, la indigencia de los partidos tiene un correlato en el lenguaje y la praxis. Por eso, el promocionado esquema binario “cambio o continuidad” no parece ir más allá de las palabras. Si se considera el pasado reciente, la escualidez estratégica dominante resulta evidente: en 1983, al calor de la batalla cultural “democracia o dictadura”, Raúl Alfonsín impuso como eje de campaña la propuesta juzgar a los militares por los delitos de lesa humanidad. Desde esa idea-fuerza confrontó con el PJ; en 1989, tras el caótico final del gobierno radical, Carlos Menem hizo de la lucha contra la inflación su variable distintiva; para 1999, la Alianza y Fernando de la Rúa polarizaron la elección desde la apuesta ética frente a la corrupción de entonces. En cada caso, desde contundentes mensajes políticos, la sociedad tuvo referencias y opciones.
Hoy, en cambio, mientras el oficialismo plantea “profundizar el modelo” y la oposición competitiva busca “una salida al populismo”, cobra vuelo la estrechez propositiva. Entonces, por encima del marketing discursivo, no se visibilizan temáticas rectoras en las cuales los extremos dividan aguas en el electorado. Por ello es que algunos tópicos nodales no integran la agenda de las fuerzas que pugnan por el poder. Se observa, por ende, que los candidatos se valen del lugar común para evadir el abordaje integral y concreto de temas centrales: pobreza y desigualdad, narcotráfico, calidad educativa, inseguridad, violencia, estructura estatal futura, etc. Aún así, está claro que dichos campos no representan variables determinantes desde las cuales explicar o entender el resultado electoral final. Como se sabe, la economía jugará un rol determinante en las urnas.
En el plano proselitista la carencia es palmaria. El mapa configurado tras las candidaturas, sumado al liderazgo anodino de los aspirantes presidenciales, y el consabido desinterés de buena parte de la población por los temas públicos, presagian una campaña preelectoral líquida, insípida. En los próximos meses sobrarán colores, slogans, y horas de televisión. Faltará, por cierto, calor y pasión doctrinaria. El único arrebato emocional esperable, no garantizado por supuesto, está supeditado al debate anunciado para el 4 de octubre. Por lo demás, todo trascurrirá por el cansino sendero de lo políticamente esperable. Entonces, frente a una contienda dominada por la abulia general, la pobreza política es el único resultado posible.
En este contexto, se produce la desidia democrática de impacto institucional. Desde la falta de ideas sólidas, la dirigencia dejó de interpelar políticamente al ciudadano, socavando así las bases del sistema de representación y menospreciando al votante en tanto sujeto soberano. Sería deseable, pues, que quienes pretenden gobernar el país en el futuro inmediato, y tienen serias posibilidades electorales, se despojen de la insuficiencia argumental que los distingue.
Así las cosas, la pobreza gana terreno. En el universo kirchnerista no existen estadísticas macroeconómicas oficiales sobre el tema. Como es obvio, el Gobierno omite deliberadamente la cuestión. No obstante, la negada miseria salta a la vista, volviéndose indisimulable, existente. Algo similar ocurre con la política y sus actores: padecen penuria endémica. Dichos males, sumados, configuran el patrón genético de la alicaída República. Siguiendo a Eduardo Galeano, la Argentina actual es pobre, lo que se dice pobre. En todo sentido.


*Licenciado en Comunicación Social
(Universidad Nacional de La Plata.).



Damian Toschi