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Poder de policía

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La federal. Se afianzó a través de características como la jerarquización.
La federal. Se afianzó a través de características como la jerarquización. Foto:Cedoc Perfil
Los policías desean (y reivindican) hacer bien su trabajo; por tanto, consideran que la ley emerge como un obstáculo para su realización y se consideran obligados a adaptarla en función de la defensa de un bien mayor que, desde esta perspectiva, descubre las limitaciones de las normas y la legitimidad de su violación. La racionalidad de ese bien mayor se constituye en una trascendencia que defender y deja en evidencia el problema de acotar las acciones a lo que prescribe la normativa.
Estas apropiaciones de la ley tienen su máxima expresión en la figura emblemática del “loco”, que llega al paroxismo de “suspender la ley para defenderla”. Dentro del orden previsto, tácticas individuales de ese tipo son protegidas estratégicamente por la institución en tanto no cobren visibilidad. Pero si ese resguardo falla, la institución les “suelta la mano”, como decía un entrevistado. Cuando esto ocurre, los locos quedan afuera, se convierten en esos alterados “encerrables”, en “manzanas podridas” que “manchan a la institución”. Y así se vuelve perceptible también el límite: dentro de la institución, mientras no infrinja aquello que es decible y reivindicable socialmente, el loco aparece como la posición de agente más acaudalada. El riesgo reside, precisamente, en que se viole una regla del juego: la trascendencia de las prácticas del loco fuera de la institución obliga a restablecer las normativas y sacarlo del juego, sancionarlo, exonerarlo.

Este límite recorre un andarivel –el del lugar de la policía o, mejor aún, el del reconocimiento de la policía– muy presente en las entrevistas y en los testimonios escritos. Y ya no tanto en la relación con la ley, sino con esa sociedad a la cual defiende. De ahí que los integrantes rechacen de manera uniforme los cuestionamientos que recibe la institución. De hecho, estos cuestionamientos son ubicados siempre en el afuera: “la falta de comprensión por parte de la sociedad”, “el periodismo siempre muestra lo malo y no lo bueno”, “por un policía que se equivoca caemos todos”, “la ley nos ata las manos, los organismos de derechos humanos siempre tienen algo que decir del pasado, y de nuestros derechos humanos no se ocupa nadie”. A pesar de lo que cierto sentido común policial plantea, tales quejas sobre este afuera no son una novedad; hemos mostrado que son recurrentes en la historia de la policía. Artículos y testimonios de diferentes momentos retornan sobre la ausencia de un reconocimiento que parecería no haber existido desde el surgimiento del Estado moderno. Y hemos demostrado que esa inexistencia es lógica y previsible: la policía, como dice Foucault, es negativa por definición.

El desplazamiento del poder de policía de manera que la institución llega a ser la mantenedora del orden la constituye en un agente social meramente represivo. Se convierte en un organismo sin ningún tipo de ascendiente moral. Como ya dijimos –y antes habían dicho Foucault y Benjamin–, la policía   no es otra cosa que el instrumento para impedir desórdenes sociales: eliminarlos es responsabilidad de la institución.

 Ahora bien, esta negatividad es (re)significada por los propios policías, quienes reconstruyen su historia en otra clave. Si, como sostiene Williams (1980: 137), todas las tradiciones implican una “versión intencionalmente selectiva de un pasado configurativo y de un presente preconfigurado, que resulta entonces poderosamente operativo dentro del proceso de definición e identificación cultural y social”, y esta selectividad configura el presente y ratifica esa versión del pasado, la policía ha construido y ratificado un pasado mítico, en el cual la fuerza era respetada y la sociedad confiaba en “el vigilante de la esquina”. Este pasado resulta quimérico: es un lugar al cual habría que volver, aunque nunca haya existido.

 La policía fue afianzándose a lo largo de su historia bajo las características que hoy encontramos en la fuerza y que ya hemos analizado (jerarquía, militarización, tortura). Así, el otro, pensado en sentido castrense, no es producto de un pasado cercano (atribuible a la última dictadura militar). En cualquiera de los casos, esa temporalidad es un punto de llegada de una construcción histórica en la que la fuerza no disponía de funciones muy diferentes a las actuales. La policía de la dictadura tuvo en su seno las condiciones de posibilidad del accionar más violento de su historia. No decimos con esto que haya sido igual a la de la democracia, ni mucho menos.
Pero sí que la violencia de los años de plomo tuvo una serie de condiciones institucionales previas, y también hay que analizar cuáles fueron.

*Doctora en Ciencias Sociales (UBA). Fragmento del libro Cómo se construye un policía, Siglo XXI Editores.

Mariana Galvani